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VALENTÍN SÁNCHEZ CALVO - DON BENITO

Democracia y participación

26 de Febrero | 11:11
Democracia y participación
 “Haced política, porque si no la hacéis alguien la hará por vosotros y probablemente contra vosotros”. (Antonio Machado)

Ante la vorágine electoral que se avecina, es preciso detenerse en la trascendencia que cobran los principios básicos de democracia y participación, ya que concurren al mismo fin, pues cualquier acción de gobierno o acto colectivo que se lleve a cabo sin estar orientado por la participación ciudadana, no resultarán ser democráticos.

El propio Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua al referirse al término democracia,  lo define como  una forma de gobierno en la que el poder político es ejercido por los ciudadanos, una doctrina política según la cual la soberanía reside en el pueblo, que ejerce el poder directamente o por medio de sus representantes, participación de todos los miembros de un grupo o de una asociación en la toma de decisiones.

Es así, que no sería descabellado concluir que la democracia es un sistema político que defiende la soberanía del pueblo y el derecho del pueblo a elegir y controlar a sus gobernantes. Aunque en la práctica conocemos muchas variantes de este concepto, el más extendido es el de democracia representativa, con su mecanismo participativo e institucionalizado.

Ahora bien, esta democracia representativa bajo la que se  nos gobierna a los españoles es imperfecta, ya que tiene sus carencias y deficiencias. Porque  ir de forma mimética a votar cada cuatro años, para que luego nuestros políticos utilicen nuestro voto como más les convenga personalmente  o a su grupo, sin más explicación, no es sino un indicador del déficit democrático presente. Está enferma porque los tres poderes del estado de derecho no desempeñan las funciones que tienen asignadas constitucionalmente.

Superados ya los cuarenta años desde que este sistema político se instaló en España, hemos tenido suficiente tiempo para  comprobar cómo, en ocasiones, el ejecutivo cuando le conviene ningunea al legislativo, y cómo éste bloquea la acción de gobierno; y si nos detenemos en el judicial, hallamos actuaciones y sentencias incomprensibles para la ciudadanía (caso reciente de los gastos de hipoteca) o actos encaminados desde este poder a dificultar la acción del gobierno y del parlamento de turno. Reciente está el hecho de la candidatura del juez Marchena a la presidencia del Consejo General del Poder Judicial, que ha desprestigiado enormemente a este Órgano.

Es una democracia imperfecta porque desde los partidos políticos, como organizaciones que representan a la ciudadanía, regidos de forma jerárquica, no se eligen a los políticos preparados y adecuados para cada cometido, y sí en cambio a aquellos que quieren los jerarcas de turno, sin más mérito, capacidad o disponibilidad. Basta detenerse en cómo funcionan las primarias y cómo se confeccionan las diversas candidaturas. Es así, que, según el CIS de diciembre, la política y los políticos ya suponen el segundo de los problemas que más preocupa a los españoles, tras el paro. Políticos que, en lugar de afanarse en la solución de los problemas que tiene la ciudadanía, se asignan unos buenos honorarios y aspiran solo a consolidar su bienestar vitalicio y el de los suyos. Para lo cual, emplean  su tiempo en  falsear la realidad con mentiras, insultar a los contrarios, fomentar la crispación con deslenguados discursos, hacer mucho ruido, incumpliendo promesas, recurriendo al empleo de la demagogia y el populismo para seducir a la ciudadanía y conseguir sus votos; y, en bastantes casos, aprovechan cargo y estatus para lucrarse, en lugar de respetar las instituciones, apostar por el diálogo, el encuentro y buscar, desde el respeto, el consenso para solucionar los problemas de la ciudadanía, que es lo que se les demanda. En tal sentido, los nuevos partidos se han hecho viejos pronto, y un día sí, y otro también asistimos a espectáculos bochornosos y repartos, sin escrúpulos, de la candente tarta. Vergonzoso que la presidenta del Congreso llame la atención de los diputados diciéndoles en Pleno que “esto no es el club de la comedia” o que el presidente del Senado les haga ver a los senadores que “no estamos en un estadio de fútbol”.  Y, ¿qué decir  de la relevancia de esas fuerzas políticas  predispuestas a no respetar los principios elementales de la democracia?

Este aire que se respira en la política española, no es compartido por la ciudadanía, a la que no se informa, sino lo que es más grave se la desinforma, con la complicidad de determinados medios de comunicación y las redes sociales. Nos hallamos ante una clase política que carece de legitimidad moral ante la ciudadanía. Citar, como ejemplo, la noticia dada recientemente por el ministro Ábalos respecto al Corredor del Atlántico, que según él pasará por Talavera de la Reina y Puertollano, lo que en la práctica supone dos trazados, en lugar de  informar del trazado elegido.

Ahora bien, la responsabilidad de este déficit democrático es de todos, también de la ciudadanía, que se comporta con apatía, asiente, mira para otro lado o palmea, en lugar de expresar sus sentimientos con libertad y espíritu crítico. Si el problema son los políticos profesionales y sus privilegios, se debe acabar con esta lacra ejerciendo la función de control, desde el respeto y la participación. El cambio solo puede llegar de la mano de una ciudadanía activa y crítica que acabe con la actual cultura partidista  y canalice su descontento hacia un sistema político democrático basado en la justicia social. Sistema que acabaría con los discursos cargados de promesas y vacíos de hechos, y, a veces, pronunciados desde un sentido  paternalista. Una muestra, para presentar una Iniciativa Legislativa Popular en Extremadura, se requiere  la firma de 45.000 extremeños, cifra aproximada a la que se exige en Cataluña o Madrid, sin que los partidos políticos, pese a haber prometido su reducción, se hayan interesado por reducir este desproporcionado número.

Para futuros electos y electas, también a responsables institucionales, de partidos políticos y cualquier otra organización: decía Hegel que la brillantez se alcanza cuando uno descubre cuáles son sus límites y se mueve un escalón por debajo.

Valentín Sánchez Calvo



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