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Las feministas también nos casamos

18 de Octubre | 10:40
Las feministas también nos casamos
Este 2018 entró con unas muy buenas expectativas, prometía nuevas sorpresas, decisiones importantes y avances hacia adelante.

Esta ilusión que me acompaña, me hace reflexionar sobre algo que ya descubrí hace mucho tiempo. Y es que es cierto que en mi mente y cuerpo conviven muchas mujeres, en concreto se diferencian dos entes que están en total desacuerdo: La princesa Disney y la feminista. Y extrañamente pareciera que es la segunda la que siempre he de matizar cuando lo hago público, “feminista, pero…” como si hubiésemos retrocedido en el tiempo, pareciera casi un delito declararse como tal, como si el feminismo matara, como si hubiera que justificarse. “Pero no serás de esas, de las radicales, de las feminazis…” y tú intentando no sacar tu peor parte mientras te preguntas qué haces dándole explicaciones a un extraño, sonríes y le explicas. Ser feminista nunca me hizo perfecta ni mucho menos, pero me dio herramientas para perdonarme muchas cosas y para enseñarme a luchar por otras muchas, en muy resumidas cuentas y con una síntesis demasiado escueta, eso significa para mí: libertad.

Tras mucho pensarlo creo descubrir cómo fusionados dichos entes, dichas deidades que conviven en mí y tal vez más, forman una única e incomparable Frida Kahlo, una Frida como simbología, sin el despotismo para declararme como ella ni mucho menos. Y no puede gustarme más el producto, el resultado de esa combinación, aunque a veces me haga rabiar tanta contradicción.

Crecí viendo películas de princesas delicadas y bellas, que casi flotaban y ni siquiera se despeinaban, y al sudar desprendían perfume y siempre encontraban a ese apuesto y fornido príncipe, que las salvaba y les entregaba la eternidad, y carnívora, con eso de comer perdices, todo sea dicho de paso, para esta “princesa de pueblo vegana”.

Por suerte dentro de tanta lobotomía rosa, mis preferidas siempre fueron Bella, Mulán y Pocahontas, sin duda, perfectas partes de mi misma: lectora empedernida, dedicada a luchar en un mundo de hombres y animalista y defensora de la naturaleza. Quizás le deba a las películas Disney más de lo que me gustaría admitir, aunque no lo haré.

Por desgracia, nos educan, me educaron, a soñar con el cuento de hadas y aunque a veces me increpo por creer que estoy defraudando a mi yo feminista con tanto rollo de princesas, después pienso que aunque el camino que queda por andar es arduo y largo, las mujeres, yo para no generalizar, sueño y lucho por ser libre, por sentir sin culpabilizarme, por amar, por ser a veces princesa y a veces guerrera. Y sí, mi querida Frida me descubrió mucho de eso, porque era alguien a quien yo había idealizado, para posteriormente descubrir una imperfecta luchadora cuando me dediqué  a entenderla y descubrirla. Feminista e icono, artista por encima de todo, a veces incluso de ella misma, pero antes, durante y después, enamorada del amor, amaba, empedernidamente, enfermamente y equivocadamente, en muchas ocasiones, pero era, ES, todo esencia, a pesar de todo.

Y todo esto, porque intento sentirme igual de digna y feminista, porque las feministas, también nos casamos. Y sí, voy a repetirlo muchas veces en este escrito: que me caso y que soy feminista, porque de ambas cosas me siento agradecida y contenta, porque ¿qué es un público escéptico de esta palabra cuando la primera vez que defendí este término no tenía más de 8 o 9 años y fue ante una sentencia en vida? Ante una amenaza y aun así lo dije, levantando la frente, con el corazón galopante de miedo ante aquel que me miraba con odio.

Pero sí, ¡que las feministas también nos casamos! Así que el motivo es ese, porque aunque sea guerrera durante mucho tiempo, también llevo una princesa, y como dicen las XL (cómicas feministas que os ánimo a ver), soy el producto de todo ese abanico amplio y heterogéneo de variedad de mujeres: feministas radicales, princesas, femme fatal, hippie, y un largo etc. Y porque existen personas, parejas como la mía que ante toda mi jerga feminista se arriesgo y con rodilla en suelo y todo, me pidió que me casara con él.

Y ya podéis imaginar que yo… pues le dije que sí. Así que sí, las feministas, también nos casamos.



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