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Autocracia, ortodoxia y nacionalidad

25 de Junio | 13:34
Autocracia, ortodoxia y nacionalidad
De Rilke leí no hace mucho una afirmación que me hizo reflexionar de una manera profunda: España y Rusia guardan un paralelismo enorme en ciertos caracteres. Destacaba fundamentalmente una cualidad, y es el elevado misticismo compartido por los dos pueblos, tan evidenciado en algunas raíces culturales comunes. El poeta checo fue más allá aún, y se refirió a España como el país de la queja dado el notable fervor religioso que sus ciudadanos tenían, hecho comprobado por sus propios ojos en los rituales de culto a los que pudo asistir durante su estancia en nuestro país. De todas esas vivencias, nacieron algunos de los versos más notables de su fecunda obra, por cierto. Pero de eso no quiero hablar en estas líneas.

Ayer, por circunstancias, asistí a uno de esos rituales de pompa y circunstancia que tanto nos caracterizan a los españoles en estas cosas del sentir religioso, y evidentemente se me vino a la cabeza a tan insigne poeta; era el día del Corpus Cristi, muy celebrado en mi localidad de origen, San Vicente de Alcántara,  y que recomiendo encarecidamente por todo el aspecto visual de la fiesta que desde hace un tiempo es declarada  de interés turístico regional.

Mis resortes intelectuales saltaron por los aires cuando tras la liturgia, un acto de extremada belleza por su parafernalia y vistosidad, vista así desde una perspectiva objetiva como la que puede tener “un espectador ideal” (tomo prestado el concepto nietzscheano intencionadamente) como soy yo, dio comienzo la famosa y bonita procesión por las calles del pueblo, engalanadas para la ocasión con unos preciosos adornos a modo de tapices elaborados por los vecinos de la localidad (el alma de la fiesta, sin duda). Justo en el momento de la salida del templo, resonaron en mi cabeza aquellas cosas de las que hablaba Rilke, refrendadas aún más si cabe por alguna lectura en la que estoy metido en estos momentos sobre las revoluciones rusas de principios del siglo XX. El ambiente festivo dominado por el himno patrio interpretado por la banda de cornetas y tambores, el paso de las autoridades eclesiásticas y gubernamentales locales acompañando a las reliquias y al resto de iconos religiosos, así como la salida ordenada de los feligreses siguiendo a toda esta amalgama de símbolos, me trajeron a la mente aquella máxima tan propia del régimen zarista ruso, Autocracia, Ortodoxia y Nacionalidad, luego transformado durante el régimen comunista a Dictadura, Marxismo y Nacionalidad.

Si españolizamos los tres principios de esta creencia trina,  hablaríamos de las tres mismas patas  pero con diferente apelativo según los períodos históricos (como en el caso ruso, por cierto). Hoy por hoy, hay que hablar  de Democracia, Catolicismo, y por supuesto, otra vez la Nacionalidad.

Siguiendo con ese razonamiento, y de ser cierta esa tesis,  deberíamos encontrar una serie de paralelismos resultantes de la  combinación de la terna ideológica auspiciada bajo el amparo del  misticismo.

Por ejemplo, las personalidades de los pueblos, en los dos casos ricas en ciudadanos con una fe ciega (a veces, inquebrantable) sobre las deidades terrenales (los líderes de masas) y espirituales que son incuestionables, simplemente adorados de forma dogmática, lo cual sin duda, desde el punto de vista del poder, es una herramienta poderosísima para aleccionar a una masa quejumbrosa, que primero se lamenta, pero que luego acepta su destino e incluso lo confirma mediante la urna, otorgando los rodillos de las mayorías absolutas (por ejemplo) sin mayor problema para que la autocracia sea así un hecho democrático de facto.  

Llegado a este punto, me gustaría poner el acento en nuestro caso concreto, la  región extremeña, una de las más rusas de todas bajo mi humilde punto de vista.

Extremadura es un territorio rico en extensión con entornos rurales muy dispersos, a veces alejados, aislados despreciados y abandonados por los núcleos urbanos de desarrollo (tal y como ocurre en el inmenso país de las estepas), con una masa funcionarial notablemente extensa que impregna de burocracia la vida de sus ciudadanos, una vida que está regida por normas morales no escritas basadas en la pleitesía al orden jerárquico establecido, y que da lugar a relaciones de clientelismo, caciquismo  y a otra serie de perversidades propias del sometimiento al poder.

En ese escenario tan similar en ciertos aspectos al de la Rusia imperecedera,  ha persistido a lo largo de los años (dictadura militar inclusive) un entramado social que es pernicioso para el desarrollo de las libertades individuales plenas, y por ende, para el florecimiento de las virtudes que fomenten el crecimiento y el desarrollo del territorio. 

El misticismo autóctono inherente a este entorno singular,  ha contribuido al forjado de una  naturaleza de sus ciudadanos, dócil, miedosa y absolutamente conformista. Del mismo modo, han surgido representantes del pueblo con un perfil zarista (dictador en cualquiera de sus variantes, vaya) que saben o han sabido aprovechar tal circunstancia de dominio para hacer valer una hegemonía de años de gobernabilidad, y que además, les ha servido para crearse un ego tan grande como el de uno de los expresidentes autonómico con muchos, muchísimos años en el poder regional (blanco y en botella),  capaz de afirmar poco más que el autonomismo era él (visto y oído en las redes hace solo un mes). Como si nuestro grado de desarrollo como región sea para sacar pecho. Recordemos, Extremadura sigue siendo objetivo prioritario para Europa en cuanto a la captación de fondos estructurales de desarrollo, después de más de treinta años. 

En fin, juzguen ustedes si Rilke tenía o no tenía razón en esa apreciación tan singular…



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