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Opinión-Editorial

El miedo

17 de Octubre | 21:20
El miedo
Yo tenía la cabeza llena de historias. Las niñas de mi generación no veíamos la tele y tampoco nos dejaban salir mucho de casa por aquello del qué dirán. Así que nos inventábamos un mundo paralelo con los libros, cuentos y cómics que llegaban a nuestras manos. Sin hacer distinciones. Leíamos indiscriminadamente, a todas horas. Y teníamos una imaginación desbordada. 

Imaginábamos, por ejemplo, que las flores de las cortinas de nuestro cuarto se convertían en personajes imaginarios en la oscuridad. Ajenos a nosotros, con vida propia. Por eso no queríamos que nos apagasen la luz.  Era miedo, el miedo de los niños. Y así crecimos... 

Nos adiestraban para vencerlo. “Niña, baja a cerrar la puerta del portal, que ya es de noche” -decía el padre- Y la niña bajaba y subía las escaleras desde el segundo piso de la vivienda de dos en dos, encendiendo cuántas luces encontraba a su paso, como autodefensa, con los ojos muy abiertos mirando en todas las direcciones. Hoy, que tropezamos con todas las puertas cerradas de todas las casas de una ciudad, siempre, reconocemos el miedo, y la prevención de los vecinos, al estilo de aquel, pero generalizado, porque el sentimiento de inseguridad, tan propio, aumenta exponencialmente cuando las reglas de conductas a la antigua se desmoronan. 

“El miedo guarda la viña” reza el refrán en símil agrario y a la cabeza me vienen los niños amigos durmiendo en el jergón de una caseta en la parcela, para vigilar que no lograran su propósito los ladrones de las uvas que luego la madre vendería en el mercado. 

El miedo es algo innato al hombre. Y con lo de Cataluña es miedo lo que muchos han sentido. Los mayores, por recordarles los tiempos de la guerra civil, tan frescos aún en la memoria, aunque no nos lo digan. Los demás porque intuyen que las mudanzas en tiempos de incertidumbre no son nunca aconsejables, que ya lo dijo Ignacio de Loyola, que no tenía nada de tonto. 

Un miedo implícito a enfocar situaciones distintas, de puzzles deshechos y con las piezas rodando por el suelo, sin grandes jugadores para restaurarlos de modo que no se note, de forma que todo quede igual. 

Los conflictos es lo qué tienen. Incluso los de tipo cognitivo producen, cuando surgen, una disrupción en el conjunto, que se ve amenazado en su esquema por el nuevo contenido y la situación que llegan. Después, cuando aquel consigue “colocarse” entre los conocimientos ya existentes de dicho esquema, todo se tranquiliza y se aprende, agrandando el campo intelectual. Y por ende todos los otros. 

El dominio del miedo es necesario, no para vencerlo necesariamente, pero si para tenerlo controlado y que no paralice la necesaria acción. Junto a la resistencia a las frustraciones diarias, constituye una base precisa para llegar a la madurez de vida personal en los humanos. Y lo mismo debiera ocurrir con la vida política de un país. 

Carmen Heras



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