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Opinión-Editorial

El escritor

22 de Marzo | 13:40
El escritor
Lo tuvieron fácil. Cuando todo ocurrió era domingo y vivían al lado del centro comercial. Dentro apenas había un par de vigilantes a los que no les fue difícil derribar. Carlos nunca olvidaría sus expresiones enloquecidas y sus ojos vidriosos llenos de capilares a punto de estallar. Pocos se atrevían a pronunciar las palabra: zombi.

Los supermercados y tiendas del complejo hacía años que habían sido arrasados. Varios incendios, riadas y demás catástrofes habían destrozado la superficie. Incluso algunos árboles pequeños se alzaban en el empedrado de la azotea.

La urbanización se había convertido en una fortaleza inexpugnable. Tuvieron tiempo de ir mejorando la valla, enladrillarla para no ver a esas horribles criaturas que pululaban por todos lados. Sabían lo que podían llegar a a hacer a pesar de ser lentas y torpes. Su principal arma era la desidia y la subordinación al miedo de sus víctimas, ni siquiera te impedían el paso; sólo te atacaban si te veías inmerso en una manada de varias decenas. El 90% de la población sucumbió al virus, por eso el mundo se acabó como lo conocemos: dejó de haber gente. El ambiente insalubre y de podredumbre, la mala alimentación, y el pillaje y la delincuencia —si se podía llamar, porque no había Ley— mataron a casi todos los que quedaban.

No fue el caso de la urbanización. Carlos, sargento de las fuerzas especiales del ejército reaccionó rápido. Selló la entrada, se puso en contacto con varios compañeros y purgaron el lugar de zombis. No les costó demasiado, con barras de hierro y palos de golf fueron despejando los pisos uno a uno. Luego consiguieron armas. Muchas. Los pocos vecinos que quedaron, cada uno con sus propias historias de la extraña muerte y posterior resurrección de un hijo o un abuelo, ayudaron a crear la comunidad. Aprendieron a manejar las armas para alejar a bandidos y buscavidas de su fuerte.

Ya no quedaba ni uno solo de esos bichos, había pasado casi una década y los supervivientes de las ciudades se agrupaban en algún edificio solitario, en complejos deportivos... pequeños grupúsculos alejados decenas de kilómetros entre ellos. Era demasiado complicado desplazarse: la gasolina se había acabado y los coches habían sido devorados por el óxido y la naturaleza, al igual que las carreteras. Todo era una jungla en la que los animales habían vuelto a recuperar su reinado. La carne abundaba porque los vecinos habían aprendido a cazar y a colocar trampas; había que tener cuidado con los osos, que habían vuelto a repoblar la zona. Antes de que pasara todo quedaban menos de cincuenta ejemplares. Tampoco les faltaba fruta y verdura porque el gran patio de la urbanización fue reconvertido en un huerto gigantesco y en un invernadero construido a la perfección.

Los primeros dos años no fueron demasiado complicados. Carlos y sus soldados, después de asegurar su futura vivienda, asaltaron el hipermercado y con varias camionetas de reparto, después de siete  horas dando vueltas y atropellando muertos vivientes, consiguieron llenar el garaje de provisiones: latas de conservas, refrescos, garrafas de agua, salazones y productos poco perecederos en general. No tuvieron que preocuparse por los zombis, raramente alguno intentaba escalar el muro; y si lo conseguía, era abatido nada más asomar la cabeza. Lo mismo ocurría con los extraños que querían husmear sin el permiso del sargento Carlos.

Se afanaron demasiado en su instinto animal de supervivencia y no repararon en una cosa: los humanos necesitan diferentes tipos de diversión. Ya era demasiado tarde para recuperar libros. películas o juegos de mesa del centro comercial. A pesar de contar con luz eléctrica gracias a los paneles solares y a los tres pequeños molinos que habían instalado, no tenían manera de conseguir más material de ocio. Lo que quedaba en las casas estaba demasiado revisado por los vecinos. Pero había una esperanza. La joven promesa de la literatura Julián Carradine vivía allí y sobrevivió. Joven promesa, así solían llamarlo cuando publicó su ópera prima La nube de polvo: la historia de una ciudad en la que sus habitantes comenzaron a morir fulminados por una extraña nube. Era una futura trilogía, pero Julián lo había convertido en una heptalogía. Los vecinos estaban enganchados a su lectura, se las apañaron para conseguir una impresora industrial, cartuchos de tinta e imprimirla. Posteriormente encuadernaron varios ejemplares y todos esperaban ansiosamente el siguiente volumen. Tanto era así, que Julián no tenía que hacer nada más. Su único cometido era escribir e imaginar un mundo irreal. Era peligroso, porque la tercera parte de la novela, la que supuestamente era la última, tenía un final un poco desalentador, apocalíptico. Ello influyó demasiado en el grupo y no levantaron cabeza hasta que no leyeron la cuarta parte, en la que Julián había dibujado un mundo de esperanza y recuperación.

