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Opinión-Editorial

De peatones va la cosa

4 de Septiembre | 10:21
De peatones va la cosa
Van y vienen, salen de las alcantarillas, resurgen de una paralela dimensión y aparcan al borde de la acera, se mueven entre los yerbajos de las medianas, apoyados en los Ginkgos de las rotondas. Oscuros, corcovados, arrugados, cojitrancos, miran a su alrededor y nos tienen fichados. Parecen normales pero no lo son. Lo mismo les da por ir flechados como ir a paso de tortuga, evaluando el límite de paciencia de quien se les ponga por delante. Y dentro de este tipo de entes podemos estar cualquiera de nosotros que en un momento dado, sin percatarnos (porque encima la conversión no avisa) nos transformamos: también surgimos de las alcantarillas, venimos y vamos, nos situamos al borde de la acera, y entre las medianas…

El “National Geographic” ya ha hablado de este acontecimiento, los documentales de la 2 han filmado sus pasos, equipos de zoólogos, bioquímicos, botánicos y naturalistas varios les persiguen con libretas, cámaras de fotos, y adminículos propios de sus respectivas áreas de conocimiento. Por consenso se ha determinado el nombre de esta nueva especie, denominada Peatonys porculeris (siguiendo la nomenclatura de Linneo) y de nombre vulgar, Peatón.

Esta especie recoge varias razas con características muy peculiares. El más común es quien va a paso ligerito, pisando las franjas blancas, mirando hacia el frente, como en una pasarela de modelos, muy digno o digna, con un pequeño recelo a posar la mirada en el conductor que se haya parado permitiéndole el paso. Por supuesto que están aquellos conductores veraniegos, colorados como gambas, que se quedan fijos frente al paso de cebra, los más benévolos pensando que cumplen el código civil, pero los más espabilados bien saben que no es así: contemplan cómo el soplido débil de una esporádica ventada caliente del estivo pacense eleva la falda de alguna peatona… De todo hay. Los menos comunes son los peatones eclesiásticos, aquellos que antes de cruzar se santiguan quince veces y mantienen en un dilema al pobre del conductor que se haya parado sin saber si cruzar o quedarse como está: “¿Cuántas veces se va persignar esta persona…?”, piensa impacientemente.

¡Oh! ¿Y cómo no, estimados quienes me lean, y quienes no… también, esos seres que tienen un problema craneal y padecen un complejo de avestruz? Nada más y nada menos que ese grupito que se coloca en su paseo unos grandes cascos para escuchar música, y viven en su propio mundo, en el que poco importan las normas de tráfico, que se lanzan al cruce poniendo en riesgo su vida y la de los conductores, y mueven el cuello al ritmo de la canción (un avestruz en toda regla). Destaca también el peatón Zombi, así se le ha bautizado, los que salen de su casa mirando la pantalla del móvil (muchas veces apagada) y atraviesan el peligro: un paso de cebra sin inmutarse de los coches que se lo pueden saltar sin problema, pero comentar en el Instagram o darle al “Me gusta” al Facebook que no falte. Son los sumisos, que han asumido que las tecnologías son inteligentes, como la mayoría de esta sociedad evolucionada (o involucionada), que está efectuando un progresivo trasplante cerebral, cediendo la materia gris a los microchips, discos de memoria y teclados de los aparatos listísimos. Esos diarios virtuales que constituyen el apoyo de los tontos del uracho que necesitan inmortalizar cualquier evento con una dichosa foto cuyo objetivo es saltar a las redes, y comenzar una competición viendo quién es el que más favoritos consigue y otras cosas estúpidas, o quién hace el mayor comentario pelotero digno de una paliza por cretino, a lo “Cada día más guapa, Fulanita”, “Qué bien se te ve, Menganito”, cuando a lo mejor han visto a la tal Fulanita o al Menganito el día antes… Y los filósofos y pensadores que lanzan frases que ya se las podrían guardar en sus cajones en lugar de hacer el ridículo mostrándolas en público… En fin, todas estas características propias del peatón Zombi, distinto al Fantasma, que no sabemos aún dónde, Iker Jiménez está investigando, nacen de la nada y se plantan en el asfalto tiesos, esperando bien que el coche pase y les arrolle o bien que se pare y les conceda una vida más.

Y porque estoy muy metido en el tema de los coches, que también caben citar otros de distinta índole, como las calesas de enamorados, en las cuales el caballo que tira de ellas huele de pronto a un pijo saliendo de su escuela de Equitación, con las patillas ridículas y los pantalones ajustados, el polo maniáticamente planchado, y manos resbaladizas untadas con “Aloe Vera”, y resulta que entre tanta colonia de Giorgio Armani aún queda un pequeño hilo de olor a yegua. La mala suerte es que coincide con la época de celo del caballo de la calesa que sin venir a cuento se revoluciona y persigue desesperadamente al pijo, a quien se le ha caído el jersey atado al cuello, vuelve a sudar echando a perder su carísimo polo, y la densa colonia se mezcla de hedores impropios para su clase (porque los pijos también sudan, por si no lo sabían). ¡Ah! Y detrás de este panorama, un chaval grabando para Facebook y poniendo: “Cuando el amor es ciego”.

No se me pueden olvidar los ciclistas, porque servidor fue uno que abandonó su bicicleta desde aquel encontronazo con un peatón, el peor de todos, el que no tiene consideración por la vida ajena, como los camicaces: el peatón Suicida. Sí, ese hastiado, amargado, apesadumbrado, que decide no volver nunca más a casa, y se abalanza sobre el vehículo que circule (algunos son muy listos porque se dejan caer en el capó y aprovechan para transportarse por la ciudad hasta donde mejor les venga, punto en el que saltan y regresan a la acera). El peor enemigo de este monstruo transeúnte es el ciclista. Desgraciadamente salí con una bici por la Avenida de Elvas, una mañana fresca de julio, cuando un hombre de cuarenta años saltó sobre mí desde un matorral gritando: “¡Por mi mujer y mis hijos!”, desestabilizó mi equilibrio y enturbió mi mirada, pues tal y como se enganchó en mí solo me permitía en mi campo de visión tener bien presente su paquete recogido en un pantalón vaquero de la talla cuarenta y ocho. Por cierto que el señor no sufrió ningún rasguño, no como el ciclista…

Existen muchos más ejemplos de la especie Peatonys porculeris, pero estos son los de mayor envergadura y quienes mejor dan constancia de su presencia en la ciudad de Badajoz, aunque también se puede extender a otras que de seguro confirman lo que acabo de relatar.



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