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Esos monstruos

2 de Enero | 13:29
Esos monstruos
Me he pasado parte de la noche soñando que intentaban venderme un traje guapo que me quedaba grande. Grande de hombros, grande de cintura, de blusa grande y zapatos inmensos, mitad zapatillas, mitad calzado de calle. Me desperté antes de comprarlo, afortunadamente, a pesar de las exhortaciones que una y otra vez me hacían los amigos del sueño. Ufff. Debe haber sido por una ilustración que miré antes de dormirme. 

Desde el principio estaba claro el final de la serie “El día de mañana”, y aún así me impactó. Un truhán, al que de vez en cuando le emerge algún tinte humano, no podía sobrevivir en un ambiente de costumbres y reglas normalizadas, aun cuando otros muchos lo hicieran, como bien se ve en la propia narración. Su trayectoria hacia arriba y hacia abajo solo es posible en un mundo cambiante lleno de vacíos que permiten la doble moral del pícaro, e intenta explicarse siguiendo los cánones clásicos que mantienen que una persona, por miserable que sea, puede tener en un momento dado ciertas dosis de dignidad. Aún en los ambientes más oscuros y en las condiciones más desesperadas. O NO, y eso es para mi lo que intentan decir los capítulos, sobre todo el último, el de la propia autoinmolación redentora del protagonista. 

“Lo bueno de los besos es que curan heridas” (dice Sabina), aunque añade: “lo malo de los besos es que crean adicción”. Y en ello andamos por estas latitudes, en busca constante de senderos que nos alejen, aunque no demasiado, de ambientes que no ofrecen nada de oxígeno. Pero sin poderlos dejar. Aún estamos demasiado cerca. 

Queremos a las personas porque sí, o puede que por las esperanzas que en nosotros despiertan. O tal vez, porque quisiéramos que nos sirvieran para colocar en ellas nuestros propios anhelos; sin darnos cuenta de que los suyos y los nuestros no siempre confluyen y entonces se produce la agresión. Y los miedos. Miedo a los monstruos, tan gigantes, tan descarados, tan duplicados en la pared, en una y mil paredes de nuestro mundo. Tan fuertes, a fuer de débiles. Tan inhumanos. Y esa propiedad transitiva de las relaciones, tan deformada (los amigos de mis enemigos son ...¿amigos? ¿enemigos?) y que no debiera de cumplirse pero lo hace. A rajatabla. 

En Navidad los protagonistas son los niños. Desde el mismo día de la lotería, marcando la primera jornada vacacional en invierno. No podría ser de otra manera, porque sólo con la inocencia y espontaneidad de ellos es posible creer en los Reyes Magos o en Santa Claus (“¿por qué lo llamas Papá Noel, si se llama Santa?” -me dice Ana Lucía-), y aunque sean los mismísimos padres esforzándose por serlo. En las nuevas generaciones radicarán las porciones venideras de estima y progreso que un pueblo pueda tener. 

Acabamos 2018 llenos de preguntas sin respuestas y anhelando que el 2019 nos traiga salud, trabajo y serenidad. Para todos. Eso les deseo de corazón, amigos. De verdad.  

Carmen Heras



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