Planteó la posibilidad de escribir una nueva saga, pero todos querían que La nube de polvo no se acabara, así que tenía que seguir alargando la aventura. Ya no estaba del todo cómodo, pero al menos no tenía que labrar la tierra ni salir a cazar. Y siempre le guardaban los mejores trozos de carne. Era una celebridad, la única entre menos del centenar de personas que habitaban en la urbanización. Había algunos niños, de la nueva era, nacidos en el nuevo orden mundial, que habían aprendido a leer con sus libros.

El octavo volumen comenzaba a retrasarse porque Julián se sentía un poco enfermo. No sabía si era gripe o simplemente un enfriamiento. Por suerte contaban con algunos médicos entre el grupo. Ese día no tenía ganas de escribir. Él era de esos escritores que necesitan escribir, reescribir, leer, releer, borrar, recomponer, escribir varias posibilidades; no imaginarlas, no, verlas plasmadas en el papel. Era un escritor lento. 

Llamaron a la puerta de la habitación con los nudillos. Era una de las cosas que no le gustaba de la comunidad: no había intimidad. Y a pesar de gozar de una posición privilegiada, Carlos no permitía que hubiera secretos entre ellos. Carlos abrió la puerta sin volver a llamar.

    —¿Qué tal, escritor? —Carlos sonrió a Julián.

   —Bien, ya queda poco.

   —Me alegro, porque tenemos que imprimirla y encuadernarla en cinco días.

De repente un calor irrefrenable invadió la cara de Julián. Le sería imposible terminarla en tan poco tiempo, llevaba unos días febril y cansado; y éso le había retrasado una semana.

    —¿Por qué cinco días? —preguntó escéptico Julián.

    Carlos rió satisfecho.

    —No se lo digas a nadie: es el décimo aniversario de nuestro acuartelamiento. Seguimos vivos y bueno, es motivo de celebración. Estamos preparando un fiestón, y queremos regalar la octava parte a todos los habitantes.

    Julián miraba incrédulo.

    —No me mires así —Carlos sonreía—, va ser un subidón para todos. Nadie lo sabe. Bueno, al fin y al cabo dijiste que tendrías la novela lista, que estaba casi terminada. Sólo te quedaba corregirla, ¿no?

Julián torció el gesto y Carlos lo miró ceñudo. Julián reparó en que estaba mostrando sus cartas. Como buen creativo, estaba acostumbrado a mentir en el progreso de un proyecto: “Ya le queda poco”, “casi está”, “sólo hay que pulir algunos detalles”, pero ésto lo había cogido totalmente desprevenido. Recompuso su semblante y sonrió. Carlos pareció tranquilizarse.

    —Claro, sólo hay que pulir algunos detalles.

   —Eres muy grande, Julián.

    Carlos agarró el pomo para cerrar la puerta, pero Julián lo detuvo.

    —Espera.

   —Dime.

   —Tendré la novela, pero te pido una cosa —Julián no parecía muy seguro de si mismo.

   —¿Qué te hace falta? Lo que sea.

   —Necesito que nadie me moleste durante cuatro días. Estaré encerrado sin parar de perfeccionar el texto.

    Carlos tensó un poco los párpados y dobló el cuello hacia atrás.

    —Hmm... vale. Hecho. Establecer perímetro de seguridad —Carlos hablaba a un invisible walkie-talkie, bromeando—. Chicos, Águila de Hierro está en el nido, instauramos cuatro días de encierro parcial voluntario. Cambio.

Julián sonrió, divertido. Carlos era un buen líder. Al cerrar la puerta se echó las manos a la cabeza. Le faltaban al menos 100 páginas, 25 páginas por día. Los días de máxima inspiración Julián no escribía más de 18. Necesitaría concentración absoluta y escribir 14 horas seguidas. Tosió.

Llegó la noche y aún estaba inmerso en el papel. Escuchaba levemente el bullicio del pequeño pueblo: risas, palmas, conversaciones pasajeras... nada podía distraerlo, había entrado en una especie de trance, un mantra cambiante que resonaba a través de sus dedos. En una tarde había escrito más de 20 páginas. Lo leyó varias veces y le pareció que la trama se tornaba algo oscura, tendría que dar algún giro a la mañana siguiente. Aunque por un momento pensó que si escribía un final abierto un poco desconcertante, La nube de polvo les resultaría menos atractiva y podría empezar a escribir sobre otra cosa. Al fin y al cabo era él, Julián Carradine, su escritor favorito, leerían cualquier cosa que escribiera. Estaba seguro. Por un momento la novela le pareció una cárcel, algo pesado y rudo que le provocaba un atasco cerebral.

La habitación tenía un baño, comida y un pequeño fuego eléctrico. Se levantó para sentarse en el váter pero las piernas le temblaban, así que casi se arrastró hacia la cama. Se sentó en ella y pensó en comer algo pero le dolía la barriga, sentía una pequeña punzada en un lateral y rezó porque no fuera apendicitis. No se desvistió y, con los zapatos sobre las sábanas, se durmió.

