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LA PUERTA DE TANNHÄUSER

Pessoa, el poeta de la impostura

28 de Septiembre | 19:56
Pessoa, el poeta de la impostura
Mi encuentro con Fernando Pessoa es ciertamente reciente. Sabía de su existencia desde hacía años, pero nunca había prestado demasiada atención a su voz.

La causalidad me arrastró a sus escritos, porque ese interés repentino en la lírica de sus palabras (a su prosa poética y a la poesía en general), se debió principalmente al estudio por mi parte de uno de sus padres intelectuales, que igualmente se ha convertido en objeto de mi más absoluta veneración, Arthur Schopenhauer.

También influyó (todo hay que decirlo) la mención que se hizo a la obra del poeta portugués nacido en Durban (Sudáfrica) en algunos encuentros culturales a los que he venido asistiendo en los últimos tiempos, en donde se ha homenajeado a la figura de otro poeta extremeño y sanvicenteño ilustre, Ángel Campos Pámpano, puesto que mi paisano fue un grandísimo estudioso de Pessoa, y una de las voces más autorizadas para hablar con criterio sobre su obra. 

Así, arrastrado por estos dos mares, me lancé al abismo del padre de todos los heterónimos, el hijo del pesimismo filosófico y ciudadano de la patria de la lingua portuguesa. 

Alguien me dijo alguna vez que los libros consiguen enganchar a los lectores  cuando las experiencias personales del que lee, le acercan a la idea del que escribe, ya que en ellas ve en cierta manera un refugio de comprensión.

Es probable que esto sea cierto, y sea esa la explicación de la devoción que proceso en esta etapa de mi vida por el poeta lisboeta: mis días son, sin lugar a dudas, profundamente pessoanos

Yo veo en Pessoa muchas cosas que también veo en mí mismo, que ya soy o creo que voy a ser, y no me refiero al talento ni a la manera de escribir (¡válgame la voluntad!): hablo de lo que leo en sus autopsicografías. 

También me acerca a él la máxima admiración que siento por su legado escrito, una obra abismal que es fruto de su propia personalidad pensada más que vivida. 

Pessoa fue un Dios hecho a su imagen y semejanza, una representación de las vidas que el creó para sí mismo, con múltiples voces diferentes que hablaban cosas diferentes de maneras diferentes, como si fueran pliegues de una piel que aunque en diferentes niveles, todos ellos custodiaban un corazón que latía al compás de la música del mundo, un corazón que era de nadie y de toda la humanidad en su conjunto. 

Muchas son las cosas que encuentro grandiosas en su voz escrita: para empezar su impostura, esa manera que tiene para mentir diciendo que miente, porque al decirlo, ya está mintiendo realmente: la poesía es el género de los verdadero, de lo crudo y de lo salvaje, una manifestación de las esencias puras que guardamos dentro de nosotros mismos, y que ni tan siquiera conocemos. Al escribir poesía nos abrimos sin dilaciones, salen esas esencias de lo más oscuros recovecos de nuestra mente como si fuera la lava de un volcán en erupción. Eso él lo sabía, y posiblemente sentía pudor por ello, aún no compartiendo su obra en vida al resto de los mortales salvo en contadas ocasiones (estando vivo, solamente publicó un libro, Mensaje). De ahí el lenguaje encriptado de su palabra acompañado siempre de una lírica envolvente a la par que compleja, de los usos que hacía de los personajes que nacieron de sus vísceras y de los comentarios que hacía sobre lo que escribían, con quienes decía compartía a veces  fragmentos de sí mismo, aunque no siempre. 

También me apasiona la responsabilidad que asumió al convertirse en el poeta del alma humana, quien habló de sí mismo disgregándose en diferentes personajes que aún siendo todos él, pensaban distinto. De ahí que su obra esté repleta de contradicciones (y su manera de escribir, también, como sucede en la prosa poética de su mítico Libro del Desasosiego): por ejemplo, unas veces era capaz de cantar a la naturaleza y en otras al mundo civilizado, y lo hacía con un estilo diferenciado, siempre viviendo en vidas que pertenecían a nadie y a todas las personas al mismo tiempo. La despersonalización fue quizás su más enorme característica, o no, quien sabe, porque Pessoa lo que parece hacer es darle  voz a todas las identidades que formaban parte de él mismo…Sea como fuere, lo cierto es que esa manera de escribir pensando desde fuera es sencillamente magistral;  es terriblemente complejo imaginarse ser otra persona pensando de forma distinta y escribiendo de forma distinta, y además, con tanto acierto y embrujo. 

Otra cuestión que me interesa de su legado es la bandera que otea en el horizonte pessoano, el de la cultura portuguesa, esa a la que abrazó ya entrado en años (hemos dicho que nació en Sudáfrica), pero que siempre llevó muy dentro, tanto que decidió retornar a la madre patria aún no habiéndola dejado nunca, porque nunca la abandonó realmente ya que no la había pisado antes. 

Los que por vivir en proximidad geográfica conocemos los fundamentos de la cultura lusa, entendemos perfectamente ese acervo que nos toca de lado, y además, nos parece muy cercano. Leer a Pessoa es enfrascarse en un universo en el que fluye el espíritu portugués por todos los costados, por ejemplo, en la influencia anglosajona de sus costumbres, en la obsesión por los viajes de ultramar y en los sentimientos que la soledad provoca. Además, la maestría de Pessoa está en hacernos ver que no hace  falta viajar por el mundo para sentir en alma la dolorosamente agradable SAUDADE. “La oda al marinero” de Álvaro de Campos, y que aparece recopilada en la antología poética de “Pessoa, un corazón de Nadie”, dirigida por mi paisano Campos, es todo eso. 

¡Ay, ese sentimiento de nostalgia que nos ancla al pasado, y que nos impide vivir del todo el devenir de nuestro tiempo!, ¡ay, ese anhelo por un futuro que no acaba de llegar, y que posiblemente no lo haga nunca, pero que le da el suficiente sentido a la vida como para seguir intentando cumplir con los sueños soñados! 

Pessoa también era soledad, en ella construyó su universo  rico en personas y pensamientos, y además fue capaz de hacerlo amando la vida que tenía, muy modesta, casi sin nada a pesar de su potencialidad para llevar una vida como la de cualquiera. Pero él prefirió lo mínimo para subsistir, y así seguir creando. Esa fue su elección, un auténtico sacrificio en torno a su obra, y nosotros se lo agradecemos. 

Pessoa era todo eso y posiblemente nada de lo dicho, porque tal y como hemos comentado, jugaba con la impostura como nadie lo ha hecho nunca, pero da igual, porque aunque no fuera lo que decía ser, lo parecía, y eso es lo que vale. Misión cumplida, poeta.



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