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Con el permiso de F, por cierto

6 de Febrero | 12:29
Con el permiso de F, por cierto
Llamémosle “F”; mi amigo F. Protagonista de esta tribuna que escribo tras varias semanas de exámenes encadenado a los libros, encerrado en la madriguera del esfuerzo de última hora. De hecho, este personaje cuyo nombre no revelo, compartió su episodio conmigo mismo, y fue precisamente en la biblioteca. Su aventura es ejemplo de la lección de vida, de la lección al golferas que engaña a su pareja a traición, a sabiendas de las consecuencias, que es consciente de todos sus actos, pero, ¡oh, el Destino caprichoso!, finalmente prueba su propia medicina. Quedábamos algún que otro día para estudiar en la biblioteca –tampoco revelo la identidad de esta no vaya la presente tribuna a perjudicar ni a mancillar su noble reputación- con el fin de no distraernos con cualquier mosca que revoloteara por la zona y, por supuesto, para no aburrirnos. Tan temprano íbamos, que al entrar en la sala de estudio o de lectura –nombre ficticio este último que le dan los responsables a la citada sala puesto que, increíblemente, los libros del área de literatura no se hallan en préstamo- no reparamos en lo que debía nuestra atención, en algo totalmente inusual en aquellos espacios. Ya dentro y con los apuntes abiertos esperando a ser subrayados y absorbidos, nos extrañó el revuelo que había en la puerta que habíamos abierto. Risas, murmullos agitados, suspiros, y más risas. Sobre todo eran eso, risotadas escandalosas y juguetonas, como de jovenzuelos que traman alguna trastada, y es que, en realidad, como pudimos averiguar más tarde, la cosa iba más allá de la trastada.

A las once decidimos hacer un parón –llevábamos dándole al seso desde las ocho- e ir a una cafetería a tomarnos un café y reponer fuerzas. Entonces le comenté que podríamos averiguar qué estaba sucediendo en la puerta para que tanta gente se hubiera agolpado en lugar de entrar en la estancia a estudiar, en plena semana de exámenes como era esa –también es cierto que cualquier estudiante espabilado aprovecha un insignificante acontecimiento para zafarse de los folios y bolígrafos-.

Lo que agitó a la muchedumbre fue un pequeño papelito pegado con papel celo en la puerta con un mensaje escrito a mano y en tinta negra: “SEXO EN MI DOMICILIO”, y debajo un número de teléfono que evidentemente no reproduzco para evitar más obscenidades y, por supuesto, no interferir en el procedimiento judicial que ha acaecido.

Mi amigo, avispado y truhán, aunque comprometido enamoradamente, me confesó ya dándole vueltas al café, con esa sonrisa donjuanesca y canallesca que me ponía en tensión y que me obligaba a hablarle desde mi escondido lado maduro:

-Voy a llamar a ese número. Mi novia no me hace caso, se pasa el día estudiando y apenas si puedo verla. ¿Qué te parece?

Evidentemente, preferí no meterme en berenjenales, pero ante su insistencia, le insinué que se estuviese quieto y que no provocara una complicación de la que se pudiera arrepentir. A lo que él respondió con gestos despectivos haciéndome saber que en la vida no se podía ir a mi modo, que el amor libre es primordial para la estabilidad de una pareja, y necedades semejantes que cuentan los más progres con el fin de tapar sus propios vicios y sus míseras situaciones amorosas tan desequilibradas. Zanjé el asunto recordándole los sentimientos de su novia, que podría herirla y que era muy mala época para algo así, que la concentración era muy importante… Pero él erre que erre con llamar al numerito a escondidas, que estaba ardiente en deseos por correr una aventura así. “Allá tú”, reflejó mi mirada de compasión…

Lo que relato a continuación no es más que lo que me contó mi amigo F pasados unos días de lo acontecido, yo no fui testigo. Se perfumó, se vistió adecuadamente para la ocasión, se cambió de calzones y por supuesto, pasó por una farmacia para “protegerse” de lo que en la casa de la enigmática chica pudiera tener lugar –según F, le contestó a la llamada una voz dulce y agradable, y quedaron en una calle desconocida para él-. 

En la casa, su sorpresa no pudo ser más desagradable. Llamó al telefonillo, le fue abierta la puerta, cosa que hizo crearle incontrolables taquicardias, y subió en el ascensor hasta un quinto piso. Las lágrimas de celos le impedían seguir contándome lo que vio, pero se recompuso y siguió. Tocó el timbre de una puerta sencilla y fácilmente manipulable para un ratero. Más que una casa, era una habitación insignificante de burdel. La puerta se abrió, y quien estaba tras ella no era nada más y nada menos que su mismísima novia, acicalada, emperifollada con esmero, y con un deshabillé a través del cual era visible una lencería negra de encaje muy fina y elegante. El olor a incienso y la iluminación rojiza del interior eran embriagadores y seductores, convenientes para la cita. Pronto se disiparon la euforia masculina y el deseo del macho excitado. 

Por lo visto, ella era una sencilla estudiante que se había gastado todo el dinero destinado por sus padres para la carrera en fiestas continuas. Para no pedirles un adelanto, recurrió a algo muy rastrero: le pidió el piso a una amiga y con su número se anunciaba en distintos sitios públicos en los que abundaran jóvenes para darles una satisfacción entre exámenes. Una sorpresa en toda regla para su novio quien, previamente, quería divertirse un rato con la remitente del “SEXO EN MI DOMICILIO” y, cuidado, sin que su novia se enterase… 

Un cordial saludo y fortísimo abrazo, amigo F. de tu otro amigo que se está tomando un café y diciéndote: “Te lo dije”

 



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