Publicidad en
25 de Noviembre. 08:52 horas
Facebook El Correo Extremadura Twitter El Correo Extremadura  
 
Últimas noticias de actualidad de Extremadura en El Correo de Extremadura
Ir a Inicio
 
Opinión-Editorial

Estar solo no es estar loco

30 de Agosto | 17:59
Estar solo no es estar loco
Por razones que no vienen al caso, mi empresa me mandó unos días a Huelva a hacer unas cosas que tampoco vienen al caso. El caso, que si viene al idem, es que me vi sin mi familia y amigos, relacionándome con gente de manera estrictamente profesional; y en los ratos de ocio y comida, me vi vagando por centros comerciales y franquicias baratas de restauración.

Hay gente que no concibe el hecho de sentarse solo a comer en un bar o a ver una película en el cine. Hay algún tipo de convención social que nos aleja un poco de hacer cosas en solitario. Hay una especie de prejuicio hacia el que camina sin compañía por la vida: es raro; es antipático; está loco

En situaciones puntuales siempre me ha dado igual estar solo. De hecho, me gusta la soledad. Pero como en todo, el veneno es la dosis, no el principio activo.

Cuando me ha gustado una película, he ido a la sala de turno a verla a toda costa, se apuntara alguien más o no: “Yo no podría”, me han dicho más de una vez. La mayoría de la gente necesita a más gente para hacer algo, y es comprensible. Es importante que os comente que una vez fui al cine y un tío había comprado tres entradas para él, para sentarse en medio de dos butacas vacías. A lo mejor eso sí es estar loco... o tener mucho dinero, vete a saber. Pues bien, lo que os decía, que la soledad puede ser hasta buena; siempre que no sea impuesta o no dure demasiado si es así. 

No negaré que miro con un pelín de reticencia a los que comen solos en un McDonald´s, sin llevar una corbata de nudo gigantesco que demuestre que están en el descanso de sus trabajos escasamente remunerados. No sé si es discriminación o falta de costumbre. Nadie puede decir que no se pregunte qué historia hay detrás de una persona sin comitiva. O será que soy un cotilla. 

Al poco tiempo de estar por allí y una vez cumplidos mis compromisos laborales del día, los paseos y las visitas a las tiendas ya se me antojaban aburridas. Os podrá parecer mentira, pero puedes llegar a echar de menos el jaleo que forman tus tres hijos en casa. Por suerte podía matar el tiempo leyendo y jugando a mi consola portátil, pero estos actos individuales me parecen demasiado intimistas como para practicarlos en público; quiero decir, llegado el punto en el que tu soledad es obligada y dura más de la cuenta, me sentía un poco raro sentándome en un banco de un parque o en la terraza de un bar a hacer esas cosas. Es como aceptar que la soledad te ha ganado. Supongo que al final es como una larga enfermedad a la que sucumbes y aprendes a vivir con ella. 

El colmo fue cuando tuve el domingo libre: había sesión matinal y me colé en el centro comercial una hora antes, por el simple hecho de que no tenía nada que hacer. Estaba todo cerrado, incluidas las taquillas. El seguridad me miraba un poco raro y me dedicaba una mirada de sospecha a cada paso por mi posición. Cuando abrió la sala, entramos unas doce personas; todas acompañadas, claro. Ya empecé a sentirme un pelín raro. Al terminar era la hora de comer y me apeteció tomarme una jarra de cerveza con unos montaditos de duduso contenido. Entre familias y parejas allí estaba ese tío, como un castillo —como dice mi madre—, solo, aferrado a una jarra de cerveza y a unos ridículos minibocadillos.

Como en una película de Alfred Hitchcock, todo empezó a dar vueltas junto a los susurros de las mentes de los parroquianos: “¿Cúal será su historia?”; “¿Qué hace ese tío con una camiseta de Superman ahí sin nadie?”; “Es un tío raro”; “No tiene amigos, es un antipático”; “Está loco”. Eso tiene un nombre, diréis: esquizofrenia. Es que me gusta exagerar, perdonad, tampoco es para tanto. Pero sí que llegué a empatizar con esos pobres solitarios a los que la vida ha obligado a deambular sin compañeros. Añoré mucho más a mi mujer, a mis niños, a mis padres y a mi agapornis. Y comprendí que no me gusta la soledad, me gusta la paz, que son muy diferentes.

Para terminar, os enseño una frase que escribí hace años para definir ese estado en el que no aceptas preguntas ni consejos de nadie pero no quieres tener lejos a los tuyos. Daos la paz. 

   Hoy no quiero soledad, amigo; quiero estar solo conmigo y conmigo en compañía.




ElCorreoExtremadura.com | Todos los derechos reservados. Contacto - ¿Quiénes somos?
© EL CORREO EXTREMADURA
EN CUALQUIER CASO TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS:
Queda prohibida la reproducción, distribución, puesta a disposición, comunicación pública y utilización, total o parcial, de los contenidos de esta web, en cualquier forma o modalidad, sin previa, expresa y escrita autorización, incluyendo, en particular, su mera reproducción y/o puesta a disposición como resúmenes, reseñas o revistas de prensa con fines comerciales o directa o indirectamente lucrativos, a la que se manifiesta oposición expresa.