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Vendetta histórica

25 de Enero | 22:03
Vendetta histórica
Leía hace unos días en los medios los anhelos de un alcalde comunista por fusilar al personal, anhelo que, por otra parte, no debe extrañar a los que conocen los métodos tan “democráticos” que ha utilizado el comunismo en el mundo para imponerse. A este “pobre alcalde” le traicionó el subconsciente y suspiró nostálgicamente por aquellos tiempos en que sus antepasados ideológicos daban “matarile” a “facciosos” de toda clase y condición en cunetas, tapias o en las paredes de las iglesias.

Esto que acabo de escribir quizás no lo hubiera escrito, a pesar de tener motivos familiares para hacerlo, hace algunos años cuando pensaba que, por fin, los españoles habíamos dejado de tirarnos los trastos a la cabeza y que nos importaba más un futuro de paz y prosperidad que un pasado de violencia y oprobio. Pero mira por donde al PSOE, con un pasado histórico más que cuestionable, se le ocurrió elegir como SG a un peripatético personaje con el don divino de la inoportunidad y virtuoso del mal fario. El mayor atentado terrorista de la historia de España y el acojono del personal estimulado por algunos medios de comunicación, hicieron posible que el Sr. Rodríguez Zapatero instalara su rule en el sillón de la Moncloa. Entre las muchas ocurrencias que tuvo en su mandato y que pusieron a España patas arriba, hubo una, la Ley de Memoria Histórica, que hizo que aquellos versos de Antonio Machado: “Españolito que vienes al mundo te guarde Dios. Una de las dos Españas ha de helarte el corazón”, volvieran a tener vigencia y nuevamente los españoles miráramos para atrás para pedirnos cuentas de las barbaridades que un día hicieron nuestros antepasados.

No se trataba, como algunos dijeron, de encontrar dónde reposaban los restos de los represaliados, para eso no hacía falta una ley. Se trataba, y se trata, de reescribir la historia y de forma maniquea etiquetar a buenos y malos por el sólo hecho de pertenecer a un bando u otro. Al fin y al cabo, a las nuevas generaciones poco leídas e ilustradas en nuestra historia reciente, es muy fácil contarles los avatares de nuestra guerra civil y del franquismo aderezándolos de exageraciones, falsedades y medias verdades.

No es tema de esta parrafada hacer un listado de la cantidad de embustes que se han contado y se cuentan sobre la segunda república, la guerra civil y el franquismo por parte del rojerío patrio para tapar sus vergüenzas, pero, para muestra, diré que, como ha quedado demostrado por la investigación seria y rigurosa de los historiadores Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa (1936. Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular, Ed. Planeta), el gobierno salido de las elecciones de febrero de 1936 era tan ilegal como el gobierno de Burgos del general Franco. Así pues, eso de que parte del ejército se levantó contra el gobierno legítimo de la república es una filfa, pues nunca ese gobierno fue legal.

Volviendo a ese afán “zapateríl” de reescribir la historia, la ley de marras ordena acabar con todo vestigio de símbolos franquistas en lugares públicos y de todos aquellos personajes de nuestra historia que, a juicio de diversos “comités de expertos”, todos de izquierdas por supuesto, tuvieran algo que ver con los vencedores de la guerra civil y con la dictadura. Y aquí comienzan las patochadas de unos enfervorizados justicieros, tan incultos como sectarios, que se lían a quitar a diestro y siniestro símbolos y nombres de calles y plazas. Es tal el fervor de esa pandilla de hijos de la Pasionaria que arramplan con todo lo que se les pone por delante y así se cargan un escudo de los Reyes Católicos confundiéndolo con el del franquismo o le retiran una calle a D. Miguel de Cervantes por fascista. Todo vale con tal de que se cumpla la ley del sonatillo Zapatero.

Algunos de los que tengan la caridad de leerme seguramente pensarán que estoy haciendo en mi parrafada una apología del franquismo, pero nada más lejos de mi intención. Lo que sí quiero dejar claro es que durante la dictadura, y especialmente desde finales de los cincuenta hasta su final, hubo muchos hombres y mujeres que desde la política o desde instituciones públicas y privadas, realizaron una gran labor en pro del progreso de España y de los españoles y que merecen que la historia les recuerde. Quitar el nombre, por ejemplo, de una calle a un buen alcalde que trabajó por su ciudad trayendo infraestructuras y creando puestos de trabajo es injusto y sectario. Lo mismo ocurre con personas relevantes en el mundo de la cultura, de la ciencia o de cualquier otra actividad si con su esfuerzo contribuyeron al desarrollo de nuestro país. Negar que durante casi cuarenta años no hubo en España ciudadanos merecedores de ser recordados, aunque no fueran beligerantes con el régimen, es una estupidez digna de la incultura, el rencor y la mala conciencia de los descendientes ideológicos del frente populismo.

¿Es que acaso no merecen ser recordados en Plasencia alcaldes como Fernando Barona, Julián Burgos y, sobre todo, Juan Francisco Serrano Pino?, ¿Es que en Extremadura no merece al menos un recuerdo D. Rafael Cavestany de Anduaga, ministro de agricultura y creador e iniciador del “Plan Badajoz”,cuyas obras hidráulicas con una capacidad de más de 3500 millones de metros cúbicos han posibilitado el regadío de más de 100.000 hectáreas, amén de las centrales hidroeléctricas? ¿Acaso no merece reconocimiento D. Licinio de la Fuente, ministro de trabajo, que durante su mandato se aprobaron leyes tan importantes como la del Régimen General de la Seguridad Social o el Régimen Especial Agrario de la Seguridad Social entre otras? Y ya, para finalizar y no cansarles más, me referiré a otro ministro franquista al que se le ha negado el pan y la sal y que fue al que se le deben leyes de tan importante contenido social, como el Seguro de Enfermedad, Higiene y Seguridad del Trabajo, la gratificación obligatoria de Navidad, el subsidio de invalidez y otras. Me estoy refiriendo a D. José A. Girón de Velasco.

Las represalias después de una guerra son atroces y, sin lugar a dudas, condenables. Lamentablemente es práctica habitual en todas las guerras existentes desde que el mundo es mundo y España no iba a ser una excepción. Si los vencedores de nuestra guerra civil hubieran sido los del Frente Popular, a tenor de lo ocurrido en los países donde venció el comunismo, aquí no hubiera quedado títere con cabeza y no les quiero contar el régimen de libertades que hubiéramos tenido a la “albanesa”. Por eso, hacer una ley dirigida, no a paliar injusticias, sino a vengar antiguas afrentas cuando aún hay heridas abiertas en los dos bandos, sólo conduce al enfrentamiento y al odio, y lo que es peor, a que unas generaciones, que afortunadamente se han criado en la libertad y la democracia, tomen el relevo de la intolerancia y el rencor de sus antepasados. Es bueno tener memoria histórica para no caer en los mismos errores, lo que no es tan bueno es apelar a la “vendetta” para intentar pasar de vencidos a vencedores cuando ya, hasta a los vencedores se les había olvidado que lo habían sido.

D.B.         



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