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Opinión-Editorial

El alma de los objetos

2 de Mayo | 12:00
El alma de los objetos
Me quitaron la pequeña lima del estuche de piel, al cruzar los controles en un aeropuerto, porque la señora vigilante pensó que era un objeto peligroso dentro del avión (imagino que existe un protocolo). El estuche era un regalo personal al que yo tenia en alto aprecio por su valor en sí para la manicura de las manos, y por el sentimental que yo le otorgué, entonces y ahora. 

Así que retiraron la lima y la echaron con gesto de hartazgo a una papelera, ante mi falta de comprensión total ya que el conjunto tenía (a mi juicio) otros objetos más peligrosos para la integridad física, no solo para un pasajero de un avión con dirección a Israel, sino para cualquier ser humano, aún en tierra. Conservo el estuche y no hay vez que lo utilice que no recuerde la anécdota, como si el objeto me lanzara, desde donde esté, una confluencia de energía y recuerde así su marcha inopinada. 

Me ocurre siempre, y no se tipificarlo como algo bueno o no, que el encariñamiento que siento por las cosas produce en mi un absurdo deseo amenazante (para la idea de orden) de coleccionarlas, en ocasiones con rasgos cercanos al diogenismo. 

Hay muchas personas así. Igual que existen otras con rasgos totalmente diferentes, de desprendimiento total. Supongo que debe haber un perfecto punto medio. Hay quienes cambian de muebles, de casa, de coche... con relativo sosiego (y no me refiero precisamente al terreno económico) sino al sentimental. Y sin embargo hay otros que sufrimos en cada mudanza como si ello fuera una pequeña enfermedad con fiebre incluida. 

Cuando yo no había cumplido los 11 años, cambiamos de vivienda. Mis padres habían comprado una casa antigua y la habían derruido entera para, sobre el solar, hacer la morada en la que viviríamos y en la que ellos después habrían de morir. Pues bien, a pesar del tiempo transcurrido recuerdo perfectamente la última noche que pasamos en el piso que hasta ese día había sido nuestra casa feliz. Recuerdo perfectamente las sensaciones. Cuando llegó la hora de acostarnos, mi madre “vistió” con sábanas un colchón sobre el suelo y allí dormimos unas cuantas horas puesto que las camas ya habían sido embaladas y transportadas a la nueva vivienda. 

Tienen los objetos un alma que cada uno de nosotros le otorgamos en función de su propia historia dentro de la nuestra o la que construimos con ellos. Ese alma nos acompaña para que no sintamos tanto la soledad cuando llega, o para que podamos llenarla, de vez en cuando, con los recuerdos. En el caso del estuche de manicura se cumple todo ello y además revela la fragancia inconfundible de una época. De una época de cortesía y educación. De sentimientos de buen acero inoxidable. 

Carmen Heras



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