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Cultura, literatura, historia, música

¡Ay Genaro!

16 de Noviembre | 12:26
¡Ay Genaro!
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Me llamo Elisa, mi historia empezó cuando sentí a la misma muerte en mi espalda. Dejen que se la cuente y perdónenme si en la narración de la misma, se me escapa alguna lágrima acompañada de un suspiro.

La fecha en la que ocurrieron los hechos fue un diez de diciembre a las doce de la noche. Recuerdo que estaba muy agotada tras un intenso día de trabajo. Mi cuerpo pedía cama y no yo estaba dispuesta a negárselo. Miré a Genaro, mi marido, que raramente dormía en el sillón. Él padecía de insomnio crónico pero supuse que se habría tomado un somnífero para poder descansar, de la falta de descanso. No quise despertarlo y lo dejé en el sillón con su sonrisa de medio lado.

¡Ay Genaro!, digo entre suspiros.

Perdón, sigo, sigo...

Deshice la cama, me puse el camisón y me dejé llevar por un sueño dulce y placentero. De pronto, algo frío tocó mi espalda, las vértebras me castañearon al compás de los dientes. Como puede abrí los ojos, la habitación estaba como siempre. Sólo es una pesadilla Elisa, me decía mi mente, pero...

¡Ay Genaro!, una lágrima quema mi rostro ante el recuerdo.

Perdón, sigo, sigo...

Tras apaciguar a mi corazón desbocado, conseguí milagrosamente caer rendida de nuevo. Calma, reinaba la calma, cuando sin esperarlo otra vez apareció. Algo gélido me rozó la columna entera, las costillas muertas de pánico se abrazaban entre ellas. Oí el grito que salió de mi boca, desperté con un gran sobresalto, en el cuarto no había cambiado nada. Intenta serenarte Elisa, susurró mi cerebro.

¡Ay, Genaro!, me lamento entre gemidos y sollozos.

Perdón, sigo, sigo...

De milagro logré volver a mi mundo de sopor, tal vez se debió al estrés que me causaba el miedo. Tranquilidad, todo era tranquilidad, ninguna amenaza. Al menos eso creí hasta que..., el mismo rey del hielo me abrazó de repente, mis huesos se resquebrajaron como si fueran frágiles palillos. El sudor me envolvió entre las sábanas, no podía moverme, estaba terriblemente paralizada. Luché y al fin desperté, hice un recorrido visual por la estancia, todo seguía en su sitio.

¿Qué pasa Elisa, qué pasa?, preguntó mi cabeza asustada. Tratando de buscar una respuesta me armé de valor y salí de la cama.

 ¡Ay, Genaro!, aulló desesperada.

Perdón, sigo, sigo…

Busqué a mi marido, lo encontré aún en su sillón con la sonrisa de medio lado. En una mano sostenía un bote vacío de somníferos, en la otra una carta:

Elisa mi amor, está noche te preparé una sorpresa. Cuando duermas plácidamente sentirás castañear tus vertebras, el abrazo gélido de las costillas, como se resquebrajan tus huesos. Trataras de calmarte oyendo una voz en tu interior, no es tu mente, soy yo. Mientras dormías, mi espíritu te ha estado poniendo los pies en tu espalda, para que sintieras en ella el frío de la parca. Es mi póstumo triunfo, mi venganza, después de aguantar los tuyos durante más de una década.

P.D.: Por cierto, te espero todas las noches en la cama.

Me desmayé al acabar  de descifrar la última frase y no sé cómo, estoy otra vez entre las sábanas con el camisón puesto. He aprovechado que es de día para contarles esto, antes de que vuelva él, sí ya saben quién…

¡Ay Genaro, tu muerte es la mía en vida!

 

Fin



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