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LOS RELATOS DE MARÍA

El paciente 202

11 de Julio | 10:11
El paciente 202
El refutado sicólogo Rafael Hernández recordaba perfectamente al paciente doscientos dos. Un tipo menudo, de pelo escaso y graso, enjuto y de maneras nerviosas. Tenía una manera muy característica de retorcerse las manos mientras le contaba los males que le atormentaban. Hacia crujir sus huesos en un chasquido seco, un sonido que el buen doctor sobrellevó como pudo en cada sesión.
 
A su mente vino la imagen de sus labios finos de los que sobresalían unos dientes amarillos, producto de mal hábito del tabaco. Se acurrucaba en el diván como si éste fuese el consolador abrazo de una madre, respiraba hondo y abría la boca para sacar a paseo sus lamentos:
 
-No puedo más doctor, la de hoy ha sido horrible. Soñé que era un muerto viviente. Mi piel se caía a jirones y despedía un olor tan nauseabundo que me daban arcadas. Vi como mi cuerpo rompía a golpes el ataúd, como me deje las uñas escarbando la tierra, después fui dejando un rastro de ropa, piel y muerte. Me desperté con un grito aterrador y bañado en sudor -narraba temblando.
-Trate de calmarse, últimamente ha estado sometido a mucho estrés -le consolaba el buen doctor.
 
El paciente doscientos dos había llegado a su consulta por un cuadro de depresión tras sufrir la muerte repentina de su mujer. Sin duda, no era capaz de superar el duelo.
 
-Puede ser, pero que me dice de la otra pesadilla. Recuerde, me vi vestido de vampiro. Mis ropas negras y mi clásica capa. Me reía de una forma cruel mientras afilaba mis cuchillos para que se clavaran más hondamente en mi presa. Y qué piensa de mi sed de sangre. De como le mordí el cuello a aquellas inocentes criaturas bebiendo lentamente su existencia -clamaba lleno de temor.

-Son experiencias irreales, están dentro de su cabeza. Calma, con terapia todo pasará - le decía el médico intentando serenarlo.
 
El doctor Hernández trataba de animarlo, pero su preocupación aumentaba de la misma manera que su paciente se consumía.
 
-Tal vez, pero era tal real ese otro sueño donde me pude observar en el espejo transformado en un fantasma. Mi figura era traslucida, incorpórea y etérea. Tenía la capacidad de traspasar puertas, de mover objetos, de ser la sombra en medio de la poca luz de la noche. Disfrute de forma espeluznante asustando a viejas, les susurraba al oído en sus horas en vela. Me relamía acariciando a los niños hasta que se orinaban encima y a más de una susceptible mujer, del pavor la llevé a criar malvas. De esta pesadilla me costó bastante despertarme. No puedo más, ayúdeme por favor se lo ruego, ayúdeme por lo que más quiera - rogaba el pobre paciente doscientos dos.
 
Y el buen doctor con el catálogo de la fiesta de Halloween se acordó del paciente doscientos dos. En su interior se preguntó si no sería demasiado para él, pero los años de experiencia le habían demostrado que las terapias de choque eran sin duda las más efectivas.
 
Lo llamó con premura y lo convenció con tardanza, pero al final accedió.
 
Allí estaba, ese ser menudo, de pelo escaso y graso, enjuto y de maneras nerviosas. Siendo uno más entre los apestosos muertos vivientes, vampiros de colmillos afilados, fantasmas crueles...
 
Por una vez se sintió libre y contento. Aunque poco le iba a durar la felicidad cuando se diese cuenta de que de esta pesadilla no iba despertar. Que cruel venganza  la de su difunta mujer.  No le perdonó  la única cosa que obvió ante al doctor. Ella no murió de repente su marido la asesinó. Por eso se encargó de organizarle una gran velada, donde el único disfraz verdadero, era el de él.
 
Fin.


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