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Las señoritas no se sientan en sillas de enea

12 de Abril | 11:22
Las señoritas no se sientan en sillas de enea
De toda la vida es sabido que las señoritas decentes no se sientan en las sillas de enea. Y esta máxima era respetada con rigor y disciplina por la que tenía mayor edad en aquel solariego caserón de Madrid, donde bullía el viento por la destartalada buhardilla y donde los retratos de nobles ascendientes pendían por minúsculos cáncamos, y oscilaban a ritmos vertiginosos en la pared. A medida que se iba subiendo la escalera, el aroma a incienso iba siendo sustituido por un penetrante aguarrás que atontaba e incluso hacía perder la clase a los seres de más elevada alcurnia. Su vieja pertenencia familiar no ostentaba de escudo ni otra noble insignia en su fachada; por contra, de cara al viandante se mostraba una desconchada pared, y en torno a las balaustradas de símbolos inefables –giros y giros de metal que simbolizaban ojos de sierpe y garras de dragón-, correhuelas de potos y espinas de marchitas rosas. Esa señora, cuya habitación se alejaba por el pasillo eterno, abrigándose en la oscuridad, envolviéndose en la nada, no podía ser menos delgada que la escoba ni más gruesa que el crucifijo que descansaba en la funda del edredón. Su perfil, inapreciable para los de muchas dioptrías o los cegados por la luz que se colaba por la claraboya del vestíbulo, en la que habitaba una comunidad de líquenes y tentáculos de hiedra. Su contorno facial, una sombra de esquina, apenas un fragmento de luto, y toda ella, un resquicio del final. Las zarpas sobresalían de su dedo como temiendo contactar con su colgadiza piel, el pellejo del antebrazo bailoteaba un merengue dominicano y se enojaba al chocar con el del antebrazo contrario, y los senos fusiformes se ahorcaban en el cinturón de sostén de raso con que los amarraba con una crueldad para consigo que ya apenas si sentía pellizquitos insistentes, como un picor de espalda. Decidió a una muy pronta edad, exagerada, estrangular salvajemente lo que Dios le había regalado por considerarlo el espantador de varones. Ningún hombre le había puesto la mano encima, ningún otro, truhán, había mostrado el mínimo esfuerzo por atisbarle siquiera la blusa descotada. Sus tres hermanas, dudoso era el sexo desde el cetrino día de su nacimiento, tejían y construían retales en tabanques que ni su tatarabuela utilizaba. En suma, las cuatro, no eran más que un corifeo de terror, y alineadas, una cordillera de vellos de bigote y granos de mostaza. Su belleza resaltaba en la oscuridad, y recelaban de cualquier osado haz de luz que penetrara en su lugar de trabajo. El varón, el único varón hermano, había huido para siempre: las otras, por su androfobia, planeaban un ritual de castración que no olvidaría jamás. El rechazo social al que eran sometidas se interrumpió, porque un día, un maravilloso día, quién sabe cómo y por qué razón, unas llamadas insistentes y mensajes en el contestador. Un hombre, mayor de cuarenta años, estaba flirteando por teléfono con la primogénita. De seguro que no poseería foto de perfil ni nada por el estilo. La conversación era a ciegas, y ojalá lo fuera también la cita, que tuvo lugar una semana después, en el comedor principal del caserón. El individuo era un pobre desgraciado de una región fronteriza con Portugal, el badajocense, así llamado por las hermanas, que aún seguían cosiendo y rezando compulsivamente para que fueran tocadas por la misma gracia. <<Esto ha sido milagro de Santa Remedios, que la virginidad te la va a quitar de en medio>>. Le pregonaban este cántico cuando la de mayor edad se maquillaba con ansiedad y nerviosismo.

La cena romántica transcurrió de manera normal, entre risas y una fluida conversación. El badajocense se había prendado de las pertenencias y lo más llamativo que apreció en aquella señora no fue el hirsuto bigote, la valleinclaniana la denominaban en los recodos del barrio, ni su verruga que había crecido sin obstáculo ni tregua y que ya parecía un tercer ojo de su faz, de la que tampoco le llamó la atención el entrecejo –el felpudo en su cara se retuvo, otro cántico que le dedicaban en el colmado-; ni los próximos ojos solo separados por el tabique nasal, que al contemplar a alguien fijamente más se asemejaba a un minotauro hambriento que una sexagenaria interesada. Lo que verdaderamente despertó su atención fue el patrimonio que poseía y la cantidad de dinero que almacenaba en una cajita ocre –en el buró del salón, recordó y recordó, siempre lo recordaría-.

Ella, sabedora de que por su talante no podría conservar esa amistad cuasi noviazgo, o a ese amigovio –como se puede decir ahora-, en su frustración interna regalos y obsequios en cantidades extremas le hacía, y él los llevaba a su tierra natal con orgullo y con sonrisa de niño caprichoso. Los encuentros siguientes adquirían mayor grado y pobreza de estómago: había sido retirado el crucifijo del tálamo para concebir en él la mayor prueba de prostitución masculina. No solo ese badajocense se había bajado los pantalones sin reparo ni timidez, sino que también se había bajado raudamente su dignidad con tal de cobrarse los placeres con parte del patrimonio familiar. De aquel primer encuentro, como nacer no podría una criatura debido a sus yermas entrañas, el badajocense obtuvo un móvil de última gama y un coche que guardaba polvo en la cochera de la finca de las afueras de la ciudad. Con estos obsequios –no por el amor que se profesaban, sino por la compensación que la mujer sentía debía hacerle-, el badajocense contaba en su hogar una patraña de amor inexistente, a la que todos asentían orgullosos y felices. Por fin la vida le sonreía. Lo que poco a poco les iba dejando de sonreír a las otras mujeres de Madrid era la caja roja del buró, que empezaba a gruñir de hambre.

