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LA PUERTA DE TANNHÄUSER

Crónica de un docente

24 de Octubre | 13:25
Crónica de un docente
Hay pocas actividades en la vida que me produzcan una sensación tan exclusiva como la del trabajo en el aula.

Para mi se trata de una manifestación alternativa a las experiencias individuales, una manera natural de elevarse por encima de lo que soy, de despersonalizarme por completo y fundirme en un todo con mis propios alumnos.

Esto no es fenómeno exclusivo del ejercicio pedagógico frente a los alumnos; de manera similar, siempre que tengo que enfrentarme a cualquier tipo de audiencia, experimento este extraño fenómeno. Pierdo la consciencia de mi mismo y solamente me veo reflejado en las caras de aquellos que me observan. Sus gestos me lo pueden dar todo y del mismo modo, quitármelo.

No obstante, la magia del aula aporta un plus adicional; la sensación de responsabilidad frente al que me oye, y que en ocasiones, también escucha, genera un humor embriagador con efectos terapéuticos frente al dolor producido por las mayores miserias que residen en mi interior.

Para mi es la manifestación empática más pura que existe, por encima de la propia compasión, porque el ejercicio docente tal y como yo lo entiendo, es la manera más loable con la que un individuo puede abrir sus venas repletas de miel (en forma de conocimiento que se conoce y se quiere compartir), para que otros puedan alimentarse de ello.

El aula es un escenario donde se respira una atmósfera especial; en ocasiones, las sensaciones que nacen sobre esas tablas repletas de academia son incómodas, frustrantes, sobre todo cuando aún desconocemos la manera de controlar las situaciones rocambolescas que se dan al calor de la clase. En otras, la propia percepción que palpamos a partir de las caras de la audiencia, se convierte en una vía directa hacia el éxtasis. No hay nada más placentero que ser testigo de tu propia utilidad  puesta al servicio de un grupo de personas, cada uno con su propia singularidad y capacidades.

Yo he disfrutado de momentos antológicos, ratos en los que el silencio del aula sólo era interrumpido por mis propias argumentaciones, y en donde los rostros de los alumnos me mostraban que mis esfuerzos por enseñar al final habían servido para algo. Además, tengo algunas experiencias alojadas en el centro de mi corazón que me han alimentado el alma, alumnos confesos que me han mostrado su gratitud incluso años después de haber dejado de serlo. Seguro que hay otros (muchos también) que han sufrido en silencio el descontento y desilusión de mi propia praxis a la hora de ejecutar mi labor. A ellos debo decirles que nunca fue mi intención no servirles como puente hacia sus objetivos. Perdón, lo siento.

No concibo mi vida sin mi profesión, es una parte más de mi propia identidad. A veces incluso me excedo en el ejercicio de la práctica, voy mucho más allá del mero compromiso esencial que tiene que haber para desarrollarse mínimamente en estos menesteres, y toda esa amalgama de experiencias profesionales acaba por empapar el resto de velos que componen mi personalidad. Esta actitud no deja de ser un arma de doble filo: por un lado, me ha dado muchos sinsabores ya que al no saber (o poder) desprenderme de la máscara del docente, el resto de actividades de mi vida han ido siempre a remolque, y mi círculo personal se ha visto afectado negativamente. Pero por otro, gracias a mi trabajo, he podido ir solventando obstáculos con los que la vida me ha ido poniendo a prueba, ya que el enorme privilegio que me supone el ejercicio de la docencia, en determinadas circunstancias me ha sacado del abismo más profundo.

Es curioso como siendo como es una actividad intelectual, a ella recurro con más fuerza cuando vienen mal dadas, algo enigmático teniendo en cuenta que el factor cognitivo es tan caprichoso y está tan sometido a los sentimientos negativos, que parece todo un atentado a la propia racionalidad. En mi caso, al  calor del discurso y la explicación, la propia autoconcepción de los miedos que tanto me atormentan, desaparece, se volatiliza aunque sean por un instante. La mente empieza a centrarse en aquellas cuestiones que atañen a la mera superficialidad de los contenidos académicos, en el esfuerzo de llevar al propio alumno al entendimiento de tales cuestiones y eso, al fin y al cabo, se convierte en el bálsamo de fierabrás que el cerebro necesita para protegerse de sí mismo, de mi mismo en este caso, porque éste es el mayor enemigo con el que tengo que enfrentarme a veces.

Así de cruda es la realidad de un docente que ama su trabajo, y que llega a usar el oficio como un ungüento alquímico con el que sofocar las malas experiencias individuales.  El espectáculo de butacas puede estar servido, pero en el interior de la escena, hay un engranaje que funciona atenuando cualquier atisbo de negatividad desgarradora. Así ha sido siempre, y así seguirá siendo.


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