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Cultura, literatura, historia, música

Charleta: lóbrega identidad

29 de Marzo | 12:30
El más abominable de los hombres. Un desafío a su propio destino, aunque a estas alturas le asalte la duda de qué clase de desafío pueda consistir: ¿a su propio destino, o al de su entorno, al de aquellos que se atrevieron osadamente a asignarle las pautas, el origen, el alfa, y que poco a poco le han ido desplegando la alfombra conducente al omega

El más abominable de los hombres decidió levantarse y arrojar lejos de sí los papeles de su identidad: libro de familia, pasaportes, DNI, y demás enseres que tienen más alma y cuerpo en la sociedad que la propia persona de carne y hueso. Comprendió lo que nunca debió comprender, lo que ningún ser humano perseguidor de la felicidad suprema debe comprender, porque ello fue lo que le garantizó la desdicha y desgracia. Una vorágine de ideas y pensamientos se interpuso entre la realidad y la ficción, impidiéndole discernir con éxito entre una y otra, nublándole la vista al contemplarse en el espejo, lamentable situación según se relata a renglón seguido:

<<Espejo traidor, ¿quién eres? ¿A quién me muestras? ¿Por qué ahora, precisamente ahora, conspirador, con coraje muestras ese reflejo? ¿Es que no te apiadas de la verdad, sí, de la verdad, la auténtica verdad de mi vida? Soy quien no soy, porque todos han querido que no sea lo que debo ser en realidad. Entiendo el significado de la vida y por ello quiero abandonarla, deseo la muerte. ¿Es que no te apiadas de mí? Aparta lo que me muestras, pues pertinaz no declinas en tu tarea de atormentarme. ¡Claudica, espejo, claudica de una vez! Hazlo por el que te ha conservado impoluto, arma de su egolatría. ¿¡Quieres enterarte de que ya no te necesito, que sé quién soy y por qué lo soy sin necesidad de usarte!? ¡Basta, basta!>>.

El espejo, inmisericorde, continuó con la afrenta regalándole la misma imagen que tanto le irritaba. Por ello, con decisión, absorto en sus pensamientos indecorosos para el mundo, con la verdad recién descubierta como única luz de su lúgubre seso, le lanzó un pisapapeles, adorno de la sala. Miles de rostros se dibujaron en el jocoso espejo, rostros semejantes, con ángulos dispares pero que confluían en el mismo insulto: eres tú… 

La lámpara del salón, regalo de cumpleaños, pendía del techo, creando unas oscilaciones inusitadas, cimbreando como lo hacen los tulipanes entre las gramíneas. Interpretó a la perfección lo que esto constituía. Un aviso. Un sencillo y austero aviso hacia un solemne final.

<<Me estás llamando, lámpara, sí, lo estás haciendo. Estás llamando mi atención, danzando en el aire como nunca antes lo has hecho>>. Unas sinfonías de piano escuchó mientras tomaba una decisión importante… No lograba distinguir perfectamente el concierto tocado por una banda invisible: ¿Chopin o Mertens? ¿Músorgski, o quizás una breve composición de Mozart? Nítidamente llegaron las notas musicales para su alivio, pero poco a poco un escalofrío le recorrió la espalda… Sin duda alguna se trataba del Réquiem de Mozart, Lacrimosa. ¿Anticipo del final? ¿Había llegado a su hogar el brazo prudente de la muerte, otorgándole la salvación de su alma, única en el mundo que había alcanzado la Verdad, el sentido de la vida? El coro entonando Lacrimosa ofreció un crescendo que le taladró los oídos. Sí. Se acabó, pensó para sus adentros. Pero maldita sea la hora en la que durmió tres horas de siesta y reflexionó sobre lo que le rodeaba. A todos les llega la hora, de una manera u otra. Recordó a uno de sus personajes literarios preferidos, Edipo, y como él, sintiéndose héroe griego, afrontó el destino, esta vez marcado por él mismo. 

Levantó la tapa de su ordenador y a modo de misiva, tecleó sin parar una tribuna para su sección en el periódico El Correo Extremadura: 