Del encuentro de la siguiente semana, también celebrado en el camastrón, surgieron suéteres, chalecos, camisas, zapatos inimaginables para él, abrigos, chales, dulces, comida, regalos, regalos y más regalos. Valía más lo que se podría obtener que el hecho de soportar la imagen del reptil sobre su tronco, iluminándose sus ojos en la oscuridad, reptando por su cuerpo con un deseo irrefrenable, gozando de un modo comparable a un cadáver en celo, exhalando como aria de placer un rugido hambriento, un graznido de quien súbitamente decide correr lo que queda por vivir al presentir una prematura despedida.

<<Ya. Ya. Adiós>>.

Escuchó estas tres palabras. ¿Qué podría haber hecho mal?

<<Estás seca, yegua esquelética, malnutrida, malsana, bruja famélica. Cuando lloras solo logras arrugar el rostro porque no te salen ni lágrimas. Espantas hasta a los fantasmas que vagan por el pasillo. Ni tus hermanas, cada cual peor, han decidido vivir su desdicha a tu lado, se resguardan en la covacha del ala oeste a coser y leer libros en blanco. Me he dado cuenta, tarde, pero más vale tarde que nunca, que este amor no tiene sentido. No soy más que un recuerdo de tu lozanía, y yo tengo que vivir mi vida. Tengo cuarenta años y quiero a alguien decente>>.

Ella sollozaba y ahogaba su rabia. Lo último fue lo que más daño le hizo, quebrándole la compostura, y espetándole:

<<Yo soy la mujer más decente. Las mujeres decentes no se sientan en sillas de enea. Las señoritas como yo no posan su trasero en esas inmundas sillas. ¿No has visto a mis hermanas? Cosen sin parar en esos asientos de enea, clavándose las astillas y gozando por la sangre que mana del dedal>>.

La verdad es que aquella actitud era más que mezquina. Las cuatro, bien sabido en el barrio, consistían en sesgos de un mismo tallo. Un trocito de rama seca. Y ella, la mayor, aun sabiendo que no podía sentarse sobre enea, había consentido que las otras lo hicieran. Ello fue el reproche del badajocense, que lo veía como un ultraje al buen nombre de la familia, en trance de extinguirse, y expirando paulatinamente.

A su regreso, la familia le arropó con halagos, abrazos y besos. Lo observaron destrozado, y no era más que una sucia fachada, aunque por dentro se estuviese resquemando ese rescoldo insatisfactorio al no sentirse uno orgulloso consigo mismo: no se debía ese sentimiento al hecho de haber abandonado a la infelicidad a esa madrileña añeja, ya desolada de por sí, sino por el hecho de haber vendido su cuerpo a cambio de bienes materiales. ¿Éticamente había actuado bien? ¿Qué importaba lo que esa andrógina pudiera sentir? ¡Él, él! Solo él. No obstante, al volver a conducir el coche regalado se le pasaron todos los males. Habría sido capaz de zafarse de la honra y la dignidad, sí, pero por fin había conseguido lo soñado, imposible, de seguro, con una vida normal, decente y trabajadora. Por más horas extra que hiciese en la empresa, jamás alcanzaría a poseer ese pedazo de coche, esa gama de móvil y toda esa ropa. ¿Qué pensaría la gente? Poco le importaba.

Paralelamente, la caja de ocre agonizaba en el baúl. La de mayor edad asistía a su entierro con un sentimiento de culpa y temor a la reacción de sus hermanas, quienes, al enterarse, dejaron caer los hilos y las telas, arrojaron el tabanque, y, sin embargo, en lugar de paralizarse en el cercano fin, adquirieron esa mirada de venganza y odio que solo los gatos callejeros consiguen. Así y todo, algún día tendría que pasar. Acechando a su hermana, de espaldas a ellas, las tres hermanas se sublevaron. Despellejaron hasta el último cacho de piel entre los huesos de las costillas, absorbieron el pus de su cuerpo abyecto, lamieron hasta dejar secas las cuencas de los ojos, trocearon en porciones diminutas su lengua viperina, y se vistieron de gala con los cabellos encrespados de su ahora desnuda cabeza. Era el fin y había que celebrarlo con solemnidad. El caserón se quedó vacío y en su interior, junto al cuadro de cacería y la caja de ocre abierta en el suelo, sumida en la muerte, tres colosos tremebundos habían alzado para siempre los brazos, las manos engarfiadas, simulando al árbol yerto y deshojado del que habían nacido, solitario en un baldío jardín. En el medio, como símbolo de la plenitud mortal, un cadáver envuelto en un ataúd de enea…

 

      



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