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Opinión-Editorial

El significado filosófico del Año Nuevo

2 de Enero | 13:11
El significado filosófico del Año Nuevo
Si en Navidad se celebra la unidad entre lo trascendente (lo divino) y lo inmanente (el mundo), a través de la figura del Dios hecho hombre, en Año Nuevo se celebra algo parecido: la propia estructura intemporal del tiempo, la raíz constante en todo cambio, el tema invariable de las anuales variaciones.

Para algunos filósofos, como Nietzsche, la estructura del tiempo es circular. Todo lo que sucede volverá a suceder, en un eterno retorno. Todo se repite porque la realidad es sin principio ni fin, y no tiene otro sentido que el de ser, ella misma, una y otra vez. En muchas culturas, el tiempo se entiende también así: como un ciclo incesante de repeticiones, como una eterna danza circular, sin más sentido aparente que el de celebrarse, rítmicamente, una y otra vez.

Para otros filósofos, y en otras culturas, como la nuestra, el tiempo tiende a comprenderse, más lineal que circularmente, con principio, sentido y fin, como una historia en que cada suceso representa un paso adelante hacia la consecución de una meta final.

A esta última concepción del tiempo (como un proceso lineal dirigido a un fin), le llaman los filósofos “teleología”, y a ella le corresponde, ya en el ámbito humano (de la psique o alma), la preponderancia del deseo y la voluntad, es decir, del eros y el amor. Cada año, cada renovado giro del mundo, significaría, así, la revitalización de un mismo anhelo erótico: el del deseo de plenitud, es decir, de la unión con lo que nos falta y, así, del triunfo sobre el tiempo y la muerte (sobre aquello que amenaza con descomponernos hasta dejarnos en nada). Tal vez es por todo esto que nos empeñamos en renovar, durante estos días, nuestros propósitos y fines.

Todo ritual de año nuevo celebra, así, el triunfo de la vida (el deseo) resucitada contra el mal sueño de la muerte y el sinsentido (la ausencia de fines). Cada Nochevieja celebramos la verdad de lo eterno (o lo eterno de la verdad) contra la mentira del tiempo. Y esa verdad consiste en el afán de identidad o unión – es decir: de amor – , contra la corriente de lo diferente y múltiple. En Año Nuevo se celebra el amor, en este sentido trascendente. Pero también la sexualidad renovadora del mundo. Imaginemos esas, entre míticas e históricas orgías de las antiguas celebraciones de Año Nuevo –que, por cierto, se celebraban en primavera, coincidiendo con la renovación del espíritu de la vegetación y la vida—, y del que los “cotillones” podrían ser una pálida sombra.

En la fiesta de Año Nuevo creemos descubrir, en definitiva, y en el mismo ciclo del tiempo, que no hay más (no) tiempo que el ahora del encuentro con el amado fin, cuya persecución reiniciamos, abriendo un año nuevo, en las puertas de cada primavera. Así, y curiosamente, nuestro Año Nuevo, que tiene raíces paganas y judeocristianas, parece con-celebrar las dos concepciones del tiempo: la circular y la lineal: la renovación anual del eterno ciclo del proceso de la vida, pero también la voluntad de cambio y el definitivo triunfo de todo aquello –el Amor, el Bien, la Felicidad, la Salud-- con lo que soñamos olvidar o vencer el paso de los años.

En la eterna lucha por dar significado a su fugaz existencia, el hombre ha descubierto (o inventado, esta es la gran cuestión) la medida y el sentido en la desmedida y el sinsentido natural de sus pasos. Brindemos por la verdad de ese hallazgo. ¡Feliz año nuevo a todos los lectores!


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