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Opinión-Editorial

Toros sí, por supuesto

29 de Junio | 13:24
Toros sí, por supuesto
Toros sí, por supuesto. ¿Tauromaquia sí? Vamos por pasos: hay gente que dice que para dormir la siesta lo mejor es una buen Tour de Francia, para mí siempre fueron las corridas. Las relaciono con tardes de hastío y siesta de mosca cojonera, pero más allá de eso nunca me sentí antitaurino —ahora te pido que leas todo el artículo antes de dejar un comentario o de emitir un juicio de valor—. La tauromaquia ha estado presente siempre en nuestras vidas, lo veíamos como algo normal, en contadas ocasiones había alguien que se declaraba abiertamente en contra aduciendo el derecho de los animales; resultaba incluso cómico.

Nunca me cupo duda de que ese animal sufriera, nunca pensé, como dicen algunos, que no siente las banderillas atravesarle la piel o la espada reventarle el corazón. Nunca pensé que fuera así. Tampoco he ido a una plaza de toros, donde dicen que el bufido del toro deja en evidencia lo anteriormente explicado. Pero aún así, no me sentía antitaurino. Vengo de la España del toro y la flamenca encima de la tele, donde matar a un bicho de 600 kilos en una lucha, que considero desigual, era nuestro pan de cada día. De algún modo, la mayoría de la vieja escuela encontraba eso un espectáculo lícito. Lo achaco a que somos la última generación antes del entretenimiento masivo, era difícil ver conciencias despiertas en el asunto del maltrato animal. Atarle latas a un perro en el rabo, amarrarle un hilo a la cola de una libélula... el espectro del respeto a la vida ha cambiado. Tenemos que asumirlo, igual que la sensibilidad hacia todo es diferente. Sí que considero que a veces tenemos la piel muy fina y quizás por eso se desvirtúan ciertas cosas; muchas de ellas casi siempre tienen que ver con los niños y la sobreprotección del entorno.

Muchos de los que hoy se consideran antitaurinos, y tienen más de 30 años, alguna vez fueron tolerantes con la “Fiesta Nacional”. Esa es la palabra: tolerancia. Hasta hace poco hemos tolerado bastante bien el maltrato a los toros. Teníamos cierta adoctrinamiento en cuanto a que su cometido era ese: morir en la plaza a manos de un torero. Y no nos engañemos, hay un gran porcentaje que tiene una especie de adrenalina ajena en ver que el matador sea herido. No nos engañemos, vuelvo a repetirlo. El ser humano es así: morboso y malvado.

No me alegra la muerte de nadie, pero no me apena casi ninguna. Apenar en el sentido que me afecte hasta tal punto de tener que encerrarme en la habitación a llorar. No me apena la muerte de un torero, pero es que yo terminé el primer plato y empecé con el segundo entre impacto e impacto de las Torres Gemelas. Es así, tenemos la epidermis de cota de malla para ciertas cosas. ¿La Madre Teresa? A los cinco minutos ya no me hubiera acordado si no lo hubiesen repetido en todos los telediarios. El problema es cuando te molesta más la alegría de unos por una muerte que la muerte en sí, entonces de qué hablamos, ¿de una lucha de principios o del duelo por un desaparecido?

La frase más grande respecto a este tema la pronunció Joaquín Sabina: “no discuto con antitaurinos porque tienen razón”. Claro que tienen razón, pero hay una realidad innegable que hay que adaptar a los nuevos tiempos. En Inglaterra quitaron la caza del zorro y tenemos que dar una imagen de país avanzado; pues mira, por ahí podríamos dar una lección al mundo. Pensemos. Si de mí dependiera, la tauromaquia no desaparecería, la cambiaría muchísimo, eso sí.

Dicen que el toro de lidia desaparecería si no se toreara. Que va, amigos. Vivo en un pueblo de 200.000 habitantes cuyo zoo está rescatando al lince ibérico de la extinción. No seríamos tan tontos de dejar morir a semejante especie y de deshacernos de un símbolo tan potente. Sí que estoy de acuerdo en que el mundo del toreo hace mucho por que el toro siga existiendo, pero el precio es demasiado alto. Hay que cambiar el modelo, llámalo si quieres modelo de negocio; igual que las costureras se adaptaron a la invención de la máquina de coser o el mundo del transporte público debe lidiar con Uber y Cabify. Hay que dejar de matarlos en plazas con público, hay que encontrar un punto medio, en el que, por desgracia, el toro se exponga a engaños y filigranas pero siga creando espectáculo. Y quizás ese sea el gran dilema: hacer de la muerte una diversión. Sangre y arena. El modelo se está quedando obsoleto. Normal que haya tantos detractores —provocado por la hipersensibilización de la sociedad o no—, pero no cabe en esta etapa de la humanidad occidental civilizada.

Creo que he visto más ikurriñas y banderas independentistas en Sanfermines que en ningún otro sitio, por eso no creo que el activismo animalista se trate de un asunto político. Tampoco es fiesta nacional, ni una fiesta como dijo el tito Ernest, es simplemente tradición, pero estas deben adaptarse a los tiempos. Por el mismo motivo que ya no es legal pegar a los hijos o a las esposas, no debería de serlo matar a un animal de esa manera.



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