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Opinión-Editorial

Cómplices

19 de Septiembre | 14:59
Cómplices
Da igual lo que hagas, lo solidario que seas, lo sostenible que sean tus productos; por un lado o por otro, eres cómplice de las guerras y del hambre en el mundo. Para que haya ganadores siempre tiene que haber perdedores. Y aunque puedas sentir que tu vida es muy vulgar, incluso deficiente porque no puedes comprar tal o cual cosa, eres un ganador. En el primer mundo todos somos ganadores, porque tu vida está relativamente protegida y casi seguro que nadie te va a matar por un trozo de pan.

Estamos en una torre de marfil, ajenos a todo, sin darnos cuenta de que las miserias que ocurren en el mundo son las que mantienen nuestro nivel de vida. Puedes hacer pequeños gestos, pero nunca será suficiente. Somos culpables.

Podemos hacer dos cosas: indignarnos o asumirlo. Puedes dar un donativo mensual a Intermon y limpiar tu conciencia; comprar productos tecnológicos libres de metales de sangre; buscar un huerto ecológico que no envenene la tierra y que no funcione con semillas patentadas que alimentan el monopolio; puedes hacer muchas cosas que, básicamente, son caras y no sabes hasta que punto cambiará el mundo. Lo cómodo es asumir que nuestro modo de vida es tóxico para alguien, no sabemos exactamente para quién, pero como no lo vemos... ¿Qué digo? Lo cómodo es “ojos que no ven corazón que no siente”.

A veces me quedo mirando como descarga agua la cisterna -ejercicio poco romántico- y veo los 20 litros de agua irse, literalmente, por el váter. ¡20 litros de agua! Además, agua cristalina. Líquido por el que todavía se matan pueblos entre ellos; por tener el control de un pozo de fango. Pueblos que beberían directamente de la taza de tu baño si pudieran ir a tu casa. Que no te quepa duda de que para que al grifo de tu casa llegue agua totalmente transparente, directa o indirectamente, hay alguien que tiene que caminar cinco kilómetros hasta un arroyo insalubre.

Cuando gran parte del pueblo alemán descubrió lo que pasaba en los campos de concentración, se echaron las manos a la cabeza y lloraron arrepentidos. A nosotros nos lo ponen todos los días en el telediario y aún así, no reaccionamos. Niños muriendo entre moscas en zonas en las que hay recursos, ríos hipercontaminados, bosques talados... todo para mantener nuestro estatus. Insisto: ¿qué puede hacer un sólo hombre contra todo esto? Probablemente luchar y morir en el intento; quizás cambiar algún matiz y motivar algo de progreso, pero los caminos del mal y la avaricia son inescrutables y se volverán a abrir paso.

Somos una especie de pijos sádicos involuntarios, con nuestros problemas del primer mundo, malacostumbrados, comodones y vagos. Unos nazis. Lo tenemos delante de nuestros ojos y nos engañamos. Somos cómplices por omisión.

¿Ya lo habéis asumido? Es difícil darnos cuenta de la clase de monstruos que somos. Vale, es culpa de los gobiernos y las multinacionales, pero ¿estaríamos dispuestos a renunciar a nuestro confort en detrimento de un tercero? Si sabes la respuesta a esa pregunta, ya sabes si eres partícipe de todas las desgracias.

La próxima vez que compres algo muy barato, piensa que lo más seguro es que haya gente sufriendo por que eso sea así: esclavismo encubierto, inseguridad laboral, explotación infantil; ¿vas a dejar de comprarte ese trapito? Hombre, por favor, si es monísimo.

Yo lo tengo claro, soy un secuaz más en este sistema. Un hijo de puta con problemas de remilgado, que no sabe lo que es que se te muera un hijo por una infección que en mi pueblo te curan con dos pastillas. Un consentidor, un cómplice, un asesino.



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