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Opinión-Editorial
SIN PROPÓSITO DE ENMIENDA

Nuestras cafeteras masturbantes

2 de Octubre | 20:02
Nuestras cafeteras masturbantes
Hace ya más de 100 años que dos reyes inauguraron la primera línea de ferrocarril extremeña. Un industrial y ministro del gobierno de su majestad Alfonso XII, propietario de unas importantes minas en Cáceres, necesitaba dar salida a sus productos y para abaratarlos, su transporte por tren era más rentable que por las lentísimas carretas tiradas por caballos de entonces. Segismundo Moret logró su objetivo, se enriqueció considerablemente y los reyes de Portugal y España se dieron la mano en la estación de Valencia de Alcántara para darle fuste a la nueva línea. Así se escribe la historia de Extremadura: el primer tren no llegó por el interés del gobierno central de comunicarse con todos sus territorios, y particularmente con quienes atesoraban siglos de atraso y marginación. Hubo tren porque se encontraron minas y un industrial y poderoso político movió todas sus abundantes redes clientelares, en un ejercicio no exento de corrupción, por otra parte, el pan nuestro de cada día en la España de la Restauración, para dar salida al producto. 

En 2017 muchos de aquellos travesaños de finales del siglo XIX siguen en ejercicio y nuestros trenes atraviesan nuestra Comunidad a velocidades no muy alejadas de las máximas que podían alcanzar los trenes a vapor de don Segismundo Moret. Hay tramos donde aún vamos a 20-30km/h en trenes que acumulan ya más de 20 años de memoria. Algunos motores se han caído a las vías, literalmente, en ciertas y memorables ocasiones para esos héroes llamados viajeros en tren, que podrán contar una anécdota sabrosa a sus nietos: “yo vi como se desprendía el motor de un tren en marcha”

Esas cafeteras masturbantes donde viajamos… dije una vez en la Asamblea de Extremadura intentado fijar con la metáfora el traqueteo letárgico del tren sobre las vías de madera del siglo XIX. Nuestro tren es una máquina del tiempo, aunque con la sola dirección del pasado. 

Ningún gobierno central ha sido amable con Extremadura. Felipe González fue el primero en Democracia que inició la costumbre de cerrar servicios ferroviarios (él solito eliminó nuestra conexión con el norte, con Salamanca) y sustituir los talgos por trenes descatalogados de Madrid o Barcelona. En sus muchos años de ejercicio del poder, Rodríguez Ibarra levantó pocas veces la voz. José María Aznar y Zapatero siguieron la misma senda y Rajoy la culminó. Todos ellos, por cierto, prometieron el AVE; estaría aquí en 2010, según flamante promesa de Zapatero y Vara. No llegó, claro, y hubo que esperar al ejecutivo de Rajoy para que ciertos sectores con memoria convenientemente selectiva recordasen aquella promesa. Dejaremos para otra ocasión por qué quien escribe estas líneas considera, no obstante, un grave error el AVE, pero apuntemos aquí a modo de preámbulo de mi futura colaboración en este medio, que el AVE solo puede ser rentable si comunica Cáceres y Badajoz con Madrid (nunca las tres capitales juntas y, en todo caso, jamás Plasencia); que su precio será prohibitivo para la inmensa mayoría de los extremeños, que malviven con una media de 600 euros mensuales, y que dicho tren no está concebido para conectar pequeñas ciudades, para que los estudiantes, por ejemplo, puedan viajar entre Cáceres y Mérida, o los funcionarios entre Badajoz y la capital regional: el AVE conecta grandes capitales. En todo caso, AVE se prometió, pero el pájaro ni está ni se le espera. 

Es posible un tren social, rápido y sostenible. Es posible un tren que permita que un pacense esté en tres horas en Madrid y un cacereño en dos. Que las ciudades más importantes puedan conectarse. Que podamos volver a ir al norte, y particularmente a Salamanca, en tren, recuperando la vieja vía de la Plata. Es posible. Solo es cuestión de voluntad política y de exigirle a nuestros representantes que hagan valer su peso (aunque sea escaso) dentro de sus respectivos partidos. Es posible si las movilizaciones que se anuncian se dejan en manos de la sociedad civil, de la gente, de los colectivos más implicados y combativos y no de quienes tal vez solo quieran tapar sus pasadas y presentes incompetencias con una cortina de adhesión popular que seria, en todo caso, ficticia.



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