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Opinión-Editorial

Entre todos la mataron

29 de Mayo | 14:04
Entre todos la mataron
La adolescencia es una locura transitoria muy aceptada. Una patología que no se considera enfermedad porque todos la pasamos en mayor o menor medida. Una visión de la vida magnificada en todos sus aspectos, excepto en los realmente importantes. 

Esa época en la que, de repente, tus padres ya no son tus ídolos ni tus referentes; y pasan a convertirse en una especie de incordio que sólo viven para molestarte y decirte lo que tienes que hacer. ¿Qué sabrán ellos de lo que es enamorarse o de sentirse aceptado? ¿Qué sabrán esos señores que ya nacieron mayores y nunca han pasado por lo mismo que tú? ¿Cómo se atreven a opinar sobre tu vida si tú ya eres una persona hecha y derecha de 15 añazos?

He de romper una lanza a favor de algunos chavales cuyos padres realmente no se acuerdan de que pasaron por la misma inestabilidad emocional. A lo mejor me paso con el rollo de patología, enfermedad, inestabilidad, etc., pero viendo las cosas con la perspectiva que me otorgan unos 20 años de distancia, he de reconocer que sí, que menuda 'colgaera', macho. Si me hubieran contado que no tenía por qué impresionar a gente que probablemente dejaría de ver en dos años, al terminar el instituto; si me hubieran dicho que siendo yo mismo bastaba; si me hubieran dicho que el desamor de esa chica era una chorrada que se me pasaría en dos semanas... ¡Un momento! Claro que me lo dijeron, pero yo no escuchaba a nadie, porque mi desajuste hormonal me provocaba tapones en los oídos. Lo único que quería era ir vestido guay y caer bien a los guays; y convertirme en un guay y ser admirado por nada. El colmo de la realización personal.

Empiezan a afectarte cosas... ¿cuántas veces hemos dicho “si volviera a tener 15 ó 20 años pero con lo que sé ahora”? Pero no, amigo, esos tiempos no volverán. Te afectan chorradas y te quieres morir porque se te ha rajado el pantalón en gimnasia o porque te ha 

salido un grano y mañana es la fiesta de fin de curso del instituto. Eres frágil. Es una cosa que deben entender todos los padres, esos “que me dejes”, “no te metas en mi vida” y demás frases 'pubergenéricas' son solo una coraza para proteger toda esa debilidad por la que pasamos durante unos años.

Todo esto que os cuento es una excusa para deciros que he visto una serie que todos deberíamos ver. Algunos dicen que trata sobre el bullying, pero yo digo que habla principalmente de la delicadeza de las mentes de los jóvenes. El caso de la protagonista -tranquilos, no hay 'spoilers'- es delicado porque hay un elemento que colma el vaso, ya lo veréis. Porque ya os lo he dicho, tenéis que verla, hace una gran labor social. Bueno, la chica se suicida, eso te lo explican en el minuto uno, no desvelo nada, y lo hace porque sufre una serie de acosos por parte de sus compañeros. Si no te sales de tu papel de señor maduro que ya lo sabe todo, dirás: “vaya tontería, yo los mando a tomar por culo”, pero si tienes un poco de empatía y haces retrospección hasta tu yo con chaqueta vaquera y chapas de Toi Acid, te darás cuenta de que menudo drama. Por 13 razones es una maravilla sociológica y antropológica. Puede que veas a los chicos americanos con sus chaquetas del equipo de baloncesto y sus movidas de futuro acceso a la universidad, pero son los mismos chavales que aquí: con sus excesos de alcohol y drogas; su descubrimiento del sexo más o menos temprano; sus problemas existenciales y de personalidad; sus dudas éticas sobre si algo está justificado para conseguir ser popular... siempre está justificado, ¿o es que eres un pardillo? Además, la serie tiene una cosa muy buena: los actores tienen edad de estar en el instituto, no como en Al salir de clase, que alguno tenía más años que el que vendía almendras en la Calle Larga; o en Grease, que la que interpretó a Rizzo tenía edad para dejar el fútbol profesional.

En resumen: echadle un ojo, os acordaréis de muchas cosas. Si tenéis hijos en edades difíciles -por decir algo-, os servirá de mucha ayuda. No está de más viajar de nuevo a la vorágine de la enajenación de la pubescencia. Están locos estos zagales.


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