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Cultura, literatura, historia, música

Voces que nos dejaron en silencio

26 de Noviembre | 11:52
Voces que nos dejaron en silencio
Cada uno tiene su forma de hacerlo, pero de qué manera tan monótona y recalcitrante se dedica a elevar la voz esta sociedad que aún busca el respeto mutuo, la libertad y el progreso; por mucho que quieran vendernos lo contrario. De permanecer las guerras, el hombre aún tiene que evolucionar y no dar vítores ni congratularse con algarabías por mucho adelanto técnico que acomode nuestros quehaceres al igual que facilite el modo de llevarse vidas por delante (bombas atómicas, obús programados, y más adminículos letales) ; de existir y perdurar el llanto de los niños, no por la emoción y felicidad del juego, sino por ver reventar las cabezas de sus padres y de los suyos, el hombre aún debe atrincherarse en la oscuridad; de seguir encendiendo la tele y escuchar el asesinato de una mujer y unos niños a manos del marido, aún se nos debe hacer indigesta la comida… Si no es la vida la culpable de las idas de nuestros más allegados, sino que son otros los que se encargan de arrebatársela, creo y considero que no debemos respirar tranquilos.

Por suerte, como dijera aquel, los artistas –si es que el arte vale para algo- deben agitar conciencias desde su particular hacer: escritura, pintura, escultura, música… Deben sensibilizar a la sociedad, azotar su pensamiento, dar la vuelta a la tortilla… Y qué bien ejerce el teatro en esto, un vehículo de pensamientos, transmisor de emociones y ritual sagrado. 

“Sienteteatro” y “Sykam Films Academy” ofrecieron al público de Badajoz una creación que sumió en la más profunda reflexión a sus espectadores: “Voces para callar heridas”, bajo la dirección de Maribel Jiménez (Sienteteatro) y Marius Makon (Sykam Films Academy). Una propuesta original y ágil. Escenas seguidas como cuentas de rosario cada cual más impactante en la que los actores elevaron sus voces contra la lacra de la violencia de género y que nos dejaron en silencio. 

Felicito la forma de abordar la idea, los puntos de vista que dieron a cada una de las intervenciones, los contrapuntos que surgieron entre una escena y otra, tan alejadas entre sí en contenido y dinámica. Por lo que no podemos hablar –como otros proyectos sí pecan- de monotemática, ni de espectáculo obstinado, pertinaz, cerril y reincidente. En diferentes espacios del Teatro López de Ayala se llevaron a cabo las interpretaciones, de las cuales realizo a continuación un sucinto comentario con el fin de dar a conocer a los lectores lo representado la pasada semana y pretendiendo que otros que no hayan tenido la suerte de apreciarlo puedan sentir la curiosidad de hacerlo en otra ocasión. 

En primer lugar, en el vestíbulo del Teatro, pudimos ver Nana bajo la cama, de Raúl Hernández Garrido. Obra cuyos actores expresaron mediante gestos la tragedia hogareña de un padre borracho, maltratador y agresivo que es capaz –en su irracionalidad- de cometer tropelías repulsivas con su hija, tan llorada por su madre quien nada puede hacer por ella. Solo besarla, abrazarla y agarrarse a ella con fuerza. La acción transcurrió con el cante y guitarreo de Daniel Antonio González y José Ángel Castilla Díaz, respectivamente, por lo que la temática fue abordada de una manera diferente. Las palabras sobraban, solo contaban las acciones. (Interpretación: Alejandro Mulero, Celia Martín Durán y Pepa Moreno De La Cruz).

Aún con las contundentes palabras de la canción, nos trasladaron hasta el cafetín para ver una escena paralizada en el tiempo: la madre vestida de novia ajada, el rostro mohíno, a modo de una Virgen de la Soledad vestida de luto en su Viernes Santo, sujetando la cabeza inerte de su hijo, y el único espectador devorando las vísceras de su crimen perpetrado desde la distancia: el padre de familia. A modo de “La Piedad”, de Luis de Morales, se atrevieron con un texto potente y agresivo (de Alfonso Zurro) que trataba del lavado de cerebro de un ser dominante y violento que consigue acabar con su mujer gracias a que su hijo disparara contra ella. El frío suelo del cafetín no era mayor que el de la cadavérica representación, tétrica y horripilante, al compás del “Pam, pam” ametrallador. (Confieso que sentí cierta zozobra puesto que me senté justo delante del hijo, y hacia mí osaba apuntar el rifle de su dedo y ensayar su tiroteo). (Interpretación: Paqui Merino Fuentes, Juan Carlos Velerda Carballo y Guillero Martínez Reynolds).   

