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¿Para qué votamos? ¿Se respeta el voto o se manipula?

28 de Marzo | 13:09
¿Para qué votamos? ¿Se respeta el voto o se manipula?
El voto es el oro y lo más sagrado de la democracia, que, a veces, los intermediarios lo convierten en instrumento de otros intereses. Si es verdad que el poder de decisión reside en el pueblo, solo lo parece hasta que se vota, después son otros los que administran y manejan el voto y trapichean con él según los intereses de los partidos.

La democracia es como una gran feria, tiene todos sus elementos, y lo que no escasea es el mercado, el trapicheo y los manejos con el voto, que debería ser sagrado e intocable.

Los votantes dan el poder de su voto para que los elegidos defiendan sus ideales e intereses, pero los intermediarios suelen apropiarse del voto y el poder que les entregan y olvidarse del que se lo dio. El dueño del voto, teóricamente, es el que vota, pero cuando lo da, lo pierde, queda en manos de los partidos y ya no hay vuelta atrás. Así, el pueblo queda desprotegido de aquéllos que eligió para que defendieran sus ideales y, durante cuatro años, no podrá exigir que su voto sirva para lo que lo dio. En cualquier caso, votemos pero respetemos el voto como sagrado e intocable y que ningún poder, por mayoritario que sea, pueda cambiar las reglas de juego.

El problema quizás sea que la democracia funciona por personas “interpuestas”, por intermediarios, salvo cuando el votante ejerce por sí mismo su propia representación. Sabemos las dificultades de una democracia directa, pero se podría cambiar el nombre por una democracia conectada y dependiente del que vota y no manipulada por el intermediario.

Malestar por los cambalaches.

Cuando los partidos (los intermediarios) deciden manejar el voto para intereses propios o ajenos, queda desvirtuado el sentido que le dio el votante y de la propia democracia, pero la solución no está en cambiar de voto en cada nueva elección porque la estructura de las votaciones y de la representación sigue siendo la misma.

¿Cambio de representación?

Lo que quizás habría que cambiar es el sistema de representación que incluyera la defensa del votante por su representante, que jamás debe suplantar la voluntad del representado. Mientras esto no se arregle, regiones como Extremadura estarán condenadas a que sus intereses sean olvidados por los partidos, a su vez condicionados por el poder de Comunidades más fuertes que imponen su voluntad y sus privilegios.

¿Qué pretende el votante al hacer su elección? Parece que busca un abogado defensor de sus ideas y no un suplantador de las mismas. Pero si el abogado se pone de parte de su rival en mitad del juicio, podríamos decir, sin eufemismos, que pasamos del abogado defensor necesario al abogado traidor. El dueño del voto es desposeído del valor que tenía para que se lo apropien otros.

Cuando los partidos deciden que el voto de partidos distintos se confunda, se está alterando la voluntad del votante. El voto deja de ser sagrado para ser comprado, vendido, adulterado y, por consiguiente, no sirve para lo que quiso servir. El imponer, para cualquier cambio de estos obstáculos en la ley, dos tercios de votos, refleja aquellas palabras de Franco cuando dijo que lo dejaba todo atado y bien atado. Con esto no queremos condenar los acuerdos o el consenso entre los partidos, sino advertir de que el voto y su intención deben ser respetados.

Por otra parte, las manipulaciones, en la propia ley y los reglamentos, suponen obstáculos para impedir que cada voto sea igual a otro voto, con el mismo valor y la misma consideración. Nunca otro partido deberá beneficiarse de los votos ajenos. Los manejos y retorcimientos de las leyes y los reglamentos no deberían existir si no hay unanimidad de todos los concurrentes. Estas decisiones arbitrarias suponen un cambio de las reglas de juego y hacer un reglamento a su medida por aquéllos que imponen sus intereses.

¿Por qué siempre se benefician los mismos? ¿dónde está el fallo de la democracia?

Parece que la democracia, por el hecho de serlo, debería desembocar en la justicia y derechos iguales para todos, incluso de los partidos que concurren; pero hay algo que no cuaja, que no da los resultados esperados. La representación se convierte en suplantación y las igualdades proclamadas por los partidos se convierten en las mayores desigualdades, incluso en beneficios económicos, para quienes hacen las leyes y reglamentos pensando en sí mismos.

P. CAÑADA



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