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La muerte de Federico

2 de Julio | 12:03
La muerte de Federico
A Garcia Lorca lo mataron en Granada, por ser quien era, en agosto del 36 y nadie hizo o pudo hacer nada por evitarlo. Casi 100 años más tarde, Granada recibe todo su legado (obras, recuerdos...) para tenerlo y protegerlo. Para respetarlo y mostrarlo, en su honor y memoria. Para desmontar las sombras oscuras que pudieran existir sobre la ciudad en relación a este asunto. 

Habla la voz suave y emocionada de su sobrina en la radio, al paso del camión que lleva la obra, y una puede imaginarse la escena y razonar que, desgraciadamente, siempre es igual en este país. Primero machaca y luego reconoce. Deshaciéndose en lisonjas y elogios. Falta al respeto, incluso falta a la vida, que es el bien más preciado que las personas tienen, porque le parece y luego vuelve sobre sus pasos y arrepentido llora y pide perdón, como si de un niño se tratara, por lo que ha hecho. Y, pronto, se le vuelve a olvidar. 

Pero no hay solución; porque cuando se asesina, la persona muere y con ella sus esquejes y su savia. Y muere porque la matan. En aras a un determinado pensamiento que se cree elevado y solo es mezquino y miserable. Y a la vez siguiente, vuelta a empezar. Terrible destino de destrucción. Terrible inhibición de quienes sólo miran, aunque  lo hagan desde la simpatía. 

Hay un aire terriblemente autodestructivo en ese no sentirse involucrado. Cuando se fusiló a António Canales, al principio de la guerra civil española, las clases ilustradas de la ciudad hicieron un amago de defensa de un hombre considerado bueno por todos, pero (según cuentan los historiadores) enseguida se las “aconsejó” que no se significaran defendiéndolo pues podría conducirlas a su propio juicio. Y ellas se detuvieron. 

La cobardía es un síntoma de todos los tiempos. Disfrazada de displicencia o de respeto a las decisiones de los otros, pero al fin y al cabo cobardía. Para defender lo justo, para defender al débil y su honorabilidad. Ese pragmatismo (siempre actual) de considerar que algo es importante sólo si atañe a intereses particulares propios, o que sólo las causas generales (a muchísimos kilómetros de distancia) son dignas de ser tenidas en cuenta en la agenda, porque lo de aquí es demasiado doméstico y no mola. 

Así que a Garcia Lorca lo fusilaron, en uno de esos episodios negros de la historia del mundo, que nuestros escolares han conocido por los libros, de una manera teórica y dulcificada. Y todo sirve para enaltecer (aún más, si cabe) su figura y rodearla de un halo trágico. Aunque eso no disculpe la atrocidad de los hechos, ya (por siempre) irremediables. 

Porque a esto quería llegar yo: a la irremediabilidad de lo que sucede tras una toma de decisión determinada. A la no vuelta atrás de algo que nunca debió ocurrir. A la falta de reflejos de los coetáneos, o de los amigos, o de los camaradas, que no se dan cuenta (no quieren) de la trascendencia que tiene (ante un hecho injusto) el dejar hacer sin que apenas nadie ofrezca resistencia, cuando esto es el mínimo derecho de cualquier ser humano. Sea rubio, pelirrojo o moreno. 

Carmen Heras



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