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LOS RELATOS DE MARÍA

Sebastiana y la "calma chicha"

11 de Diciembre | 10:39
Sebastiana y la
He vuelto señores. Ya, ya sé que he estado un tiempo desaparecida, pero es que, me ha costado recuperarme de la cena a la que me llevó Rogelio. Bueno de eso y de algo más y es que ya por fin, sí, por fin, conozco su secreto. Después de tanto "mejunge suelta lenguas ", de tanto médico achicharra huevos, de tanto y tanta prueba hasta casi mandarlo al otro barrio; a mi Rogelio se le soltó la lengua. 
 
Fue en una noche de "calma chicha" donde yo no roncaba y él dormía. Entre vuelta y vuelta del pijama de franela se oyó la voz tosca y angustiosa de mi marido: —¡Ay Rogelio!, pobre de ti como se entere Sebastiana...— silencio y un suspiro de pausa. —¿Cómo se te pudo ocurrir Rogelio, cómo?—de nuevo volvió a callarse y yo ya reventaba. —¡Perdóname, Sebastiana, perdóname por...! —su lengua paró nuevamente, éste hombre me desesperaba. —¡Sebastiana!, ¿qué será de mí si te enteras que te rompí la ropa fluorescente, que le dije al monitor/Adonis que te diera caña y que te provoqué los gases? Miedo me das, Sebastiana, mucho miedo...
 
Y haces bien en tenerlo Rogelio, contestó mi interior inmediatanente. 
 
Los calores de la rabia me subieron por el "pechamen" y fue tanta la presión que el botón del camisón salió disparado. Estuve a punto de despertarlo y cantarle las cuarenta unas cuarenta veces, pero en lugar de eso guardé la "calma chicha" y eché el resto de la noche en planear mi justa venganza.
 
Al día siguiente me levanté, haciendo un ejercicio extremo por mi parte, complaciente y muy cariñosa. Le raspe la mejilla con el bigote al darle dos besos, le puse su desayuno favorito sin quemarle las tostadas como siempre y hasta, (esto fue lo más difícil), le solté un te quiero sin que me rechinasen los dientes. Mi Rogelio se encasquetó la boina y se aflojó el corazón para decirme: —Sebastiana, hoy estoy dadivoso pídeme lo que quieras. La ocasión la pintan calva y más calvo de lo que estaba se iba a quedar él con lo que le tenía preparado...
 
De un tiempo a esta parte, debe ser por tanto espectáculo dado, mi Rogelio se había vuelto vergonzoso. Sí, han leído bien, vergonzoso. No soportaba de ninguna manera hacer más el ridículo, así que como no quería más caldo le ofrecí dos tazones.
 
Le dije: —Rogelio, ¿lo dices en serio? Pues sí de verdad me quieres ven conmigo al gimnasio. Las cejas pobladas de mi marido se juntaron al ceñir el ceño, tuvo un momento de pánico en los ojos, apretó los labios y entre los cuatro dientes que le quedaban dejó escapar un: —de acuerdo.
 
En una semana lo preparé todo.
 
Una mañana nos levantamos, desayunamos y nos vestimos. Íbamos  dispuestos a quemar yo mis "lorzas" y él por supuesto, a fortalecer los huesos de su esqueleto. Todo parecía normal, pero ya me conocen, conmigo solo lo parece.
 
Mi Rogelio iba a la última moda, o eso creía él claro está. Le encargué a medida un traje de pana fosforito: la boina naranja, la chaqueta verde y los pantalones rosa. Ni el letrero del chino de enfrente era tan estridente. Le convencí que era lo que se llevaba y de que iba súper moderno. Los pantalones le apretaban tanto que se le marcaban los "cojoncillos" en cada paso y parecían dos bolas antiestrés estresadas. Para postre, que casi se me olvida, las zapatillas se le iluminaban por debajo. Mi Rogelio parecía no, ¡era!, un letrero de neón fluorescente. 
 
Al llegar, una "jamona" de las que al le gustan, nos recibió con alegría y sin más dilación, (solo expresamente la del sobre que le unté una semana antes), cogió a mi Rogelio y lo montó en una bicicleta estática. La cosa empezó suave, pero solamente, fue el comienzo...
 
La "jamona" puso la música a toda leche, la misma que se le colocó a Rogelio en las entrañas cuando escuchó a DJ Cobra y su famoso: Si la cosa suena ra...; mientras, su pantalón rosa se desgarraba dejando ver el tanga rojo y con lentejuelas que le hice ponerse. Ya saben, DJ Cobra apretaba: Si la cosa suena ra..., y las costuras de pana de mi Rogelio hacían crack.
 
Pero aún quedaba la guinda del pastel de la venganza. Le eché un poquito de medicina para los gases, (y quien dice un poquito dice una tableta entera), en el café; claro está que no tenía gases, pero, como que me llamo Sebastiana los iba a tener.
 
Cuando el sudor le empapaba el traje de pana y al borde del colapso, lo tuvo que notar aproximándose a su retaguardia. Allí estaba, en la frontera del ojete esperando ser soltado mientras era contenido. El mínimo esfuerzo podría desbordar aquella ventosidad que aguardaba en una tensa "calma chicha" . A mí señal la "jamona" bajó la música de pronto y de pronto, las costuras se abrieron en canal. Imposible de describir el sonido que salió por el escuálido culo de mi Rogelio, solo sé, que el pelo teñido y rubio de la "jamona" se revoleó y de la peste se le quemaron hasta las cejas. Pobre mujer, debió pensar que aquella broma no estaba suficientemente pagada.
 
Rogelio, como hice yo en su día, robó una toalla y te tapó lo poco que quedaba del tanga después de la flatulencia. Sin decirme "ni mú" salió disparado del gimnasio despedido por DJ Cobra y su: Si la cosa suena ra.
 
Un mes después sigue sin hablarme ni siquiera en sueños. No hacen falta las palabras, él ya sabe: su Sebastiana, ya conoce su secreto.
 
Fin.
 
© María Martínez Diosdado.


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