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Crónica interior lorquiana

2 de Junio | 11:09
Crónica interior lorquiana
Con el tabanque en las manos, duerme parece que plácidamente. De fondo una lona blanca arrugada, y ella, la apoteósica estrella que viaja desde Almendralejo, rutilando por todas sus partes y más por la palabra viva, fuerte, contundente, atroz y poética que cede las enjundias ocultas de la tradición lorquiana. Parece que duerme, y sigue con ese tabanque que da a luz el grito mórbido de las mujeres secas, de montañas secas, de un cuerpo seco… Sencillamente, “Yerma”. Y no duerme plácidamente porque un energúmeno entra repentinamente en el estreno de esta obra de Federico García Lorca, que la está viendo en ese preciso instante junto al último amor de su vida: Juan Ramírez de Lucas. El desaprensivo viste camisa azul, alza la mano con un: “¡Arriba España!”, e intenta boicotear el prometedor estreno de la citada obra.

Desalojado el individuo, Yerma, la Xirgu, Margarita Xirgu, se coloca frente al público, muestra sus disculpas y reanuda la función. El Teatro y la palabra de muchísimas mujeres baldías sobreviven al grito tenebroso del odio y a los bufidos del tiroteo de la conflagración franquista. Concha Rodríguez nos regala un momento maravilloso de recreación histórica, rememorando lo acontecido en el Teatro Español. Concha, apartando, escondiendo en un oscuro cajón su faceta cómica, dicharachera, su simpatía, deja aflorar un resquicio atrincherado de catalana antipática, como le dijera su amiga Pura Ucelay, y sangrar en el aire todo lo contenido en ese dramatismo lógico de sus venas para una amante del teatro como es ella. Tiembla su voz, tiemblan sus entrañas, sus manos trémulas se alzan para soltarse el cabello, dar un soporte a su perorata de desesperación, por su carne árida, por su condición de mujer estéril. Se tira al suelo, y con la angustia de la impotencia, lo golpea, se vuelve loca. Concha Rodríguez no es solo una actriz cómica con capacidad envidiable de hacer reír al público. Es una actriz que con la sutileza de presencia modesta, hace vibrar al público, provoca en cada una de las butacas una charca de lágrimas que se va rompiendo en miles de surcos aguados que empapan las mejillas. Además, el estómago emite una serie de gruñidos, revuelto por la potencia catártica del jipío de Concha.

Ese efecto de tapar el tan conocido cómico jaez ocurre en el resto del elenco. El camaleónico JC Corrales, tras haberle visto de Rafael, de vendedor de adminículos, Rodrigo en “Por siempre Rocío”, del sinfín de cosas en las que se transforma, nos otorga una imagen lorquiana buenísima, y en muchos movimientos consigue concedernos una especie de fotografía del mismísimo poeta en sus círculos más íntimos. Un Lorca humano, un Lorca apasionado. Queda eliminada la figura ostentosa de dramaturgo serio por el plomo de su nombre: FEDERICO GARCÍA LORCA. Vimos a Federico, un hombre que cae en el odioso hechizo del amor y por el que muere, su Juan Ramírez de Lucas, nombre aristocrático, mancebo que seduce al famoso escritor recitando versos de “Peribáñez y el Comendador de Ocaña”, chico al principio atolondrado, perdido, sintiéndose fuera de lugar entre tanto artista y talento, y poco a poco va ganando su peso en el ritmo de la función: Miguel Pérez Polo, joven actor que nos sorprendió.

Entre tanta tragedia por los episodios acaecidos: cristales rotos, tiros, luz roja que envuelve en una atmósfera mortecina, suceden la gracia natural y partes jocosas: Maruja Argüelles, cupletista, cantando de forma afrancesa “La Guegadega”. Genialmente interpretada (y no hace falta decir cantada, pues es obvio en esta mujer) por Raquel Palma. Extraordinaria y emocionante aparición la de su personaje violado y mancillado como espectro, contemplando con un aura blanquecina la faz atormentada de su amor, Otoniel Ramírez Lucas, interpretado por Javier Herrera, quien hace una majestuosa intervención agónica, apoyado en una muleta, maldiciendo la intransigencia y la injusticia de un país sin progreso. Su llantina intenta ser consolada por la dulce y melosa voz de Pura Ucelay, y hago esta adjetivación vocal pues es característica de Ana Franco: no solo un amplio abanico actoral, sino vocal, sumerge en un momento de paz a todo espectador que la escuche.

