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Opinión-Editorial
SIN PROPÓSITO DE ENMIENDA

Dogma

21 de Febrero | 12:32
Dogma
El 17 de febrero de 1600 Giordano Bruno fue conducido al Campo dei Fiori, en Roma. Su lengua estaba sujeta para impedirle hablar. Encadenado a un palo, sobre una pila de ramas y troncos, ardió durante horas, vivo. La Inquisición Romana no quiso concederle una decapitación previa que le evitase la angustia y el sufrimiento del fuego

El crimen de Giordano Bruno fue pensar. Leyó la Biblia y llegó a la conclusión de que los dogmas católicos, tenidos por ciertos e irrefutables, no se sustentaban en los textos: ¿la virginidad perpetua de María? Una patraña. ¿El celibato? Un invento. ¿La preeminencia de la Sede Romana? Una manipulación histórica. ¿La Trinidad? Un artificio. Soñó infinitos mundos, infinitos planetas, infinitos soles, tal vez infinitas civilizaciones. ¿Cómo podían sostener los hombres que Dios creó el universo solo para situarnos a nosotros en el centro, su criatura predilecta? Giordano Bruno, como Galileo Galilei después, atacaban de lleno la vanidad de nuestra especie. También él impugnó el aristotélico geocentrismo. 

Antes de quemarlo, Giordano Bruno pudo contemplar como ardían sus libros en la Plaza del Vaticano y como se prohibía la lectura de los mismos. Durante siglos, el Índice de Libros Prohibidos sirvió a la Iglesia para dictaminar qué podían y qué no podían leer los católicos. No impulsaban una impugnación de las tesis contrarias, un debate crítico dando opción a los cristianos a formarse, tras conocer las distintas posturas, su propia opinión. La elección de la palabra “hereje” para designar al enemigo a combatir ya anticipa que la Iglesia no pretende promover ningún tipo de discusión. Herejía en griego significa “elección”, hereje es el que elige por sí mismo. 

Que durante siglos la Biblia quedara cosificada en el latín que únicamente unos pocos hablaban perseguía el mismo objetivo: aislar, preservar, impedir el acceso libre de la comunidad cristiana al conocimiento, a las fuentes. La Iglesia era la única que podía interpretar la palabra de su dios y recelaba de las consecuencias que podían derivarse de una lectura atenta, en el idioma propio, de unos textos que se dicen inspirados por el creador. “Leed la Biblia, necesitamos más ateos” reza un ingenioso graffiti.   

La ejecución de Giordano Bruno quedó grabado en la mente de los sabios como aviso a navegantes. No hay duda que Galileo Galilei tuvo presente al dominico quemado en Roma cuando decidió abjurar de su tesis: el movimiento de traslación de la Tierra alrededor del Sol, pese a que sus instrumentos, sus matemáticas, sus pruebas indicaban que tenía razón. Eppur si muove. 

Este 2017 se cumplen 175 años de su nacimiento, en la ciudad de Arcetri, Italia. Pese a abjurar, Galileo no se libró de una condena a prisión perpetua, aunque pudo cumplirla encerrado en su domicilio. Confinado en Florencia, escribió allí su “Discursos sobre dos nuevas ciencias”; obra fundamental que establece las bases de la mecánica e impugna de manera irrefutable la física aristotélica; obra que pudo difundirse en el extranjero gracias a que sus capítulos eran sacados en secreto por visitantes del insigne astrónomo, matemático e ingeniero que lograban burlas la vigilancia de sus guardianes. 

Pensando en Bruno y en la condena de Galileo, René Descartes renunció a publicar su “El Mundo o Tratado de la luz”. 

La libertad de pensamiento y de palabra es esencial si queremos fomentar el progreso: o podemos discutirlo todo, o quedamos estancados. Cuando las religiones tienen poder político, la palabra y las ideas quedan amordazadas. Si queremos una sociedad libre, necesitamos un estado laico donde la fe sea una opción personal y protegida (tienes derecho a creer que dios fue engendrado por intercesión del divino paráclito o que la diosa Atenea nació de la cabeza de Zeus; nadie puede impedírtelo), pero tu fe no se puede imponer a los demás y menos aún impedir que otro la pueda refutar. 

Giordano Bruno; Galileo Galileo; Miguel Servet, quemado por el protestante Calvino; la persecución de las brujas; el Índice de Libros Prohibidos; la quema de libros y bibliotecas; los juicios contra los llamados “blasfemos” y sus ejecuciones en la horca o decapitaciones en Arabia Saudí, Irán y otros países (por cierto, nuestro código penal aún contempla penas por blasfemar)… La historia y por desgracia el presente, es prolijo en fanatismos de toda índole.  

Claro que, no solo hay dogma e intolerancia en el ámbito religioso. También en otros se acude a la misma ceguera: cuando nos dicen que no podemos cuestionar la supuesta ventaja del “libre mercado”; cuando se impide debatir sobre las bondades del modelo de gestión privada frente al público; cuando la economía se convierte en un arcano misterioso al alcance solo de sus supremos sacerdotes, por ejemplo.



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