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Opinión-Editorial

Extraño

1 de Febrero | 13:15
Extraño
Está sentado en el sofá, muy concentrado. No quiere entender ni quiere hacerse entender. Parece que pasa absolutamente de todo, pero tiene preocupaciones y un enorme mundo interior. Ya no lo reconoces, hasta hace poco era tu pequeño, se dejaba abrazar, dar un corroscón cariñoso y admitía más de una broma. Ha cambiado, se ha convertido en un extraño al que tienes que acostumbrarte. 

Por si fuera poco educar un hijo, ¡pam!, de repente ya no es un niño; es un preadolescente y luego un adolescente. La curva del desapego emocional con la familia, la trayectoria de ida y vuelta, del alejarse un poco para volver de adulto a valorar todo lo que te han dado tus padres. Creo que a mí me queda todavía para vivirlo, porque mi pequeñín de 1'40 sólo tienen nueve años, pero ya voy vislumbrando la que se me viene encima. Una grande, muy grande. 

Tú bebé, el que rellenaba pañales e inundaba habitaciones de olor a bebé satisfecho, ahora huele de otra manera. Y aunque sea todo un poco escatológico, no deja de ser poético: a medida que nos acercamos a la tumba vamos oliendo más a muerto... ¿me he pasado? Sí, sí, me he pasado. Pero vamos, que ahora al chaval le huelen los sobaquillos y se tiene que lavar un poco la entrepierna en cuanto suda. ¿Dónde se ha metido mi bebé? Vale, antes olía a caca de vez en cuando, pero era una pequeña bolita de carne, insignificante en materia pero indispensable en lo espiritual. Ahora es un tiarrón que lo mismo te gana a un pulso. 

Elementos hormonales aparte, nunca es proporcional la adaptación de un padre a los cambios que sufre un hijo desde los ocho a los 12 años. Crecen tan rápido... no, perdón, cambian tan rápido que no nos da tiempo -igual que a mis padres también les pilló el toro- a adaptarnos a las necesidades de educación de ellos. Estoy casi convencido de que ese es el problema. Por ejemplo: si tengo 32 años y mi hijo tiene cinco, tengo un precioso y, la mayoría de las veces, dócil personita a mi cargo. Pasan ocho años y tengo 38; mi hijo tiene 12 y de repente no entiendo sus actitudes. De tener 32 a tener 38 el carácter no te ha cambiado casi nada; probablemente ni siquiera hayas aprendido cosas nuevas porque tu vida monótona y rutinaria no te lo permite. Viene a ser todo un poco automático, pero... ocho años en la vida de un niño de 12 es muchísimo. ¡Y encima la pubertad ahí llamando a su puerta! Con un ariete que golpea cada vez más fuerte, al ritmo de los latidos de la rabia insolente de su juventuuuu-uuuuud. 

Parece que nos hemos olvidados de esos monosílabos que dedicábamos a nuestros padres. Qué tremenda injusticia. Ellos intentando hacernos ver el enorme sacrificio que hacían para mantener la casa, sin éxito, porque tú pensabas que eras su responsabilidad; y que si no, no haberte tenido porque no pediste nacer. O ya no me quiero ni imaginar lo duros que seran esos “tú no eres mi padre”. Una tortura psicológica infligida a los que te quieren. Pero vuelvo una vez más a lo mismo: no estamos preparados porque es que no da tiempo material ni físico. Te coge a contrapié. Es como un Doctor Jeckyll y Mister Hyde pero con etapas de varios años. 

Hay que tomárselo con filosofía. Ese proyecto de hombre o mujer con pelusa en las piernas sigue siendo tu pequeño. Reforzado con varias capas solubles de falsa fortaleza y chulería, de vaga indiferencia y fingida entereza. Todo fachada. Y no puedes hacer nada, probablemente empeorar las cosas. Porque se ha vuelto vago y crees que con tus palabras lo volverás hacendoso; porque es descuidado y antes no lo era; porque sufre una amnesia pasajera de la educación que tanto te ha costado inculcarle; impotencia ante todo. ¿Qué vas a hacer? Lo primero recordar cómo eras tú en esa época. Ayuda bastante. 

Un día, la cabeza del adolescente hace click y desaparece toda la tontería. Es el hijo pródigo que nunca se fue. Tú eliges si vas a luchar contra el río o a encauzar suavemente su curso.

 



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