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Opinión-Editorial

¿Enseñar a cazar a los niños?

13 de Febrero | 11:18
¿Enseñar a cazar a los niños?
Me recordaba el otro día mi amigo Carlos Clemente (a través de un magnífico artículo en la prensa) algo realmente increíble. Se trata de la participación de la Federación Extremeña de Caza en el proyecto de promoción y ayuda al deporte escolar (PROADES) impulsado por la Junta de Extremadura, y que pretende llevar durante este año – según contaba Clemente – “la realidad de la caza y sus valores” a cientos de alumnos de educación primaria (de 6 a 12 años). Creo que sobran los argumentos para catalogar de “increíble” esta iniciativa. 

En primer lugar, hace mucho tiempo que no vivimos en una sociedad de cazadores y recolectores en la que la caza sea una actividad social y económicamente sustancial que haya que enseñar a las nuevas generaciones. A lo sumo, la caza es hoy un negocio y una especie de afición a la que se han empeñado en calificar de “deportiva”, supongo que para hacerla menos sospechosa. Esta afición la practica (y beneficia a) un porcentaje minoritario de ciudadanos, y creo que nadie, ni siquiera ellos, la consideraría esencial para la educación de los niños. 

Pero hay algo más, y más importante. Por mucho que se quiera ocultar, el objeto y el sentido de la caza consiste, esencialmente, en entregarse al placer (parece que para algunos lo es) de acosar y matar animales salvajes. Se pueden usar mil eufemismos para esto. Se puede disfrazar al cazador de deportista, de ecologista (de armas tomar), de motivo turístico o de recurso económico. Se puede admirar el rico patrimonio lingüístico y cultural asociado a la caza (yo también he leído a Delibes). Pero el cazador es, ante todo, un señor (pocas veces, por cierto, he visto a una señora cazando) al que le gusta disparar a animales, sean perdices o elefantes, sin otra necesidad que la de entretenerse con ello. Y transmitir a niños de primaria esta afición a matar animales por diversión me parece, como poco, un tanto discutible. Más aún – como dice Carlos Clemente – cuando llevamos décadas intentando inculcar en esos mismos niños el respeto por la naturaleza. 

Dicho esto, podemos dedicarnos ahora a analizar brevemente los argumentos que dan los defensores de la caza. El más recurrente es el de su presunto valor ecológico. Gracias a la caza – nos dicen los cazadores – se mantiene y cuidan zonas forestales y se controla la superpoblación de especies que pueden resultar dañinas para los ecosistemas. Este es un argumento fácilmente contestable. En primer lugar, la caza no es la única (ni la principal) actividad de ocio que contribuye al cuidado de montes y zonas forestales (algo que, por demás, debería exigirse per se a la administración y a los propietarios en cuanto administran o poseen un bien de utilidad pública). En segundo lugar, la caza no es tampoco el único (ni el más recomendable) método para regular la superpoblación de especies, amén de que los cazadores suelen fracasar en este cometido y de que, por lo general, generan más problemas de los que pretenden solucionar: la introducción y suelta de especies criadas para el disfrute de cazadores – por ejemplo – provoca muchos más y más complejos problemas ecológicos que los que pueda resolver un cazador matando conejos. Además – insisto – todo esto son argumentos, en el fondo, irrelevantes. Los que vivimos en zonas rurales sabemos de sobra que el cazador no sale al monte para mejor conservar el medio ambiente (a veces es todo lo contrario: lo ensucia, por ejemplo, a conciencia), ni para controlar la superpoblación de especies, sino, sencillamente, para... cazar

Tampoco resulta convincente apelar al desarrollo turístico y económico de las zonas de caza. Todos sabemos también quiénes son mayormente esos turistas y a donde va ese dinero (que es muchas veces en negro). Son turistas a los que no les da para el safari en Kenia o Tanzania (países muy desarrollados, sin duda, gracias a la caza) y son empresarios turísticos y propietarios de fincas que negocian para beneficiarse entre sí. Pero es que incluso si la caza fuera la actividad de ocio que más beneficios reportara a la economía rural (algo que parece que se ha demostrado incierto, según se afirma en un reciente estudio sobre la caza en Andalucía), no creo que eso justificara automáticamente su promoción en las escuelas. ¿No habría que pensar antes si la moral está o no reñida con el (presunto) negocio de acosar y disparar a animales? 

Lo siento pero, como ven, no me gusta la caza. No solo me parece moralmente repugnante acosar y matar animales por diversión. Es que tampoco me fío un pelo del ambiente testosterónico y agresivo que rodea a este “deporte”. Y sé de lo que hablo. Vivo en las lindes de un pueblo, cerca de cotos de caza, y pegado a una cañada real por la que pasean y hacen deporte niños y mayores, y no son pocos los días que nos llueven los perdigones tanto a paseantes como a habitantes. He visto frente a mi casa a cazadores traer en cajas de madera a las presas (conejos) para soltarlas y tirotearlas, a grupos de escopeteros acribillar a diez pasos a un jabalí que huía de las batidas del monte, a presuntuosos que cada fin de semana adornan el parachoques de su cuatro por cuatro con todas las presas que han podido matar... ¿Son estos los que van a ir a promocionar el deporte a niños de 6 a 12 años? Me parecería realmente increíble.



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