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LOS RELATOS DE MARÍA

El encargo

6 de Septiembre | 11:44
El encargo
Mi amigo, Remigio, más conocido como "El punto y final", cuando acabé de decirle mi encargo me miró con la boca abierta; media hora después aún le costaba cerrarla. Remigio, movió su mostacho gris y con la asquerosidad que dan los años de confianza me soltó la pregunta de la misma manera que se dispara un tiro a bocajarro: —Rogelio, ¿estás borracho? Te juro, Remigio, que nunca he estado más sobrio y templado; le contesté sin perder los nervios. Cogió la...
 
Esperen, aún es pronto. A estas alturas ya saben como me llamo, Rogelio, ¿se acuerdan de mí? Si soy yo, ese mismo que están pensando, el de los celos y las espinacas.
 
La historia que ustedes conocen comenzó el día que me dio una contractura en el cuello girándolo casi ciento ochenta grados, justo en el mismo momento, que un grupo de esbeltas hembras con sus pechos al viento pasaban corriendo por mi lado. El daño ya estaba hecho y mi mala suerte hizo el resto. A mí mujer Sebastiana, por supuesto, no le escapó el incidente y cualquiera le explicaba el equívoco. No me hizo falta verla para sentirla, la mirada de mi Sebastiana se me incrustó en la nuca como un clavo ardiendo y el juramento que le hizo a los patos terminó por rematarme el susto del corazón. Pero lo peor vino cuando la vi llegar del Olimpo con aquella camiseta rosa chillón sudada por todos lados, el pantalón naranja fosforito, el culo envuelto por una toalla azul eléctrico y la cara roja como un tomate; me dio la impresión de que parecía una estrambótica bola de colores escapándose de la discoteca más cutre. Entró toda digna y sin dirigirme la mirada, ahí lo supe, su venganza se ponía en marcha. 
 
No tardé mucho en sufrir su plan macabro. Después de que me enseñara aquellos análisis amenazadores para mi salud, llegó  ese día trágico para mí y memorable para ustedes; mientras yo engullía aquellas hojas verdes e insulsas, ella, me obligaba a contemplar cómo se comía la "pringá". He de reconocerlo, sentí unos terribles celos. 
 
Tenía que devolverle la jugada y ante aquella cosa verdosa y lacia que adornaba mi plato yo también hice un juramento: —Sebastiana, te prometo por mis tripas hambrientas que ésta te la devuelvo.
 
Los treinta años que llevábamos juntos, toda una eternidad a su lado, se aliaron conmigo para hacer y deshacer mil planes de venganza. Qué quieren que les diga, Sebastiana es mucha Sebastiana. 
 
Y es que tres décadas de condena marital dan para mucho sufrimiento. Todo este tiempo he sido un preso de sus críticas, de su incomprensión sin límites, ante mis pequeños incidentes. Traer todos los domingos del campo de fútbol un chicle pegado en mi trasero, romperme la cremallera del pantalón nuevo nada más empezar un viaje e ir enseñando las vergüenzas sin darme cuenta o ir al podólogo, con una zapatilla nueva y otra toda sucia y vieja. Nada, absolutamente nada me lo perdonó Sebastiana. Para huir de sus riñas busqué refugio ocasional en los alcoholes y poco después , descubrí como el del chiste, que para mí desgracia la veía doble.
 
Qué jartura de mujer, de tanta norma de sargento de cuartel, de tanta limpieza extrema que solo le faltaba plastificarme y cómo no, de tantos celos injustificados que me hacían pasar hambre.
 
Busqué y rebusque valor en las espinacas y una luz verde iluminó mi plan de venganza. 
 
Y aquí me tienen haciéndole el encargo a mi amigo Remigio, más conocido como el "El punto y final" porque es el responsable de poner tu última voluntad en la lápida. Mi amigo obediente, de que por fin comprobó que estaba en mis plenas facultades, procedió a mis deseos cogiendo la machota y el cincel.
 
Un mes más tarde...
 
Mientras Sebastiana se zampaba un tazón de café acompañado de una tostada con manteca colorá y yo, un mísero cuenco de leche con avena, llamaron a la puerta. Ella la abrió y con entusiasmo recibió al fornido chico que venía con mi encargo y a la vez, su sorpresa. Desenvolvió el papel con cuidado, cómo le brillaban los ojos a  Sebastiana ante el resplandor del negro mármol. Pero eso no fue nada, para la cara que se le quedó al leer su epitafio en letras perfectamente cinceladas: 
 
AQUÍ REPOSA SEBASTIANA Y DESDE ESTE DÍA EL QUE VERDADERAMENTE DESCANSA, ES SU MARIDO ROGELIO.
 
Fin.
 
©María Martínez Diosdado.


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