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Dios aprieta pero no…

17 de Abril | 13:51
Dios aprieta pero no…
Fue condenado a muerte por el sacrilegio cometido en su pueblucho natal. La peor de las afrentas, y de inmediato compartió cárcel con un delincuente que agonizaba por una tuberculosis sin tratar. A la mañana siguiente, con el sol que apenas asomaba por el horizonte, y frente a un olivar, se cumplió la sentencia de muerte, a la vieja usanza. Una guillotina improvisada, que no dejaba de ser una tarima de madera de barril en el suelo, y un hacha recién afilada, y tras ese silbido intenso y breve, el fin.

Lo que más le hizo sufrir la noche antes de despedirse del mundo era el remordimiento de conciencia. ¿Sería aceptado en el Reino de Dios, en ese paraíso del que tanto le habían hablado? ¿El Todopoderoso tendría la plena misericordia de condonar lo que había hecho, sin intención, pero que había ocurrido?

El día antes de ser encarcelado, víctima de una noche de insomnio y de una cabeza atorada por pensamientos desconocidos, quizás su situación como parado, tal vez el divorcio inminente, mientras ayudaba a limpiar las tallas que saldrían en procesión, tradición noble y respetada por los del pueblo, que suelen lanzar pétalos y guirnaldas cuando el Cristo y la Virgen se apoyan en la fuente popular, estornudó un sinfín de veces. La priora le aconsejó que bajara del paso si se encontraba en mal estado, no fuera a dañar alguna imagen, antiquísimas por cierto. El ejecutado le hizo caso omiso. A medida que frotaba con un trapo impoluto los resquicios ocultos de la talla del Cristo del Pescante, se le arremolinaron en su mente los recuerdos del beso de buenas noches que le daba su mujer, de su sonrisa al despertar, de los niños quejándose de la tostada que siempre se le chamuscaba, de cómo iba a comprarse un traje para la graduación de su primogénito universitario, si apenas podía comprar el pan en la tienda de siempre… La respiración iba aumentando de ritmo progresivamente, afligido súbitamente y sin poderlo remediar, perdió el equilibrio, resbaló de la escalera y cayó sobre el Cristo y parte de la corona que estaban confeccionando para la Virgen del Centollo. Los daños, a juzgar por el experto de turno, irreparables. La afrenta, intolerable. La priora lloraba y moqueaba enrabietada e impotente. <<Dios te echará de su Reino cuando te matemos por lo que has hecho, inútil, así estás, sin trabajar, desgraciado, porque no sabes hacer nada bien>>. Lo del sacerdote no fue menos; del griterío y de la condena que le soltó, quedó extasiado. <<Arderás en el Infierno como pecador que eres, te has dejado poseer por Satanás, único motivo para destrozar estas sagradas imágenes>>. El recuerdo del episodio, que lo vivió con la vista pegada al suelo sin poder sostener la mirada de los exaltados e iracundos, le acompañó en sus momentos de oscuridad y hedores nauseabundos. La cárcel para él fue un auténtico sufrimiento. <<Dios, Dios, perdóname, pues me he cargado la única imagen que de ti tenemos en el pueblo, que con tanta fe movemos por la plaza, y todo por no pensar en lo que tenía que pensar. Soy un pecador>>. 

El Señor, como lo llaman arriba, se estaba cambiando de albornoz, acababa de tomar su baño de la mañana, y las barbas empapadas goteaban el suelo. Recibió al ejecutado con una alegría desmesurada, cosa que le extrañó al recién llegado, que por cierto, en esas alturas sí que tenía cabeza. Ante la mirada de incomprensión por ese recibimiento tras haber sido ejecutado precisamente por haber destrozado una talla sacratísima y bendecida por el mismísimo Arzobispo, Dios le explicó, mientras los querubines madrugaban porque así Dios ayuda, y los serafines jugaban con San Pedro y San Pablo a darse azotillos con los cinturones de plumas de gaviota: <<Lo que has hecho merece tu proclamación como santo inmediato. No sabes el salto de alegría que di al ver cómo te cargabas mi imagen crucificada de cuajo, sin arreglo alguno. ¿Que por qué? ¡Coño! –Dios también dice palabrotas-, ¿tú no has visto el careto con el que me ha sacado el escultor? A ver, que lo de la Cruz no es que fuese lo mejor del mundo, pero mi cara era bien bonita incluso en aquel trance. Que para eso soy Dios, ¿no? Ahora le estoy poniendo nervioso al de la Cofradía del Cristo Hermoso, que qué ironía el nombre, a ver si consigo que en un tropiezo me destroce la pedazo de nariz que me han puesto. ¡Pero qué mal gusto tienen los beatillos, leñes!>>. 

Celebraron la bienvenida del ejecutado con unas cervezas de bodega y un morcón del mismo pueblo que se había quedado sin procesión. La que tardó en llegar al convite fue la Virgen, que se estaba peinando entre cortina y cortina.



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