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MIS MARTES AL SOL

Ramón Sánchez Arroyo, fue un genio del vino en tiempos de Falcon Crest

15 de Mayo | 09:11
Ramón Sánchez Arroyo, fue un genio del vino en tiempos de Falcon Crest
Ramón Sánchez Arroyo, emprendedor y genio del vino, fue un personaje único en su época. Contradictorio y genial, nos dejó recuerdos inolvidables a los que tuvimos el privilegio de su amistad. Dedicado a la buena vida en Galicia, tardó demasiados años en hacer su carrera de farmacia, en la que incluso sus profesores estaban más interesados que él.

Farmacéutico por fin en Valdetorres, se empeñó en reformar y sacar adelante la bodega de Catalina Arroyo, su madre, por la que sentía veneración y a la que quería compensar por la tardanza en terminar los estudios. Lo cierto es que ya era un gran conocedor y catador de todo tipo de caldos y un excelente gastrónomo.

Fue a verme a Badajoz, siendo yo “excelentísimo” señor Consejero en el Gobierno extremeño y ahí empezó nuestra amistad. Las copas y tertulias fueron ya habituales entre nosotros, así como los viajes. Me acompañaba a las charlas y actos a los que me invitaban y siempre llevábamos su vino cabernet (el primero en Extremadura) por bandera.

Nunca olvidaré el día en que logramos que su vino nos fuera servido por Jean Pierre, en Madrid, en el Restaurante Las Cuatro Estaciones, en cestita de mimbre, como los grandes vinos, y cómo se emocionó en aquella comida, presidida por un cabernet extremeño. O el día del parador de Cuenca, en el que Concha García Campoy pidió al director que permitieran servirnos ese vino tan maravilloso de Don Ramón, del que casualmente llevábamos dos botellas en el coche, que enseguida pusieron a enfriar un poco. O aquel domingo en el que el diario “El País” nos sorprendió con una reseña (foto incluida) en el dominical, del Cabernet de Catalina Arroyo de Extremadura, comentado por Carlos Delgado.

Ramon era un personaje literario, que lo mismo estaba en la viña vigilando la poda, que embotellando el vino o visitando a sus clientes. Era también un gran cocinero: “hoy he comprado una merluza que da la hora”, decía. Luego la merluza se estropeaba en el frigorífico porque no quería comer solo y cada mediodía nos buscaba a los amigos para ir a comer juntos. Su cultura gastronómica era inmensa, como la historia acumulada en tantas ciudades y restaurantes en los que transcurrió su existencia de buen gourmet.

Tenía historias inacabables que narraba con humor y retranca, como las aventuras vividas con su amigo Angel Hurtado, capitán de barco, por las costas de Brasil y Argentina, y varias zonas de África, especialmente en Burundi y Guinea Ecuatorial, en la que pudo acabar de farmacéutico si no se hubiera puesto la cosa tan fea y de donde tuvieron que salir rápidamente.

Su gran éxito fue sin duda ser el primero que trajo a Extremadura la uva Cabernet de Sauvignón, que él ya conoció en Francia, en momentos en que estaba divulgándose en todo el mundo gracias a la serie de TV de Falcon Crest que estaba en todo su apogeo. Traída la planta de Francia por encargo directo de él, logró adaptarla bien a su viña de “La Redondilla” de Don Benito y hacer con ella un buen vino, demostrando su carácter innovador a la vez que conocedor profundo de los secretos del vino.

Ramón dejó este mundo un 18 de Noviembre de 1998. Desde entonces echamos de menos a ese gran conversador que mantenía las tertulias siempre espectantes. Su humor era corrosivo con los pedantes y los que creían estar de vuelta de todo. Su carácter de polemista con ingenio y mala leche siempre acababa pidiendo disculpas si creía que había molestado a alguien. Era un caballero a la vieja usanza. El día que le salía ácrata no dejaba títere con cabeza, su anarquismo era implacable. El día que le salía conservador era de un carca insoportable. No dejaba indiferente a nadie.
Para cualquier celebración o fiesta se presentaba como un dandy, que conocía bien las reglas de una burguesía a la que frecuentó toda su vida. Pero su sencillez con los amigos y sus “desahogos”, son los mejores recuerdos que tenemos de él.

Su canto a la garnacha y a la tempranillo siempre estuvieron en su boca. Siendo Extremadura una tierra en la que predominaban los vinos blancos, sobre todo en su zona, Ramón fue uno de los primeros defensores de estas dos variedades. Y nos recordaba también que era en los pequeños pagos franceses donde se hacían los mejores vinos del mundo y donde estaban los secretos de la cultura vitivinícola francesa. La creación final de su gran vino, “Misino”, fue el último secreto que me contó y que hoy recuerdo cada vez que lo tomo.

Su familia, continúa hoy su obra. Su sobrina Ester, Licenciada en Derecho y Máster en Viticultura y Enología, es la Directora-Técnica de la Bodega y su padre, Jesus Sánchez Arroyo, hermano de Ramón, es el propietario y gerente. La Redondilla, esa tierra famosa de las arenas de Don Benito, siegue siendo ideal para la viña, aunque los chalets se vayan apoderando cada día más de ella. La Bodega de Catalina Arroyo siempre será un referente del vino en las Vegas Altas del Guadiana.

Ramón fue un personaje vanguardista en el mundo de la viña y el vino extremeño. Un innovador permanente. Y un emprendedor, que dejó su farmacia para dedicarse a la arriesgada aventura del vino, en una tierra tan difícil como Extremadura. Su familia, siguiendo sus pasos, han modernizado la bodega y la viña centenaria, y mantienen la calidad de unos vinos excelentes.



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