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Vida de perros

7 de Agosto | 12:12
Vida de perros
Agosto. Verano. Vacaciones. Hoteles de cinco estrellas, playas paradisiacas, chiringuitos y noches de terrazas y mojitos. Suenan realmente bien. El verano trae consigo infinidad de cosas estupendas para disfrutar y relajarse, pero desgraciadamente en esta estación y en las anteriores situaciones, si van unidas a tener perros, gatos, animales de compañía en general, implica cosas no tan positivas. Dado que el verano en general conlleva una de las épocas de más abandonos de todo el año, y en España nos volvemos a llevar premio en lo que a esto se refiere presentando cifras de 104.447 perros y 33.335 gatos abandonados el pasado año según Fundación Affinity, he decidido empezar a contar capítulos de una pequeña historia que no es seguramente una gran historia, pero es La historia, mi historia, la historia de Freddie.

No es una historia de esas que lees en internet o que sale en los telediarios de perros héroes que rescataron a su familia de una muerte segura en un incendio, aunque estoy segura de que lo haría si surgiera la situación, así de fe tengo yo en mi perro. Ni tampoco de esos pobres canes modelos de superación que vivieron terribles situaciones de maltrato y que sobrevivió milagrosamente cuando nadie apostaba por ellos. Él es sencillamente, un perro. Mi perro.

No es nada especial, claro, nada especial para el resto del mundo, porque yo creo que mis perros vinieron a este mundo con el único fin de encontrarme y salvarme, no creo en muchas cosas con fe ciega pero si debo definir las palabras confianza y amor solo se me ocurre y se me adivina una preciosa foto de mis perros. Creo que no hay medicina para el alma más eficaz que un buen lametón, y es ahí donde entra en concreto el pequeño Freddie.

Creo que ya me caló desde el vientre de su madre, una tarde de navidad en la que tal vez Papá Noel me lo cruzó en el camino. Aquella tarde fui a buscar a mi hermano, porque él descubre en mí, un especial interés por despertar mi vocación escondida de chófer, o al menos eso creía él, ahora por suerte tiene carnet y solo tengo que prestarle el coche. Y cuando llegué a casa de su amigo, los padres me invitaron a entrar para tropezarme con una enorme y bonita perra de aguas de color oscuro, que me descubrieron iba a ser mamá en breve. Yo ya conocía aquella raza porque mi novio era un amante de esos perros desde que una historia de infancia con una perra llamada Luna unida a la tragicomedia en que se empecinan las infancias en hacer de nuestras vidas, me hacía tener un cariño especial por esos peludos y lanosos perros. Entonces unos de esos ingenios por los que me caracterizo, hizo su aparición uniendo ideas, perro de aguas + novio + navidades y próximo cumpleaños, hicieron que las siguientes palabras brotaran de mi boca sin pensarlo mucho:

-¿Qué vais a hacer con los cachorros?

- Pues estamos buscando familias responsables que se quieran quedar con ellos.

Y en ese preciso instante fue que supe que Freddie me había llamado desde el vientre de su madre, desde su placentero nadar en líquido amniótico, me escucho y dijo a sus hermanos “Esa es mi futura dueña, la pobre no sabe cuánto me necesita en su vida”. Y así fue como un 14 de febrero, con apenas 45 días, y un lacito rojo del chino puesto en su cabeza (cosa que espero me haya perdonado), el pequeño y precioso Freddie apareció en nuestras vidas.

El día que fui a escoger el perrito que me llevaría, encontré siete cachorritos todos iguales, de color canela, por lo visto por el padre (el cual debería haber conocido para saber a qué atenerme). Los miré esperando encontrar en alguno algo que me decantará por cuál era el que me estaba esperando. Me habían dicho que había tenido ocho cachorros, y la hija de los dueños me indicó uno que le daba miedo de todo y se pasaba el día escondido detrás del sofá y que por eso no andaba por ahí. Estaba claro, Freddie estaba para mí. No se cómo pero entonces no me percaté de que ese era mi perro, así que desistí de ver al perro tímido y escogí uno cualquiera de los otros 7 hermanos y quedé en pasarme el 14 de febrero a por él, más adecuado y tópico no podía ser para regalar un pequeño cachorro.

