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Opinión-Editorial

Las desapariciones

27 de Marzo | 23:36
Las desapariciones
Acabo de oír en la radio un interesante programa sobre los desaparecidos, esas personas de las que, un buen día, se pierde su rastro, en pleno siglo XXI, en la era de Internet. Son muchos más de los que creemos, terribles los dramas familiares sobrevenidos, con escasa o nula resolución en la mayoría de los casos. Los medios hacen su oficio muy bien, manteniendo la atención sobre los más llamativos, pero al cabo de un par de semanas también ésta se disuelve. En la creencia de los expertos, no existen protocolos de actuación adecuados, ni preparación exhaustiva para quienes tienen que bregar, desde las fuerzas de seguridad, en estos asuntos. Tampoco ayudas psicológicas para los allegados que se sienten solos, víctimas de la fortuna que les dio una bola negra y ya. Doloridos siempre, porque el duelo nunca se cierra. Destruida su fe en las instituciones, aislados y solitarios para no ser molestos en la insistencia de su preocupación. 

La vida tiene estos dramas tremendos y tiene también, afortunadamente situaciones alegres, de proyección general o intimista. En el recuerdo de una persona de edad madura se entremezclan los momentos felices con los que no lo han sido tanto y es esa mezcolanza, junto con las características propias de cada uno, lo que conforma una manera de ser, de intervenir, de "estar" en suma, en el mundo y ante cada uno de nosotros. 

De un tiempo a esta parte observo en muchas personas, con las que me relaciono, un interés por no "quedarse atrás" en el discurso. Es un aspecto de la condición humana que a mí me desasosiega por lo que tiene de falso y baldío. Entra dentro del juego hipócrita de los convencionalismos sociales, donde se aparenta más que se es. En algunos lugares conocidos se ha convertido en moneda de uso corriente. 

Porque si se finge que se tiene algo, delante de todos, ya no se necesita esfuerzo para conseguirlo y por tanto lo aparente viene a ser un sustituto de lo real. Unas apariencias que necesariamente han de mantener a diario y que encierran, por "lo bajíni" frustraciones a granel y envidias malsanas. Y desidia. 

Eso y el juego de las relaciones sociales. Cuando se impuso, afortunadamente, el modo de vida igualitario y los hijos de los "señores" fueron a la universidad al lado de los hijos de los "criados", muchos creímos en la posibilidad de un progreso sustentado en el mayor número de mentes abiertas y reformadoras de las estructuras más anquilosadas. Pero la decepción ha sido impresionante. Una vez transcurridos los primeros tiempos en los que si se vivió con intensidad el cambio, se ha vuelto a las viejas costumbres de los "clanes"  y las "sectas". A que 'si tienes padrino te bautizas". Ya nadie parece interesado en innovar. Ni los que siempre "estuvieron" ni los que "llegaron" después. 

Se han bajado los brazos de manera voluntaria y el "feudalismo" campa por sus respetos, en algunos momentos  de manera totalmente innecesaria pues algunos que se acogen a él estaban llamados a cambiar las pautas de conducta y de acción, precisamente porque fueron elegidos para eso y no para desaparecer entre el público. Pero se cansaron o se aburrieron y su especial instinto de supervivencia hizo el resto. Se ha perdido así un tiempo importante y un legado hacia las futuras generaciones. La historia no los absolverá. 

Carmen Heras



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