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Opinión-Editorial
SIN PROPÓSITO DE ENMIENDA

Cuando la iglesia santificaba las uniones gays

28 de Marzo | 22:30
Cuando la iglesia santificaba las uniones gays
En el Monasterio de Santa Caterina del Monte Sinaí se conservan dos documentos sorprendentes, uno es un icono con los santos Sergio y Baco, fechado en el siglo VII y que hoy se conserva en el Museo de Kiev: 

Sergio y Baco se representan de medio cuerpo, portando una cruz en el pecho, mientras en un redondel Jesucristo los bendice, tocando con su aureola la de éstos, esos delicados nimbos resaltados en pan de oro . ¿Se adivina una mirada recíproca entre los santos? ¿Un gesto de complicidad? 

La tabla sigue el modelo de otras representaciones de matrimonios de fieles, con Cristo desempeñando el papel de pronubus, padrino de bodas, en nuestro lenguaje contemporáneo, aunque el griego es bastante más rico, evocativo y sugerente en posibilidades y significados. 

Las fuentes más antiguas sobre Sergio y Baco nos los presentan como  erasteis, amantes. Dos soldados romanos amigos del emperador Maximiano, pero que en secreto profesaban la fe cristiana. Siempre juntos, siempre inseparables. Como un matrimonio. 

Cuando se descubrió su oculta devoción y que no practicaban los ritos prescritos para congraciarse con el dios más importante del Panteón Romano, es decir, el mismísimo emperador, fueron sentenciados a muerte. Baco, el más joven, flagelado y Sergio, que era comandante (primicerius), decapitado.     

Tenemos muchas parejas célebres de hombres que se amaban, espiritual y físicamente; algunos mitológicos, como estos santos, o los héroes grecolatinos Aquiles y Patroclo, Hercules e Hilas o el mismísimo dios Zeus y el bello copero Ganímedes;  y otros reales, como Alejandro Magno y Hefestión, los cristianos Nearco y Polieucto (hermanos, no de nacimiento, sino en el afecto) o Eduardo II de Inglaterra y Piers Gaveston. Pero fueron san Sergio y san Baco quienes van a desempeñar un papel central en una singular ceremonia que se celebraba en las Iglesias y que aparece en el otro documento iconográfico sorprendente del Monasterio de Santa Caterina: el hermanamiento o adelfopoyesis del emperador bizantino Basilio I y su amante Juan. 

La adelfopoyesis permitió bendecir muchas uniones entre varones, al menos hasta el siglo XII, cuando se consolida definitivamente la intolerancia religiosa homófoba – así, al menos, lo defendió el historiador John Boswell en su estudio “Las bodas de la semejanza” (Same-Sex Unions in Pre-Modern Europe, 1994) - 

Señor Dios omnipotente que aprobaste la unión de tus santos mártires Sergio y Baco, bendice también a estos dos servidores tuyos, unidos no por la naturaleza, sino por la fe y el amor. Concédeles amarse el uno al otro, permíteles seguir juntos libres de la envidia todos los días. 

Así se leía en la ceremonia, mientras se recitaban la Primera Carta a los Corintios de Pablo de Tarso (el discurso sobre el amor) y la loa de la unidad formulada por Jesucristo en Juan 17:18-26, se ataban a los dos contrayentes varones con un cinturón y, besándose éstos, se cantaba el troparion “Señor, mira desde el cielo y ve”… 

Hermoso. Como esas tumbas que perviven en algunos cementerios medievales de Irlanda y donde reposan los huesos de dos hombres, porque “El amor los unió en la vida. Que la tierra los una en la muerte”. 

Incluso en el cristianismo, en el mismo corazón de la bestia, que diría Voltaire, se abre paso lo inevitable: que no podemos luchar contra la naturaleza, contra lo que somos, contra lo que sentimos. 

Ese ideal es el que está presente en las comunidades de cristianos LGBT que les recuerdan a sus obispos, cardenales y papas que los armarios de la Iglesia guardan muchas sorpresas.



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