En uno de los pasillos del recinto deslumbró una Ana Galván que interpretó de una forma soberbia el dolor de una madre que siente la muerte de su hija para siempre, después de haber percibido con su olfato maternal esa sombra de la morgue que se iba adueñando de su criatura desde que empezó a salir con ese que, para ella, no era más que un sinvergüenza. El “te lo dije” era acompañado de un lamento que estremecía como también consiguió hacerlo –magistralmente- la loca risotada mezclada con sollozo, fruto de una desesperación imperante aún en su ancianidad. Un texto de Carmen Resino titulado ¡Suéltalo, Lili! El silencio entre los espectadores se iba palpando cada vez más, y gobernó definitivamente al llegar a la chácena y toparnos con un hombre enjaulado. Sí, enjaulado. Helo aquí la prueba de los contrapuntos de la obra: no solo tuvieron la voz las víctimas, sino también los verdugos. Mario Basilio Barranca encarna un papel complicado y amargo, el de un maltratador criminal encarcelado que pretende justificarse ante el público de lo que le ha hecho permanecer en prisión. Eternamente mía, de Eduardo Galán, no es más que la demostración de que la culpa, lamentablemente, no existe en los que deberían ser culpables. El poder del cretino supera toda racionalidad. El cretino seguirá en su verdad, y esa película construida se la regala a todos aquellos que osen escucharle. ¿Cuántos hay que como el personaje del monólogo creen que su chica es eternamente suya? Quizá más sonora la palabra “suya” que “eternamente”, y es que esa calaña de seres humanos cosifican a los de su alrededor y los añaden en la vitrina de los trofeos, y se regodean y pavonean por ser unos triunfadores. Así y todo, fuimos bajando los peldaños aterrados por la pasividad e indiferencia del preso, por su justificación, por su mirada vacía… Abajo, en el sótano, un marco lúgubre y temeroso, Juana Vaquero nos sobrecogió con un texto de Annie Castaño Gómez, titulado Declaración de amor. El tormento de muchas mujeres –y muchos hombres- de saberse insuficientes para la pareja, de creer que el otro no merece alguien tan inútil, patético, torpe, estúpido… De considerar que la muerte es la única forma de alcanzar la felicidad. Y así lo hizo Juana Vaquero frente a una cámara de vídeo mediante la que estableció una videoconferencia con su marido (Francisco Javier Jaén Vaquero), al que le pedía perdón por ser tan imperfecta, porque alguien de su altura no podía estar con ella. Hasta que sucumbe a la desesperación y, aún en grabación, se ahorca como la mayor prueba de amor de toda la historia de su vida…

La escena más sutil y metafórica –un poco abstrusa- tuvo lugar en las tablas del escenario. Un texto de Miguel Murillo Gómez, Entre tú y yo, cuyo mensaje fue lanzado con un piano y un tango en mitad de la representación. Un desfile de acontecimientos que mantuvo en vilo al espectador intentando comprender lo que acontecía: un marido beodo que no para de recordar a su mujer, callada y dócil, que estarán juntos “hasta que la muerte los separe”. (Interpretación: José Pedro Carracedo, Concepción Suárez y María José Pérez Villanueva). Acaso la escena más poética, con el doble sentido de las ventanas cerradas que podrían abrirse algún día, el sobre hallado por el marido (una denuncia a él puesta), el piano percutido con violencia, y el tango (sensualidad y posesión). El último arremetimiento pianístico coincidió con el final de la buena esposa, a la que le expiró ese adagio instrumental con el que había convivido desde su boda. 

Con esta performance todos y cada uno de los participantes quisieron exclamar que ya está bien con esta mancha que llena de pesadillas las noches de muchas víctimas, y que la sociedad entera está volcada en su erradicación. Una forma de reivindicar muy diferente a la acostumbrada y que merece ser ovacionada y apreciada.



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