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Opinión-Editorial

La tierra

19 de Junio | 10:20
La tierra
Dice Joaquín Araujo que la tierra ama nuestras pisadas y teme nuestras manos y debe ser verdad cuando él lo dice. También en este asunto la doble vara de medir dirige los actos de media humanidad, con discursos bellísimos y acciones descuidadas por doquier. 

Hace mucho calor, demasiado, en este mes de junio, al que aún no llegó el verano del calendario, pero si el metereológico, y en ciudades como Cáceres, sin un río que equilibre un poco las temperaturas, arrancamos desde las primeras horas con máximas que los cuerpos resisten como pueden, entre aires artificiales, porque los otros se han ido de excursión a sitios lejanos. Mucho más verdes, más frondosos, con más arboles. 

De acuerdo a la más estricta tradición, en mi casa siempre se ha amado la tierra. Entiendo perfectamente a mis viejos conocidos que, al jubilarse, se hacen con un pequeño terreno y siembran tomates, cebollas, lechugas... por el único afán de verlos surgir de pequeñas semillas o plantas, en el más puro milagro de la Naturaleza. 

"No podemos dejar sin cultivar la tierra" -decía mi padre- y ello significaba compra de semillas y plantas, viajes, trabajo y riegos, que en tierra de secano, como es la mía de origen, eran toda una aventura de cansancio y sacrificio, para él y para mí madre que lo acompañaba. 

El campo, las fincas, los árboles, el ganado...entraban dentro de los acuerdos entre familias, de las bodas, de la "sangre azul" de los pueblos. Hoy todo ello ha cambiado, pero llegan los emigrantes nativos de un determinado lugar y se hacen una casa en el "cortino"que heredaron de la familia, para mantener, aún de forma inconsciente, las raíces y la proximidad anímica y afectiva a sus orígenes. 

La tierra, incorporada incluso al léxico diario: "a los niños, como a los arbolitos, hay que enderezarlos de jóvenes..."(educando); "hija, debes cuidar la viña" (en clara alusión a que debe estarse pendiente de amigos y aliados); "oveja que bala, bocado que pierde" (contra los habladores en exceso). Y tantos y tantos dichos enraizados en las tareas cotidianas, con metáforas seguras. Y parábolas ciertas. 

El otro día contaba la periodista Lucia Méndez como su madre la había protegido del tremendo trabajo que todo lo anterior conlleva. También lo hicieron conmigo, jamás dejó mi madre que saliese al sol a recoger las parvas o las patatas o las uvas. Porque decía que yo debía dedicarme a otras cosas más productivas para mi futuro.   

Pero todo ello no ha clausurado en mi el respeto a una de las bases mismas de la existencia. Y aunque ahora, en muchos lugares, el término rural está infravalorado, que duda cabe que habrá que volver sobre los propios pasos para aprovecharlo. De otra manera, con herramientas actuales y operativas. Sobre todo si el paro sigue y la política  comunitaria de restricciones no da respiro alguno.  

Carmen Heras



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