Quedaban tres días para liberarse de su encierro. Si escribía al mismo ritmo de ayer, terminaría de sobra, pero el dolor en la barriga era más agudo. Eructó una suerte de gas pútrido que le supo a huevos podridos. No comió nada el día anterior, y seguramente lo que él creía gripe sería una gastroenteritis incipiente. Le pesaban los ojos y los notaba llorosos. Se tocó la frente y la tenía caliente, no demasiado. Tenía los siguientes capítulos en la cabeza y los quería soltar. Se sentía con fuerzas sólo para escribir. Se sentó en la silla del escritorio y no paró hasta las tres de la tarde. No había desayunado pero tampoco tenía hambre. El estómago le crujió con el sonido de un látigo de dos colas, no comió. El dolor persistía y se notó la boca muy seca; se echó un poco de agua en la boca y no pudo tragársela, así que la escupió despacio en el váter, dejando que se escapara rozando sus labios para hidratarlos. Volvió al pupitre y sonrió, sabía cómo acabaría la novela.

Fueron las cuatro horas más prolíficas de su vida. Terminó 40 páginas ese día. Se encontraba enfermo, pero podría aguantar un par de días más. No quería perder ni un minuto.

Gritos. Gritos de niño.

Julián se asomó a la ventana y el aire de la noche le acarició la cara. El embriagador aroma de cientos de flores distintas le inundó los sentidos. Volvió a escuchar los gritos. La puerta de la urbanización estaba abierta y casi todos los habitantes estaban en las inmediaciones. Carlos avanzaba hacia el exterior desenfundando la Beretta, con el mango despintado, que tenía en su cinturón. A medida que avanzaba disparaba, a cada paso, a una figura que permanecía inmóvil en el camino. Julián no lo podía creer, era un zombi. Algunos niños de la comunidad nunca habían visto uno, básicamente porque desaparecieron en los dos primeros años: se fueron pudriendo y no se creaban nuevos porque los supervivientes ya estaban a salvo. Por suerte, los que morían por causas naturales no volvían a la vida.

El rumor fue generalizado durante casi toda la noche. La gente no volvió a las casas, patrullaron hasta asegurarse de que no había ninguno más. Se comentaba que lo podían haber tenido congelado en algún lugar, si no, no tendría explicación. La infección ya estaba erradicada.

Julián se sentía seguro. Carlos y su pequeño ejército no dejaría que pasara nada. Cayó a plomo sobre el colchón con la misma ropa del primer día.

Al día siguiente lo despertó algo en su boca. Se atragantó y dejó de respirar durante unos segundos. Se incorporó de un salto y expulsó aire desde sus pulmones hacia el exterior pero se encontraba una y otra vez con un obstáculo. La traquea se le retorció en una contracción horrible, con una tos seca que arañó con fuerza todo su aparato respiratorio; un diente salió disparado y cayó sobre las páginas de La nube de polvo, manchándolas de sangre y saliva. Julián se asustó. Nunca tuvo los dientes perfectos, pero ésto era demasiado. Llevaba dos días sin comer nada y puede que le faltaran vitaminas, no lo sabía. Lo cierto era que quería escribir, que hoy terminaría la octava parte de su esperada novela. No quería decepcionar a nadie, y mucho menos perder su estatus.

Se dobló espasmódicamente debido a una terrible punzada en el abdomen. Se levantó sin enderezarse del todo y se sentó en la silla. Quiso beber agua para calmar el dolor pero hoy tampoco pudo. Estaba peor de lo que creía. “Es el último día, hoy termino”, se dijo.

Escribió sin parar durante nueve horas. Garras, muerte, enfermedad, personas asesinadas... todo era muy tétrico. La fiebre le daba una creatividad velada, una especie de estado de ensoñación que hacía que se abrieran todas las puertas de su mente. Escribió la última palabra, había terminado. Apoyó la frente sobre sus antebrazos y se rindió al cansancio.

Lo despertaron unos pájaros piando y un rayo de sol que calentaba su cabeza. Alzó la vista y ahí estaban las 450 páginas de su obra. Estaba satisfecho. Las agarró todas en la mano y se levantó, abrió la puerta por primera vez en varios días. Por una vez en su vida entregaría antes de plazo. Ya no le dolía la barriga, aunque veía muy borroso y no tenía fuerzas para levantar los pies del suelo. Los arrastró con dificultad y bajó las escaleras apoyando la espalda en la pared, haciendo balancear los cuadros que estaban colgados. Descendió la mitad de los peldaños.

El primer impacto le dio en el cuello, notó la bala atravesar su nuez, como una lanza roma que golpea. No le dolió ni notó asfixia. Allí estaba Carlos, empuñando su Beretta, apuntándole a él. Quiso hablar. Quiso decirle que había cumplido. ¿No estaba contento?

   —Aagh, aaagh —es todo lo que pudo decir.

El segundo impacto le dio en la sien, haciéndole volver la cara hacia la pared. Justo antes de que sus sesos empañaran el cristal de uno de los cuadros, pudo ver su rostro reflejado: los ojos desorbitados, los lacrimales chorreando sangre y la mandíbula casi descolgada, con la lengua negra. Había perdido pelo y sus pómulos se marcaban como dos cornisas sin gárgola. Cayó fulminado de espaldas, soltando las páginas que revolotearon por el vestíbulo. Las 20 ó 30 últimas no estaban escritas, sólo eran líneas y garabatos. Nunca nadie sabría el final.



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