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Opinión-Editorial

La solidez de los recuerdos

3 de Julio | 11:50
La solidez de los recuerdos
El cementerio de Zamora está en la entrada de la ciudad, cuando se llega desde Salamanca. Cada vez que voy allí, entro a rezar una oración delante de la tumba de mis padres. Ayer hice lo mismo, “picaba” el sol de tormenta y una música viva se colaba por encima de las tapias que circundan el camposanto. Zamora está de fiestas por su patrón San Pedro, y como cada año el Festival de Rock se celebraba en el estadio de fútbol, ubicado enfrente, al otro lado de la carretera. 

Estaba el aparcamiento, pues, repleto de coches y grupos de aficionados, con su estética negra y característica, hablaban sentados cerca de las tapias, por fuera del recinto en el que el tiempo se detiene para siempre. Bebiendo de los botellines de cerveza que tenían en la mano, y todo era una verdadera metáfora demostrativa de que la vida vence a la muerte, sin discusión, ¡y allá los muertos por haberse muerto! 

Zamora tiene para mí el encanto de lo propio, de lo familiar, entretejido de recuerdos afectivos de todo tipo. Fue, también, mi punto de salida hacia la conquista de un mundo nuevo que entonces se me antojaba grande y dichoso, como sin duda lo fue. En mis primeros años, la vida giró entre ella y el pueblo de mis padres, lugar este último entreverado, para mí, de romanticismo y de “elogio a la aldea”, que cambiarían cuando por ley natural las abuelas fueron desapareciendo. El último año de mi madre, ella se empeñó en ir a dar una vuelta a la casa familiar y la recuerdo dichosa por tenernos con ella en aquel verano sereno y ahora se por la propia experiencia, lo qué pasaba por su cabeza de mujer recia y valerosa frente a su soledad, aunque nunca lo dijera en voz alta.   

Dice Beigbeder que usamos la lectura para hacer desaparecer el tiempo y la escritura para retenerlo, y algo de eso hay en cada uno cuando tratamos de nosotros mismos, un intento de aprisionar el pasado y el presente porque a veces se superponen a modo de círculos por los que transitamos. El futuro puede que ya esté aquí. O no y nadie sepa con total exactitud cómo diantres imaginarlo, en esta evolución exponencial de conocimientos y situaciones de progreso, cada vez más alejadas de la mayoría de las personas.

Porque hay un cierto miedo a la imaginación de los humanos. Todo cuánto estos han ido creando con la mente, incluida la aridez en determinados asuntos del siglo XXI, se ha hecho realidad. El gran hermano, los viajes al espacio, las investigaciones biológicas, los ordenadores y las bases de datos, los robots y sus leyes… todo ello constituyen argumentos de libros de ciencia ficción que cuando se leyeron por primera vez nadie los vio como algo factible y real. Y ahí están. Descabalgando los viejos pronósticos. 

Así que yo voy a Zamora para reconocerla y reconocerme en cada uno de los parajes unidos a mi propia historia vital, a mis raíces, porque no es cierto (o al menos yo así no lo veo) que no tengamos patria, que la nuestra esté simplemente en los otros. Sobre todo, porque no se sabe muy bien, en la vida de cada quien, quienes son éstos de manera segura, ya que los vientos levantan tempestades profundas arrasando con todo.

Nadie te enseña estas cosas, se aprenden solas de manera intuitiva desde el corazón. La orilla del rio, un banco, una pared… encontrarlos forma parte de las labores de reconocimiento que, sin planificación alguna, realizo siempre que voy. Están ahí y eso basta.

Carmen Heras



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