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Opinión-Editorial

Vida de perros. Capítulo II: La dulce Cuky

25 de Septiembre | 17:26
Vida de perros. Capítulo II: La dulce Cuky
Hoy Freddie ha bajado surfeando las escaleras de casa, sí, es raro, pero es el sello de presentación de este loco de lanas blancas, para él bajar las escaleras por las mañanas, recién yo me despierto, es un ritual de excitación que roza lo sublime, es su manera de decirme “buenos días”, bajar las escaleras ladrando y gruñendo, montado sobre su cama que yo bajo a empujones cada mañana.

Cuando Freddie llegó a mi vida, yo ya contaba con mi dulce y pequeña Cuky, una cruce de Yorkshire que una chica encontró en la calle y que yo decidí llevarme a casa en cuanto vi su carita en una foto, con unos ojos que me pedían ayuda desesperadamente. No se quién pudo tirarla a la calle o tal vez se perdiera, no lo se, el hecho es que ella llegó a mi como si me conociera de antes, de toda una vida, no tuve que enseñarle nada, más bien ella me enseñó a mí. Todo cuanto sabía de amor incondicional se quedó en migajas cuando conocí a Cuky.

Todavía recuerdo el camino a casa cuando la recogí de la perrera donde la había llevado la chica que la encontró, recorrer aquellos pasillos semejantes a un corredor de la muerte, una prisión hacinada de perros en el mismo compartimiento, solo diferenciados por su tamaño: el el de los pequeños, el de los grandes, los cachorros… El veterinario me dijo que podía estar rara unos días por la adaptación y que no me asustara si actuaba desconfiada, asustadiza o se ponía nerviosa porque era normal en perros recogidos. Estaba empapada pues llevaba tres días ya lloviendo cuando fui a por ella aquel 17 de noviembre y todo el agua parecía haber caído sobre ella y su maltrecho cuerpecito, unos tres kilos de pellejos y pelos trasquilados.

Yo estaba asustada porque no sabía cómo tenía que tratarla o si tal vez le ocurriera todo lo que el veterinario me comentó, pero ella pasó todo el camino a casa, sentada a los pies del asiento del copiloto del coche, mirándome fijamente, sin apartar su mirada, no paraba de observarme, no desvió su mirada en ningún momento.

Y así fue, ella se adaptó a mí, entró en mi vida para hacérmela más fácil y dulce, se ajustaba a mis horarios, me espera siempre, tras la puerta siempre está ella, aguardando mi llegada, haga frío o calor, esté en la ducha o durmiendo, y si veía que tardaba mucho buscaba la manera de escaparse para ir a buscarme.

Con ella fue que empezó este delirio de vida de perros que llevo, vida de perros, así se definiría mi vida, desde que supe que ellos podían salvarme a la vez que yo se lo devolvía con un poquito de cariño y de comprensión, y algún que otro saco de pienso al mes. En ese preciso momento mientras me veía reflejada en los ojos oscuros y dulces de mi querida Cuky, es que me perdí en manos de los animales, o me encontré. Descubrí que qué podría ser más honesto y desinteresado que ayudar a un ser inocente que no tiene maldad, que jamás hará nada con el fin de dañarte y que te lo dan absolutamente todo, por nada.

Hoy Cuky tiene ya unos 13 años, apenas ve, por un problema de cataratas y solo puede comer comida blandita, pero con solo escucharme entrar por la puerta, se levanta, más torpemente que antes, y mueve su colita en círculos como un helicóptero esparciendo amor en cada movimiento. La miro y se que no será eterna, y el sentimiento que me embarga no es egoísta de que no quiera que jamás me falte por el miedo a su ausencia, es un sentimiento de impotencia porque no habría años perrunos ni humanos suficientes para poderle devolver ni la mitad de amor que ella me ha dado a mí.



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