<<Una vez se me fue la cabeza hacia el lado derecho del sillón. Dormí sin parar unas tres horas, y mi cerebro, autodidacta, funcionó a unos niveles jamás vistos. Al despertarme, un color sepia adornaba la habitación en que me hallaba sonámbulo. Mi DNI estaba sobre la mesa, con la horrenda fotografía del semblante sonriendo en blanco y negro. Lo arrojé, como también hice con los papeles que acreditaban mi nombre. Por no hablar de la fecha de nacimiento. ¿Que he nacido el ocho de agosto? Mentira. ¿Que me dio a luz mi madre en el Hospital Materno Infantil? ¿Que soy español y para colmo extremeño, mayúscula patraña? ¿Por qué sé mi nombre, por qué lo digo cuando me lo preguntan? Sencilla respuesta: respondo a una historia a mí contada, ayudados, ellos, de la niebla que de aquellos primeros instantes se extiende en la memoria. Lo cierto es que ni los que me contaron esa historia del ocho de agosto conocen su propia venida al mundo. También ellos responden a un patrón narrado por los predecesores. El mundo se halla inmerso en un océano de anécdotas e historias infundadas por los príncipes del planeta, los que tampoco supieron qué hacían en este o aquel sitio y se figuraron su propio destino. Ese destino, ese devenir, es el que ha ido jalonando por todas las generaciones venideras, y así seguirá hasta el fin de los tiempos. Yo, que ya sé de dónde provengo y qué hago aquí, he decidido marcharme. Seguiré existiendo, tranquilos, porque mi DNI lo he vuelto a situar en mi escritorio, sonriente e impávido, asumiendo su aparición en el mundo. Quienes me echen en falta, los menos, pueden sostener dicho carnet. A ojos de la justicia y de las leyes, dioses de nuestro tiempo, sigo formando parte de los billones de desdichados que buscan su felicidad sin importarles la razón de su papel en el Universo, ni siquiera el porqué de su final. 

Con cariño, firmo la presente junto a la soga y con la luz apagada, no vaya a deslumbrarme durante los estertores y los dolores de las cervicales, tensas en la ingravidez del momento. La lámpara quedará adornándome como sombrero de campesino, la salvadora de mi ánima. Y como último consejo: no sois quienes creéis ser, sois tristes imágenes creadas por antecesores, tristes emulaciones de lo que otros quisieron tener. No sois más que un número perteneciente a estadísticas, un rostro de papel en urnas de políticos, carne fresca ansiada por tanatorios y enterradores, clientes beneficiosos para concretos negocios, calma y sosiego para sarnosos seres que buscan cariño, y tremebundos enemigos de otros que esperan impacientes tu final. Desconfía del ángel rapaz que te da palmadas en la espalda con fingido rostro de orgullo, y fíate del infernal insufrible que desprenda un cetrino halo de iniquidad y envidia. Miras al cielo despejado con sensación de alivio, y a tus mejillas friéndose bajo el potente sol, sin percatarte de que ese gesto se corresponde a tu cárcel personal del día a día, trabajando a sol y sombra, sin poder respirar aire fresco. Tu sensación vital es la de escapar. Pues hazlo, ¡escapa! Yo ahora lo voy a hacer. Crees que eres alguien diciendo que te vas de viaje cada fin de semana tanto a sitios próximos como a lugares inhóspitos, cuando eres lo más parecido a una cobaya pretendiendo destruir los barrotes que le aprisionan la libertad. Te mueves por el mundo bajo la férula de las élites todopoderosas, ya sean políticas, económicas, incluso religiosas, hormiguilla desde su altiva mirada. Vencejillo ágil vigilado por las aves de cetrería, hambrientas y sangrientas. Eso, sigue rezándole a tu dios omnipotente, sigue inclinándote hacia la dirección que sea buscando La Meca, refúgiate en tu sinagoga, ora a la Patrona, a tu bella y dorada Patrona, esa Virgen poco agraciada de tu estampa, e incluso deslómate portándola con ese infantil orgullo de quien no ve en su talle lo mismo que un tronco de encina (a pesar de querer respirar libertad en medio de la dehesa, orgulloso de la bellota de encina, alimento de los marranos), con el mismo sentimiento de añorada libertad, suplicándole cuantos milagros pueda concederte porque no está en tu mano concedértelos a ti mismo, y no pocos, lo más triste, se moverán para alcanzarte la misma gracia. Tanto más dolorosa es la impotencia de no ser feliz gracias a los tuyos como carecer de la capacidad de hallar tu propia felicidad. No eres nadie. De hecho crees que nadie existe. Pero nadie eres tú. Un don nadie de tres al cuarto que incapaz eres de alzar la vista al techo y sentir la llamada de la lámpara. Sigue confundido, continúa el caminar, al fin y al cabo el socarrón e irónico creador de todo lo que conocemos, Dios, Alá o quien sea, nos donó unos pies para danzar, andar, correr. Tú verás si prefieres llegar a la meta, al omega, o a la lámpara, según quieras llamar a la Dama de negro, bailando, tranquilo como un paseador más, o con prisas en una carrera de maratón. Allá cada uno y su forma de hacerlo. Yo ya estoy perdido. 

Firmado y con cariño, el autor de la tribuna>>. 

Miguel Murillo Fernández 

(Acompañado de la melodía “Redemption” –“Morder on the Orient Express”-. Es recomendable leerla acompañado de la misma.)



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