Cuando fui a por mi cachorro, me paré a mirarlos intentando buscar cuál era el que había escogido, sin encontrarlo, era incapaz de diferenciarlo del resto, hasta que descubrí a la niñita con el perrito tímido en los brazos: una pequeña bolita canela, de pequeña trufa negra, una naricilla achatada, y orejitas pequeñas, era distinto a todos los demás, era el más pequeño de todos, el perro asustadizo, el diferente, él que se escondía del mundo, en ese momento supe que era él. Y así que el pequeño Manuel, como lo bautizó mi hermano de manera temporal, hasta que fuera rebautizado de manera oficial, fue a parar como un regalo de San Valentín a nuestras vidas.

Yo no lo pensé demasiado pero mi vida cambió por completo el día que decidí adoptar a mi primer perro, que no fue Freddie, pero ya hablaré de la dulce Cuky en otro momento. Tener perros no era tan idílico como había pensado, sí que hubo una época en la que me empeñé en enseñar a Freddie, en “educarlo”, hasta un libro de Cesar Millán que tengo y todo, y bueno… Freddie me trae las zapatillas, aunque tengo que corretearlo por toda la casa y pelearme con él para que la suelte, tira de la correa como si te arrastraran los jinetes de la muerte del mismísimo Apocalipsis, incluso me trae papel higiénico, por mal que suene, pero en estado confeti que él considera me será más útil, es capaz de saltar tan alto que sube al sofá, pero por el lado del respaldo, y es capaz de subir las escaleras del tobogán del parque de al lado de casa y tirarse por él, y repetirlo hasta la extenuación. Aun así le teme al secador como al mismo diablo. De hecho tirando de ingenio, indagué de qué manera podría unir sus miedos y obsesiones para conseguir que soltara las cosas cuando se las pido, pues cuando cierra sus fauces es como una mordaza industrial entorno a mi zapatilla, pelota o cualquier objeto que él haya considerado de su propiedad. Así que me dije, si tanto miedo le da el secador de pelo, tal vez si le soplo en la cara… y ¡eureka! Ahí estaba el enigma de las fauces impenetrables, un soplido en la nariz y es como la frase mágica de Ali Baba.

Y desde que conozco a Freddy con él todo funciona así, a la ley del absurdo, y mucha gente me diría que soy una mala dueña, al igual que otros dirían que él es un mal perro o un perro mal educado, pero a mí me parece magnifico y divertido, así que si él tiene el mismo concepto de mi como dueña, me doy por satisfecha, ambos desequilibrados emocionales, nos entendemos perfectamente. Mucha gente dice lo de no humanizar a los animales, y estoy completamente de acuerdo, mi perro es un perro, un animal, que no razona, o bueno depende de lo que entendamos por pensar o razonar, porque si esa es la argumentación para diferenciar animales de personas, habría que redefinir a algunos humanos como animales y viceversa. En casa hemos establecido una especie de raza semihumana y semiperruna, en la que nos encontramos mis perros y yo, cada uno respetamos al otro, pero nadie es más que nadie y respetamos los límites. Es una especie de consorcio en el que retroalimentamos el sistema de gestión doméstico así nos convenga a ambas parte. El único humano de la familia es mi novio, él no entra en nuestro consorcio porque él es el DUEÑO, y el amor que profesa Freddie hacia él, no me hace sino quedarme al margen, para mí ese amor se merece todos mis respetos y alguna que otra envidia insana.

Tener perro o gatos, cobayas, hámster, etcétera, no es para nada una responsabilidad ligerita, implica muchos quebraderos de cabezas y madrugones para sacarlos antes de ir a trabajar, gastar dinero en los momentos más inoportunos en carísimos veterinarios, y en chorradas y pelotas que invaden tu casa como si una guardería estuviera instaurada en tu salón entre peluches, pelotas de plástico y muñecos de pitidos ensordecedores, significa quebrarte la cabeza buscando residencias que no parezcan perreras para las vacaciones pero que no cuesten más que el hotel que has reservado para ti, o no tener vacaciones. Implica limpiar heces de lugares recónditos y despertarte con ladridos porque sonó el timbre del vecino. Tener una vida a tu cargo debiera implicar una responsabilidad consciente que no tendría que ser explicada en los tiempos que corren. Pero me quedo con una frase que leí o escribí por ahí, y es que puede que para ti solo sea un perro, una vida sin más que te regala lametones a llegar a casa y que en muchas ocasiones es molesto y pesado, un elemento más de tu vida, pero si algún día me aborda el dramatismo que me caracteriza pienso que para ellos, yo lo soy todo, por malo que haya sido mi día, siempre estarán ellos esperándome, ellos, cuya felicidad depende únicamente de que tu cruces el umbral de la puerta.

Ese amor no debería ser tomado en vano.



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