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Rincones con encanto: Camino Beturia

23 de Agosto | 12:05
Rincones con encanto: Camino Beturia
Cerré los ojos, en realidad solo los mantuve cerrados porque acababa de despertarme, y entonces agudicé el resto de mis sentidos.

El olfato: olor a tierra mojada, a fuego y leña caliente, aroma a invierno, a calor, ese calor generado por una chimenea que se cuela entre el frío del ambiente como una nube cálida. El sabor en forma de aroma mezclado en el aire de pan recién horneado y a mermelada y café que me llegaban desde lejos.

El oído: el rugir de los árboles meciéndose a merced del inclemente viento y de la lluvia azotando sus ramas, el chisporroteo de algunas ascuas chirriantes del hogar, el rugir de la madera del suelo y las paredes, el ladrar lejano de algunos perros.

El tacto: el suave acariciar de las sábanas y mantas que me abrazaban en aquella mañana de relax y de mimos que había decidido regalarme, el frío recorriendo mi piel y deseando irrumpir en mí.

Finalmente, la vista. Abrí los ojos para despertarme a aquella mañana que me regalaba colores, sonidos y sabores diferentes de mi Sevilla ahora a cientos de kilómetros.

Este es el paisaje y el recuerdo que me regaló mi estancia de un par de días en Camino Beturia, en Cabeza la Vaca. Un lugar que descubrí de casualidad mientras ojeaba unos cursos de escritura. Un taller se realizaba allí, y aunque no podía asistir, las imágenes de aquel lugar me decidieron a que tenía que visitarlo. Así que una lluviosa mañana de abril, decidí coger mi coche y junto a un buen acompañante irnos a pasar unos días desconectados de todo, para reconectar con nosotros, la naturaleza, el mundo.

Ya de por sí al reservar y hablar vía WhatsApp con Carmen, la propietaria, me trasmitió cercanía, como si fuera a hospedarme en casa de un familiar que me estaba esperándome y desando recibirme.

Y toda nuestra estancia transcurrió en esa misma sintonía. Llegamos y el tiempo también decidió unirse para dibujarnos un fin de semana de ensueño y la lluvia nos acompañó toda la estadía, lo cual lo hizo más idílico. Sus hermosas casitas te hacía creer que llegabas a casa, tras subir su escalones que te introducían al cuarto principal, un acogedor espacio con chimenea y terraza, que nos regalaba un paisaje enmarcado por el verde paisaje de un Badajoz entre lluvias y neblina que lo hacía parecer sacado de un cuento.

En todo momento conectamos con aquel sitio, a pesar de la lluvia paseamos por sus alrededores, entre piedras, árboles, una preciosa alberca… Conociendo cada rincón de aquel lugar y a cada uno de sus habitantes, saludando a todos los animales, sobretodo hicimos amistad con los perros, en concreto con una señora lanuda que nos acompañó en nuestros desayunos con olor a mermelada casera y pan recién hecho.

La noche que pasamos allí, Carmen nos ofreció cenar y aceptamos, sin imaginar que nos presentaría una preciosa cena que degustamos entre velas, frente al paisaje desdibujado de la inmensa cristalera del comedor.

Una estancia mágica, que no puede quedar mejor recomendada que con este recuerdo grabado a fuego con sabor a nostalgia y olores a una primavera otoñal en Camino Beturia.



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