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Opinión-Editorial

Tocando la marcha

3 de Abril | 10:10
Tocando la marcha
Contaba mi padre que un conocido suyo de nombre Olegario gustaba mucho de tocar el trombón y como no lo hacía mal, era integrante de una Banda de Música en los desfiles procesionales de la Semana Santa

Uno de los días grandes, en un evento de gran calado popular, Olegario, abstraído con la música de su instrumento, se despistó del resto de cofrades y siguió caminando de frente cuando la comitiva giró a la izquierda, conforme el itinerario establecido. Mientras el público le abría paso. Tan cortés. 

Cuando se apercibió del error estaba totalmente solo, en una calle vacía de multitudes, abrumado por el ridículo; y como no era cosa de volver sobre sus pasos, no le quedó otro remedio que enfilar el camino de su casa. Y perderse la fiesta. 

Amigos, es una anécdota, risueña como la vida, que no tendría la menor importancia si no fuera reflejo de algunas situaciones de aquella, cuando alguien, convencido de su importancia y abstraído por su papel, cambia el paso y se sale del recorrido. Al hacerlo se introduce en otras dinámicas de causas y efectos. De decisiones y consecuencias. 

Aunque puede que, por el contrario, alguien vea como un ejemplo de seriedad este seguir los propios pasos, independientemente del resto del grupo, aún a costa de la falta de integración en él. E incluso pudiera ser modelo para despistados, de los que calzan un zapato de cada color, por ejemplo, un día de domingo. 

En todo caso, bien vale para representar lo qué a menudo ocurre en lugares pequeños  con "castas" perfectamente diseñadas con afán de pertenecer a la "alta" sociedad del sitio, ya sea la piscina o una despedida de alto cargo.

Porque siguen existiendo usos y costumbres de antecedentes decimonónicos a los que, en localidades chicas, se pliegan no sólo las viejas generaciones, sino gente muy joven. Desde mi trayectoria, que siempre ha cruzado libre los diferentes lugares sociales (de derecha a izquierda o de izquierda a derecha; de arriba a abajo o de abajo a arriba) me sorprenden esos roles que sientan a la mesa (una y otra vez) a los mismos, con idéntico protagonismo y actuación. ¡Menudo aburrimiento! Esa red de relaciones protocolarias, por las que un grupo determinado calma su necesidad de trato, en el más puro pedigrí de viejo casino donde desde tiempos inmemoriales se han fraguado bodas y negocios. 

El pedigrí. Al escribir la palabra, me llega el recuerdo de una estudiante, compañera en el colegio mayor universitario al que llegué sin haber cumplido los dieciocho. Su familia tenía dinero y ella cursaba Filosofía y Letras. Aún recuerdo su seguridad cuando comentaba que como sólo había estudiado a uno de los filósofos clásicos pensaba sacarle partido en el examen oral que se le acercaba. "solo he estudiado a Platón, así que me pregunten lo que pregunten, voy a hablar de Platón" -decía-. 

¡Y a fe cierta que lo hizo! Lo que no supe fue si le dieron aprobado o notable. Ella, también, tenía su trombón. 

Carmen Heras



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