Este equipo que explotó en el López de Ayala su nube magistral talentosa estuvo ataviado por una caracterización y vestimenta de la famosa Pepa Casado, a quien agradecemos ese cuadro que consiguió formar, por supuesto tomando parte de ello el escenógrafo Nacho Lobato, la música tan necesaria de David Lerman, el cambio de escenas y de momentos por el diseño de luces de David Pérez.

¿Qué sería del teatro sin esos magníficos diseñadores de luces, vestuario, maquillaje y escenografía? 

Cabe destacar el culpable de todo este conjunto, si se puede decir con una palabra, literario. Y la empleo porque el director de la obra, José A. Raynaud, puede presumir de perfecta sintonía, simbiosis y armonía con el texto LITERARIO. Ha entendido los matices del mismo, la simbología del autor, e incluso nos ha sorprendido y ganado nuestra atención con el fortísimo comienzo, la precoz escena de los actores envueltos por la bruma del limbo, confusos por sus voces, por el piano envuelto por la sábana empolvada, percutido, una vez descubierto, por los potentes dedos de García Lorca. Un “Anda jaleo” fantasmagórico y fúnebre, con los rostros cuales retratos barrocos con pinceladas lúgubres de final desdichado. Aunque en esta obra nos ofrezcan un haz de esperanza, con un encuentro en otro lugar de todos los amigos y amantes de la Cultura. Unos abrazos de saludo y besos de pasión mientras oíamos “La Tarara”. Gracias al director por esta hazaña, por habernos traído esta pieza inolvidable y por haber comprendido las claves de una obra de teatro, un texto espléndido, escrito por uno de los grandes contemporáneos: Miguel Murillo Gómez. Creador de “Perfume de mimosas”, cuyo aroma a muerte se despedía por algunos rincones de la obra a la que me refiero, “El último amor de Lorca”. Ese hedor a pasado, ese polvo que se posa en los muebles, que se adueña de lo que ya tenía un dueño. Esas paredes mohosas que han guardado tantas voces, risas, y que en la expiración del hogar roban tantísimos recuerdos… La pluma “murillina” (perdonen que emplee este vocablo inventado, pero existe un universo con el estilo inconfundible de este dramaturgo) nuevamente destaca de entre las demás. Quién mejor que él para realizar un homenaje al padre de “Bodas de sangre”. Así como en “Perfume de mimosas”, a la que me he referido antes, se narraba la “crónica interior de una vida”, la del niño Víctor y su casa cerrada para siempre, (palabras textuales de su autor); Murillo, gentil y poético, tan constante en su afán por encontrar mediante el teatro una memoria que tenemos escondida en la mente o en el alma, escribe la crónica interior de otra vida, la de Federico, una mirada introspectiva hacia su ser.

Para mozalbetes como servidor, para jóvenes que aspiramos a algo, es interesante y satisfactorio encontrarnos con maestros como él, con directores como Raynaud, con Margaritas Xirgu resplandecientes como Concha, y con fantasías lorquianas soñadas por Corrales. 

Gracias, equipo artístico, por lograr ayer que una platea llenísima volviera a creer en la magia del Teatro. 

¡Viva el Teatro!

 

“Voces de muerte sonaron

cerca del Guadalquivir.

Voces antiguas que cercan

voz de clavel varonil.

Les clavó sobre las botas

mordiscos de jabalí.

En la lucha daba saltos

jabonados de delfín.

Bañó con sangre enemiga

su corbata carmesí,

pero eran cuatro puñales

y tuvo que sucumbir.”

 

(“Muerte de Antoñito el Camborio. Romancero Gitano”.

Federico García Lorca).



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