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Opinión-Editorial

De series y tronos

26 de Noviembre | 11:25
De series y tronos
Amigos, tengo que confesarles algo: me gustan las series históricas. Cada cuál tiene su corazoncito, qué le vamos a hacer. Durante los días que he pasado con mi familia, me he sorprendido apagando varías veces las noticias actuales del televisor. Es como si la mente no pudiera retener nada más de gritos, insultos, banalidades...como si necesitara calma y equilibrio y de no haberlos, rogase que todo tuviera (al menos) algún tipo de épica. Para variar. 

Porque eso es lo que tienen las series cuando manejan personajes históricos: una justificación y unos por qué. Y aunque se novele sobre ellos, intentando acercarles a nuestro mundo y nuestra escenografía (para uso de un mayor número de telespectadores), cuando se elige bien y se cuidan los detalles, aparece la importancia de una época, de unas decisiones, en cada caso. De una trascendencia que nos trae al ahora. 

Porque una conecta la radio, la televisión, los periódicos... y tropieza con las narraciones exacerbadas de los desencuentros, con las injurias entre unos y otros, con la trivialidad y la testosterona, fundamentalmente. Con venganzas retrasadas, vídeos guardados con primor y oportunamente sacados a la luz para deshacerse de competidores, promesas ilusas que traen, al no cumplirse, el correspondiente desorden, y una falsa democratización por abajo que permite creer a cualquiera en sus derechos sin asumir ninguna responsabilidad que los justifique. 

Leí por algún lado, o se me ocurrió, que Shakespeare es un dramaturgo tan importante, y que siempre atraerá la atención de todos los públicos, porque sus obras hablan de las grandes pasiones de los humanos: la codicia, el orgullo, el ansia de poder, la envidia, los celos, los complejos...Cualquier serie histórica que se precie, relata, al fin y al cabo, esto mismo, aunque cambie el decorado, la ropa o la forma de hablar. El conocer en esta época nuestra el final de lo sucedido permite (supongo) recrear las justificaciones para llegar a él, lo que conduce a un cierto convencimiento de los motivos y una determinada fe en las causas. 

La épica, la ética, la estética debieran ser más que palabras del diccionario dentro de cada formación política que se precie. Sin alharacas, pero dejando constancia. Es sorprendente cómo han abjurado de ellas las organizaciones, en su lenguaje y hacer diario, cambiándolas por un pragmatismo descarnado (“hoy tengo estos principios, mañana tengo otros”) y cómo la llamada izquierda emplea más sus esfuerzos en cuestiones particulares de colectivos minoritarios en vez de pelearse a fondo contra las grandes desigualdades tirando de los principios universales. 

Nuestro día a día es muy rutinario, es lo que tiene la cotidianidad. Con mucho ruido, eso sí, aunque no se acierte a entender para qué en el interés general. Al focalizar la cámara continuamente sobre unos ciertos lugares, unas clases y unas personas, pudiéramos tener la sensación de que solo ellos son lo fundamental en un país o una autonomía. Cuando no es así. Porque la vida no es un programa de televisión con personajes en directo tirándose de los pelos o presumiendo de listos. Porque para series, mejor las históricas, que al menos tienen glamour. 

Carmen Heras

 



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