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Opinión-Editorial

Los saraos

11 de Diciembre | 13:24
Los saraos
España es un país muy aficionado a todo tipo de saraos. Nuestra idiosincrasia y nuestro clima se prestan a que estemos siempre dispuestos a las fiestas, verbenas, jaranas, farras, jolgorios y francachelas, vamos que, nos va la marcha y las juergas morenas. Nada que alegar a que seamos la “alegría de la huerta” y que cualquier excusa sea buena para el desenfreno y el frenesí. Sin embargo, se observa últimamente una tendencia un tanto obsesiva que pretende solucionar los problemas cotidianos e incluso a modificar las costumbres del personal a base de saraos de distinta índole.

Hay saraos de toda suerte y condición, incluso los que pierden su naturaleza terminológica para convertirse en “farandulismo”, más propio de farsas y simulaciones, que pretenden transmitir al respetable la gravedad o importancia de aquello que se reivindica o se condena. Naturalmente, la acción política está llena de representaciones de este tipo y así con cierta frecuencia, y desgraciadamente, los minutos de silencio colectivos para condenar conductas violentas están a la orden del día, aunque cada vez tienen más la apariencia de servir para tranquilizar conciencias o salir en la foto que para solucionar algo.

En los centros de enseñanza también, y cada vez con más frecuencia, se montan jolgorios para justificar lo que ahora se llama “educación en valores” que es, lo que antes era, estar bien educado. Así, durante el curso escolar y por supuesto en horario lectivo, niños y jóvenes participan en actividades lúdicas para, en mi opinión con poco éxito, combatir la dejación de la función educativa de padres y docentes y la “propaganda” tan negativa como perniciosa de los medios de comunicación tanto públicos como privados. Así, lo que antes nos inculcaban nuestros padres y nuestros profesores impartieran la materia que impartieran, ahora se intenta infundir a través de “actividades” puntuales, monotemáticas casi siempre y, cuya utilidad, dado los resultados obtenidos en los últimos años (un 27,4% de los jóvenes y las jóvenes creen que la violencia de género es una conducta normal en la pareja), es más que cuestionable. Eso sí, es una forma de justificar un gasto en medios y personal que de otra forma sería poco entendible.

Las protestas, quejas o demandas también se trasladan a la opinión pública a través de saraos reivindicativos, unos, los menos, nacidos del pueblo soberano y otros, los más, inducidos por los poderes fácticos. Últimamente, a una parte del personal patrio le ha dado por los saraos independentistas espoleados por una “manada” de “violadores constitucionales” que, hartos de chupar de la teta del gobierno del estado, prefieren tener teta propia para no tener que dar explicaciones. Los saraos independentistas tienen algunas peculiaridades que los hacen chocantes y pintorescos. Así, por ejemplo, se utiliza a los niños como vanguardia y a los ancianos se les conmina a que se disfracen de heridos, tullidos o lesionados. También es habitual simular agresiones en unos casos o agredir a botiflers o charnegos, según se tercie en otros, para regocijo del respetable. El punto álgido del sarao independentista es cuando se corean proclamas o arengas y se entonan cánticos alusivos a la pureza de raza de los participantes entre los que sobresalen moros, rumanos, iberoamericanos y hasta alguna monja argentina.  

Otros saraos que últimamente se han puesto de moda, son aquellos que organizan los gobiernos autonómicos para llamar la atención de quien corresponda sobre déficits en infraestructuras reconociendo así su incapacidad manifiesta para cumplir promesas electorales o, mediante la acción política, conseguir que otros estamentos las cumplan. Estos saraos, aunque salen algo caros, suelen ser muy celebrados y revierten de forma positiva en los organizadores que así se redimen de su ineptitud e inutilidad. Estas francachelas suelen ser pacíficas, festivas, folclóricas e incluso gastronómicas. A las reivindicaciones de rigor se unen soflamas y peroratas castizas, nostálgicas y de afirmación territorial. Lo malo de estos saraos es que, al día siguiente, uno tiene la impresión de que le han tomado el peluquín y que ha sido utilizado por unos y otros que, lejos de marchase a casa y reconocer su impericia, le han hecho cantar aquello de “que buenos son nuestros gobernantes autonómicos, que buenos son que nos llevan de excursión” ¡y todo gratis!…

Lo dicho, donde haya un buen sarao que se quite la educación, la eficacia, la solidaridad y los políticos capaces de solucionar los problemas a los ciudadanos. Aquí lo que cuenta es la juerga morena y que nos quiten lo “bailao”.

DB



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