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Opinión-Editorial
LA PUERTA DE TANNHÄUSER

Necesito un cortauñas

1 de Septiembre | 18:13
Necesito un cortauñas
Desde hace largo tiempo llevo intentando enarbolar una pequeña reflexión bajo el paraguas de semejante título.

Dicha frase está repleta de un simbolismo emocional grande para mí, que me reservo para mis adentros, aunque quiero seguir manteniendo tal envoltorio. Mi intención es centrarme en la esencia misma de la idea del debate que recoge esa oración.

Aviso para navegantes: esto que planteo es más un testimonio que una opinión, que surge desde mi propia experiencia, y por lo tanto, hablo desde dentro hacia fuera, y de esta manera pretendo quedar muy claro que NO hay que tomar lo que aquí se plantea como un intento de construir un axioma universal. Es, simplemente, una opinión más, probablemente de uno de los renglones torcidos de Dios, pero que me gustaría subrayar. También existimos entre la multitud, y poco a poco, vamos poblando la tierra. Puestos a exponer, que conozcan todas las aristas. 

Abrimos la puerta de chiqueros al tema  “de la igualdad entre géneros”, un asunto sobre la que muchos y muchas (expresión que no soporto pero que utilizo aquí a modo de ironía), han construido ideologías enteras. 

Aquellos y aquellas (no lo puedo evitar, lo siento) que se enrollan en tal bandera, dicen vivir en un mundo en el que la supremacía de la testosterona es la que rige todos los designios del mundo civilizado, y que esta hormona gonadal es la piedra filosofal que sirve para someter al resto de los mortales.

Creo que ese planeta al que aluden los defensores a ultranza de tales doctrinas, no es en el que yo vivo, y lo digo con pura convicción de mis sentencias; es más, pienso que es de una irrealidad insondable, porque siendo yo miembro del supuesto colectivo favorecido por el acervo cultural rancio que tenemos, y que habría llevado a esta situación de asimetría entre géneros a favor “de los míos”, jamás me he sentido yo como un ser privilegiado (a Dios gracias, por cierto).

Es cierto que mi experiencia es un grado… atípico según me dicen, aunque un grado, al fin y al cabo. Procedo de una familia numerosa de seis miembros, con cuatro hijos varones en una escala temporal de tres años entre cada uno de ellos, que yo soy el mayor y que como tal, siempre he tenido que asumir el papel preponderante en cuanto a las responsabilidades, y que mis padres siempre me han educado en la cultura del esfuerzo y en la necesidad de buscarse la vida por mis propios medios. Todo ello puede haber influido a la hora de curtirme en aquello de ser un servidor de los deberes, y de vivir muy poco del bienestar de mis supuestos “derechos de género” que asegura supuestamente la cultura cañí, pero por lo que veo a mi alrededor, mi caso no es único.

Yo, como el resto de individuos que hemos crecido de esa manera, he intentado trasladar estos mismos valores de igualdad innata a mi entorno más cercano, porque realmente es en lo que he estado siempre. Aunque a mi no me tocaría afirmar semejante aseveración, y a pesar de que se me tilde de presuntuoso, en lo que a mi respecta, creo haber jugado siempre un papel cuando menos equilibrado en todos los asuntos “genéricos”, incluyendo el compromiso de las relaciones paterno-filiales y las “desagradecidas” tareas domésticas, de lo cuál me siento muy orgulloso, por cierto.

Esta situación la extiendo a otro ámbito como puede ser el laboral. Tampoco en mis respectivos y sucesivos entornos de trabajo he visto esas desigualdades de las que se hablan; en mi caso (debo ser un extraterrestre), siempre he estado rodeado de buenísimas compañeras, que han desempeñado sus labores de forma óptima, por lo tanto no tengo hechos probados de que exista ese supuesto mundo asimétrico del que nos hablan en el mundo del trabajo.

No niego que no exista esa desigualdad que supuestamente contamina estos nuevos tiempos, pero sinceramente pienso que la situación está cambiando notablemente y que existen más brotes verdes que barbechos, a pesar de que la sociedad aún sigue anclada en mantras que hacen que ciertos derechos queden negados a todos los individuos por igual, dada la discriminación positiva a favor de unos sobre otros, y que actualmente persiste incluso dentro de nosotros mismos.

Es por lo tanto mi objetivo en este escrito, hacer de abogado del diablo, de subversivo si me apuran, criticando abiertamente el escenario del que hablan los que luchan por la igualdad de oportunidades entre el hombre y la mujer siempre desde la posición feminista de la realidad. Hablo desde el balcón del siglo XXI, y desde las experiencias de mi propia vida, desde mí día a día.

El debate está servido.

 



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