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Opinión-Editorial

Tengo un agapornis y sé cómo usarlo

7 de Junio | 11:37
Tengo un agapornis y sé cómo usarlo
Este artículo sobre el amor a los animales iba a titularse Hermano Lobo, pero entre referencias no solicitadas y la seriedad de la denominación, he decidido llamarlo de otra manera; y parece que ha hecho efecto porque de alguna manera he llamado tu atención: ¿Quién será ese agapornis? Ahora vamos con ello. 

Hay gente que, en tono despectivo, dice que algunos “quieren más a los animales que a las personas”. Dejando a un lado los ultradefensores de los derechos de los animales, os diré que yo soy amante de los mismos; pero sí que opino que un animal es un animal y que debe tener su sitio. Eso no quita que pueda llegar a querer a un perro como si fuera de mi sangre, de hecho me ha pasado varias veces... y creo en que merecen una vida y una muerte digna. 

He tenido tres perros -hay quien dice que no se poseen como si fueran objetos- cuatro hamsters y ahora tengo un agapornis. He llorado amargamente por la muerte de muchos de ellos, porque ese es el gran problema de las personas que tenemos sentimientos. No se trata de que te gusten o no los animales; se trata de que seas capaz de desarrollar amor, simple y llanamente. El respeto y el cariño hacia los animales dice mucho de la calidad de una persona. Y sí, lo digo taxativamente porque no me cabe ninguna duda de que sea así. Si no eres capaz de tratar adecuadamente a, por ejemplo, un gato, difícilmente puedas hacer lo mismo con el resto de seres. 

Es curioso como el afecto que se profesa hacia una criatura no es proporcional al tamaño de esta. Crees que vas a querer más a un caballo que a una tortuga, pero no, resulta que es como con las personas. Midas dos metros o peses 40 kilos, el amor es el amor y se adapta al recipiente. Esto venía porque tengo un agapornis, que sí que os lo he dicho... vino un día a la ventana y se quedó para siempre, lo llamamos Coky. Mis hijos lo adoran, como si fuese un hermano más, y a mi mujer y a mí nos trae locos. Saluda cuando llegamos de la calle, pide que lo saquen de la jaula, da besitos, revolotea por casa, ya conocemos sus estados de ánimo y... ¿Esto está sonando muy “cucú, alerta zumbado”? Pues seguro, es difícil comprender que exista tanto apego hacia un bichillo. Luego están los que tienen 60 gatos, pero, oye, ellos sabrán. 

Los animales completan nuestra vida y forjan nuestro carácter. Siempre me acordaré de Skooby, un caniche mestizo blanco que vivió con nosotros nueve años. Era cojo, el cachorro más feo de toda la camada y que nadie quería, pero se vino a casa con nosotros, porque todos merecemos una oportunidad. Forma parte de la historia de nuestra familia. Ellos son entes que están ahí y de alguna forma aportan algo. Son dependientes y te prueban como ser humano, tu moral, tu conciencia, tu responsabilidad... de alguna manera, no aprovecharnos de nuestra posición de poder demuestra nuestra grandeza. Son necesarios. 

Esto me está saliendo un poco desordenado y a lo mejor sin mucho hilo conductor, un poco salvaje. Pero no quiero dejar de nombrar en este texto a mi tía Camino: amante, ¿qué digo? apasionada, entusiasta, etc. de los animales. Imaginad un gato, un Schnauzer gigante y un gallo, todos juntos en un piso en Pamplona, de lunes a viernes y un viaje de 90 kilómetros al pueblo todos los fines de semana. Y mi primo Eduardo que era un poco cabra. Eso es amor. Sí, he dicho un gallo. 

No deberíamos entender nuestra historia sin ellos. Nos ayudan, nos cuidan. A veces son la única compañía de una pobre anciana a la que sus hijos empezaron a ignorar hace mucho. Otras esperan en la puerta del hospital a que salga su amo, al que se llevan por la puerta de atrás con una sábana por encima. Muchas, por desgracia, son los fieles e irreductibles compañeros de un mendigo que solo puede darles un trozo de pan duro.

Los animales son buena gente.


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