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Opinión-Editorial
LA PUERTA DE TANNHÄUSER

La metapolítica

16 de Septiembre | 11:06
La metapolítica
Vivimos tiempos supuestamente ajenos a toda lógica racional. Parece que en nuestras mentes aflora un delirio superlativo, un derroche embriagador de autocomplacencia y resignación ante la incoherencia de los designios derivados de la propia colectividad. Este fenómeno metafísico  hace que nos sintamos víctimas y también verdugos al mismo tiempo, ya que al fin y al cabo, también nos convertimos en partícipes de esta enajenación dionisíaca al formar parte de un orden social jerarquizado dominado por los representantes de nuestra propia voluntad.

Contemplamos absortos como nuestra opinión individual acaba diluyéndose en el maremágnum de opiniones colectivas supuestamente inconscientes bajo nuestro punto de vista, sintiendo además que los objetivos comunes son forjados por unas fuerzas sobrenaturales que desconocemos. Vemos como “el orden establecido”, ese ente abstracto que nace de la propia despersonalización a la que nos lleva la política en el contexto “moderno”, logra imponer sus criterios por encima del bien y del mal, y al mismo tiempo, empequeñecernos a nosotros hasta a apagar nuestra propia voz ciudadana. Con suma resignación lo aceptamos, aunque no lleguemos a entender del todo cómo es posible que estemos nosotros tan confundidos, ya que si la democracia somos todos, es imposible que todos estén equivocados. Según parece, lo bueno para nosotros mismos parece ser que no lo es tanto para el propio  universo, y esa supuesta “verdad” nos genera primero frustración, luego tedio y finalmente indiferencia.

Es una auténtica paradoja la que se nos presenta ante nuestros ojos, un enigma de incomprensibles magnitudes que parece no tener una respuesta, aunque si miramos en el propio abismo del problema, es probable que encontremos las causas.

Ya hemos disertado en alguna ocasión sobre las cuestiones de Estado aunque desde un contexto general, intentando explicar la manera en la que el “perro humeante” consigue imponer su propia voluntad arrebatándonos a nosotros mismos la nuestra, empleando para ello una suerte de estratagema ajustada a la horma de nuestros zapatos morales.

Dentro de este maléfico plan juega un papel destacado el servilismo político, hijo mayor del propio comportamiento de las organizaciones políticas,  el auténtico ejemplo paradigmático del efecto dionisíaco de la política y que actúa como fuerza catalizadora en aquello de imponer voluntades.

Los partidos políticos parecen ser las compañías teatrales a la que los actores en aquello de la cosa pública han de adherirse si desean actuar en el escenario trágico de la democracia moderna, y esto, considerando la estructura, función y composición de los mismos, implica someterse a una férrea disciplina que en mayor o menor medida encorseta la voluntad propia. Quienes están dispuestos a asumir este tributo, no tienen contemplación alguna y sí unas tragaderas infinitas a las que posteriormente le sacan partido personal (nunca mejor dicho). Curiosamente, esa carnaza de partido está formado por individuos que parecen estar cortados por el patrón del superhombre, ya que parecen tener habilidades innatas para gestionar campos muy dispares del ámbito público cuando a su partido le toca reinar, asumiendo “carteras” de muy diversa condición. Hay que decir que en las organizaciones políticas también cohabitan algunos románticos de la ideología, quienes han caído rendidos al frenesí de las ideas y que son manipulados de forma voluntaria por la estructura del propio partido.

Igualmente, debemos añadir que no todo el monte es orégano, y que a veces la función hace al órgano, o lo que es lo mismo, que es el partido el que busca al sujeto ajeno a las siglas pero a las que se adhiere por simpatía y cercanía, aunque el motivo de la aceptación no sea otra que una causa utilitarista ante una necesidad propia de servicio público con fines honorables. Esos sujetos son los que yo más valoro, aprecio y estimo, individuos con probada solvencia en sus campos de conocimiento. A menudo, se les acusa de gente sin alma ni principios, cuando en realidad son esas dos virtudes las que prevalecen sobre el resto. Ojala que la mediocre clase política que tenemos estuviera poblada de este tipo de perfiles.

Pero hay también una tercera visión en aquello de entender y realizar una función pública, la de la metapolítica, es decir, la concepción de la política más allá de los cánones establecidos. Un metapolítico (como es el caso de un servidor) no es otro que aquel  en el que los objetivos concretos son los que definen la manera de trabajar en la cosa pública, metas que no son personales sino colectivas por otro lado, y que son  ellas las que le hacen moverse transversalmente en la búsqueda de un fin concreto.    

Esta manera de entender las cosas en un país tan etiquetado como este no se entiende, pero ya va siendo hora de que sea la metapolítica la que acabe desplazando al modelo tradicional de servilismo de partido, el cáncer más grande que impera en esta sociedad.



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