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Opinión-Editorial
LA PUERTA DE TANNHAÜSER

Schopenhauer y la Ciencia

16 de Mayo | 14:29
Schopenhauer y la Ciencia
En nuestra última entrega realizábamos un alegato mayúsculo en pro de la recuperación de los Genios Totales. Hoy hablaremos sobre uno de ellos.

Hace unas semanas tuve el inmenso privilegio de participar en un evento singular, unas jornadas de divulgación científica organizada por la Universidad de Extremadura, en cuyo foro hablé sobre la figura de Arthur Schopenhauer, el primer gran filósofo contemporáneo.

El verdadero motivo de mi elección fue el de intentar hacer reflexionar al auditorio asistente sobre las enormes prejuicios que actualmente tiene la Ciencia más pragmática, muy centrada en sí misma y en defenestrar todo aquel conocimiento que no se produce a partir del método que le da nombre. Tal y como expuse, el conocimiento bien argumentado puede se válido  independientemente de donde proceda, e incluso aquel que deriva de las abstracciones no empíricas, con el tiempo, puede llegar a ser explicado de esa manera cuando los avances científicos así lo permiten: el caso de Schopenhaer y sus planteamientos filosóficos  es todo un paradigma en este sentido.   

Analizar la obra del genio alemán empleando para ello las lentes del pensamiento científico es un ejercicio sorprendente, puesto que lo que se consigue  con ello es encumbrar aún más las aportaciones del máximo exponente de la escuela pesimista alemana.

El argumentario en el que me baso para aseverar esta afirmación estriba del análisis de su idea filosófica del mundo, que según Schopenhaer, es a su vez voluntad y también representación.

Bajo una idea primigenia acuñada en primera instancia por Platón, explicada en su famoso mito de la caverna,  también por Enmanuel Kant con sus propios matices, el de Danzing entiende que nuestra realidad  se mueve entre el mundo de la consciencia, es decir,  el ámbito de las percepciones sensoriales, pero  también el de la inconsciencia, el de las esencias puras, lo irracional, que para nuestro filósofo se conoce como voluntad, la cuál, se deja entrever de forma representada en aquello que es tangible para nosotros. Por lo tanto, para Schopenhaer el mundo es lo que se nos muestra en nuestro cerebro, algo que sorprende por ser una paradigma sustancial de las neurociencias actuales. Así, desde el ámbito científico contemporáneo, son objeto de sus estudios  algunos de los enigmas mayores que el propio Schopenhauer ya mencionara en su propia obra pero desde una retórica cuidada y metafísica: la emergencia de la consciencia, la forma en la que se interconecta lo irracional con el ámbito de las abstracciones complejas de nuestra mente, el salto desde la materia biológica al de los pensamientos.

Schopenhauer abrió un melón maduro del que salieron cuestiones para las que aún hoy en día no existe una respuesta, y presumiblemente nunca podamos responder.

De ese crisol de conceptos abstractos podemos analizar igualmente otras consideraciones que han tenido su repercusión en el ámbito de las ciencias, las cuáles, de forma sesgada, han ido dado explicaciones empíricas y teóricas a algunos de los fenómenos que nos rodean, y que Schopenhauer también anticipara en un discurso visionario que deja estupefacto cuando se analiza en profundidad.

Por ejemplo, si nos sumergimos en el ámbito del principium individuationis, es decir, el  escenario (físico) de las representaciones que mentara el genio de Danzing, es inevitable aproximarnos a las teorías relativistas de Einstein, con las cuáles confluye en algunas ideas de base, como es el caso de los conceptos del  espacio y del tiempo, la causalidad, o  la influencia relativa de las percepciones sobre cada individuo (el sujeto), que entiende según sus propias consideraciones el universo que nos rodea ( el mundo de los objetos).

Tremendamente curioso es el paralelismo que encontramos entre las teorías de Schopenhaer y la física relativista cuando hablamos “del tercer estado del mundo” al que el filósofo alude metafísicamente para dar sentido “orgánico” en su explicación de esta dualidad del universo, y que reflejaría la zona de transición de las dos orillas que forman parte de nosotros, el del mundo de la voluntad y el de la representación. La física relativista puede haber encontrado una justificación (teórica al menos) a este supuesto estado intermedio, allí  donde el concepto espacio-temporal se pierde por completo, el de los puentes Einsten-Rosen, las puertas de entrada al mundo de las esencias puras, el de la voluntad. 

Desde esta otro extremo del universo se nos mostrarían las esencias del mundo verdadero  a partir  de la materia inmutable y universal (las ideas platónicas) que compondrían todos los sujetos animados e inanimados que existen en la naturaleza. Obviamente, debemos recurrir a las ciencias naturales para traducir tales conceptos metafísicos a lo más racional y tangible, asignado a las “ideas platónicas” el grado de partículas elementales, átomos o moléculas, que de forma cada vez más elaborada constituyen la materia orgánica e inorgánica, y que se va manifestando de lo más simple a lo más complejo según se va  ascendiendo dentro de la escala jerárquica de organización entre los seres que existen en la naturaleza. 

En estas ideas rezuman los principios evolucionistas darwinianos. Incluso podríamos pensar que el autor de “el origen de las especies” haya dejado la impronta en el genial filósofo alemán, si no supiéramos que la magna obra del autor de Danzing y en donde se recoge todas estas tesis, “el mundo como voluntad y representación”, se publicó cincuenta años antes que la del naturalista inglés. 

Todas estas disertaciones son solamente un puñado de ejemplos que nos valen para hacer tambalear los mitos del pragmatismo más radical que defienden unos y otros puristas de las ciencias y las humanidades: al fin y al cabo, el saber es parido por nuestro cerebro, ya que en realidad somos mente, y esa mente funciona de la misma manera utilicemos unos paradigmas u otros.



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