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Opinión-Editorial

Por qué volver al Romanticismo en política

7 de Abril | 13:04
Por qué volver al Romanticismo en política
Estamos tan tristemente acostumbrados en las sociedades occidentales a delegar la fuerza decisoria del pueblo –la soberanía nacional, concepto en otro tiempo tan fundamental– en los partidos políticos de turno que la noción de participación social en lo político se nos antoja lejana y, de hecho, no hay quien duda en denunciarla como una suerte de irrupción violenta en contra del denominado sistema “democrático”, tantas veces invocado y ya acaso desgastado o caducado.

Muy al contrario de lo que suele pensarse, el Romanticismo fue un movimiento cultural fuertemente comprometido con el aspecto social de la realidad. Lamartine escribía, por ejemplo, en sus Recueillements: “Luego mi corazón, insensible a sus propias miserias, / se extendió más tarde hasta los dolores de mis hermanos”. Las revoluciones trabajadoras de 1830 y 1848 agitaron con fuerza toda Europa, y los grandes estandartes de la cultura alemana, pero sobre todo los de la francesa, no dudaron en dar pábulo a las justificadas esperanzas despertadas por una nueva conciencia de grupo que se mostraba por entonces floreciente y repleta de fulgor: frente al patrón o socio capitalista nacía la figura del asalariado.

El progreso, entendido como camino inexorable hacia la libertad, se implantó desde muy temprano en la mente de todos los románticos, que vieron en el ahínco humano por deshacerse de los grilletes sellados por atávicos prejuicios su más ferviente y colosal baluarte. El mismísimo Chateaubriand aseguró que sin libertad “no hay nada en el mundo, y sólo ella le da valor a todo”, e incluso los católicos más liberales de la época no dudaron en tomar como lema el célebre “Dios y Libertad”.

Si algo unió a las mentes más brillantes del período romántico fue la convicción de que se debía superar el sufrimiento humano injustificado. Así, Alfred de Vigni escribía: “Vive, fría naturaleza y revive sin cesar, / más que todo tu reino y que todos tus vanos esplendores, / amo la majestad de los sufrimientos humanos”. Un amor por el sufrimiento que debe entenderse, de nuevo,  como una vía de liberación contra una servidumbre artificial que los hombres se imponen entre sí a través de la religión, la política o la economía. Ya el ilustrado radical Holbach había dejado dicho, con su acostumbrada determinación, que “la ignorancia, los errores y los prejuicios de los hombres son las fuentes de sus males. […] La verdad es necesaria al hombre y el error sólo puede ser siempre peligroso. La verdad, tarde o temprano, debe triunfar sobre el error”.

El Romanticismo en su conjunto aboga por una participación política global, en todos los ámbitos de la acción humana, que sin embargo no tiene que ver en exclusiva con el compromiso con algún partido, secta o facción (al modo en que lo entendemos hoy). Lejos de esta cerrada y del todo parcialista (y hasta amenazante) posición –que fomenta sin duda la enemistad y el distanciamiento entre las distintas capas sociales y crea una conciencia de “malos” y “buenos”–, los románticos defienden un concepto de participación en los asuntos públicos que trasciende lo puramente político: la poesía, el arte, la filosofía, la literatura, todas ellas son instrumentos de los que se debe servir el ser humano comprometido con lo social para aligerar las pesadas cargas de la existencia en comunidad.

Un aspecto que observamos en el autor de Los miserables, Victor Hugo, quien en uno de sus poemas de 1831 dirigía las siguientes palabras al pueblo: “Odio la opresión con un odio profundo / así pues, cuando oigo, en cualquier rincón del mundo, bajo un cielo inclemente, bajo un rey asesino, / a un pueblo al que estrangulan, llamar y gritar, / entonces, ¡ah!, maldigo en su corte, en su astro, / a esos reyes, a cuyos caballos les llega la sangre al vientre”.   

La libertad debe mostrarse no sólo en el arte, sino también y sobre todo en la sociedad, allí donde el verbo fundamental es el de compartir, el de con-vivir. Victor Hugo se ganó el respeto del pueblo francés y lo consideraron como a uno de los suyos. Unos luchaban en las calles; otros, en la soledad de su cuarto, lanzaban como puñales obras que desacreditaban públicamente los desvaríos de la corona y las injusticias sufridas por gran parte de la sociedad. Un punto que Victor Hugo comparte con el Dostoievski de Pobres gentes y con el Tolstoi más maduro, el de las Confesiones.

Esta noción de participación política en ningún caso se reñía con el patriotismo. El propio lema de Victor Hugo no fue otro que “El hombre feliz, la nación grande, el ciudadano libre”. Y es que la fraternidad propugnada por los románticos –y más tarde por los revolucionarios de París– salvaría (de ello estaban convencidos) la libertad del pueblo.

El Romanticismo tuvo como impulso más arraigado el de la cuestión social, aunque por lo común sea catalogado como un movimiento eminentemente literario o artístico. El romántico cree firme y denodadamente en el progreso como libertad y participación en los asuntos sociales, y se niega a pensar que otros, o el Otro por antonomasia (el Rey, el Gobierno, la Troika y un tan largo como obsceno etcétera), tome las riendas de su propia libertad, es decir, le arrebate la capacidad de decidir por sí mismo los senderos de su destino.

¡Romanticemos la política! “¿Sabéis lo que le dice al mundo / ese humo al escaparse, / la locomotora al rodar / por la tierra siempre fecunda? / Todo eso dice: “¡Fraternidad! / pueblos: confundid vuestros lenguajes, / mundo: acerca tus riberas, / el vapor es la Humanidad” (S. Lapointe).



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