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LA PUERTA DE TANNHÄUSER

Decir hola al cielo

23 de Mayo | 11:27
Decir hola al cielo
Para algunos de nosotros, la vida se forja a ritmo de notas musicales. Aquellos que formamos parte de esta especie de criaturas extravagantes, solemos arroparnos de canciones siempre que se precisa; cuestión de supervivencia.

Hemos crecido entre melodías, no entendemos el devenir de los días sin la armonía de una buena pieza, a la que cual recurrimos siempre que necesitamos revivir momentos trascendentales de nuestro paso por el mundo, sobre todo, cuando nos abrazamos al pasado para alimentar las ilusiones futuras.

De la misma manera, cuando alguno de esos acordes que hemos tomando como referencias existenciales deja de sonar de manera inesperada, entonces es cuando verdaderamente empezamos a pensar en el paso inexorable del tiempo, y de como vamos perdiendo progresivamente la  identidad que forma parte de nosotros.

La semana pasada se me borró parte de esa impronta. Tengo mis razones para creerlo porque yo soy música, sin ella no me entiendo ni tampoco se me entendería.

La muerte en circunstancias aún no muy claras del artista norteamericano Cris Cornell ha supuesto un desgarro en lo más profundo de mis entrañas. Esto probablemente no sea entendido por la gran mayoría de las personas que lean estos párrafos, pero para aquellos que no podemos vivir sin música, es probable que no le suene a exageración e incluso hasta lo comparta.

Yo me hice mayor  allá por la última década del siglo pasado: durante esa época, crecí rodeado de hechos singulares que marcaron mis años posteriores, y ahí la música tuvo mucho que decir.

Corrían los primeros años del decenio cuando surgió de la nada una palabra  extraña en nuestro vocabulario que poco a poco fue acaparando el interés de la escena musical noventera, y con la que me identificaría para los restos: Grunge.

El culpable no fue otro que el fenómeno “Nirvana”, toda aquella parafernalia que rodeaba a la banda que liderara uno de los últimos mártires del rock, Kurt Cobain, y sobre todo su afamado himno generacional “Smell like than spirit”.

Pero detrás de ese cliché había mucho más que un par de buenas y pegadizas canciones amén de un trío de desenfrenados músicos que revolucionaron el panorama  musical del momento. Lejos de valorar la calidad de su obra, hay que reconocer que dicha banda fue la responsable de dar a conocer una manera de entender el rock basada en canciones atronadoras, distorsionadas, aguerridas, a veces salvajes, algo completamente diferente a la monotonía del momento, y que además consiguieron poner el ojo de todo el planeta en una ciudad norteamericana hasta la fecha poco conocida, Seattle, pero que era cuna de mítico Jimmy Hendrix.

No obstante, en mi modesta opinión, y musicalmente hablando, Nirvana no fueron más que otra de las bandas que emergieron en una período concreto de tiempo en la ciudad del estado de Washinton, y que hicieron que muchos de los mi  generación creciéramos a su lado: Alice in Chains, Love than Bones, Stone Temple Pilots, Pearl Jam o Soundgarden.

Yo no puedo entender muchos de los momentos vividos sin el aguardo de algunas de las canciones de esas formaciones, mitos para un adolescente que empezaba a ser un hombre, y que a pesar de saber que las vidas de las personas que había detrás de aquellos grupos musicales no eran precisamente modélicas, admiraba su talento, y sobre todo, agradecía los ratos de goce que le proporcionaban en un período vital complicado.

De ese elenco de formaciones, como parte de mi patrimonio musical personal, yo destacaría especialmente Soundgarden, mi grupo por encima de todas las demás, y en donde brillaba con luz propia el maestro Cornell.

Los conocí ya en su plenitud, cuando su gran obra maestra, SuperKnown, había sido parida, pero a partir de ese momento nunca más los abandoné, y buceé en sus trabajos una y otra vez hacia delante y hacia atrás durante todo lo que llevo de vida. Para mi han sido toda una influencia y una referencia en muchos aspectos.

El otro día, sin ir más lejos, volvía a degustar aquel magnífico disco mientras viajaba a mi trabajo, y por estas malditas casualidades que a veces tiene la vida, resulta que fue la última vez que lo escuché estando Cornell con vida. No obstante, es lo grandioso que tiene el arte y los artistas, que su legado prevalecerá eternamente en nuestros corazones, a pesar de que muramos un poquito también nosotros cuando alguno de estos genios se marcha sin avisar.

Descansa en paz, maestro.



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