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Opinión-Editorial

El autobús de Pero Grullo y la izquierda reaccionaria

6 de Marzo | 10:22
El autobús de Pero Grullo y la izquierda reaccionaria
Recuerdo que hace años me invitaron a un coloquio en un programa de la televisión regional de Extremadura para debatir acerca de las custodias de menores tras el divorcio, sobre las diversas formas de “familia” y la posibilidad de adoptar por parte de los homosexuales…

En el plató había una abogada y mediadora familiar, un padre de familia numerosa (con ocho o nueve hijos), un homosexual “casado” son su novio (separado, padre de una hija de la cual posee la custodia exclusiva) y el abajo firmante.

Hablé de la conveniencia de la custodia compartida de los hijos menores tras el divorcio, por la sencilla razón de que los hijos tienen derecho a poseer un padre y una madre, ya que es “lo más natural”; también hice referencia a la necesidad urgente de que se implante y generalice la mediación y orientación familiar… Pero, la “moderadora” pretendía que se hablara casi en exclusiva del individuo homosexual y de su circunstancia de “padre adoptivo” y sus aventuras y desventuras.

El hombre se quejaba amargamente de que la niña (de la que él no es padre biológico, sino su compañero, novio o “marido” como se empeñaba en llamarlo) no era tratada ni respetada tal como a su entender debiera, tanto en el colegio, como en el tiempo de ocio, y en cualquier otro ámbito o momento de su vida cotidiana. Y exigía que las autoridades tomaran medidas para que la niña fuera tratada con “normalidad”.

Cuando yo intervine le hice notar que tal cosa era imposible. Ante lo cual se dirigió a mí bastante irritado, agresivo (posiblemente se habría lanzado contra mí con intención de morderme la yugular, si no hubiera habido una cámara de televisión grabando).

Después de su enfado, logré hacerme oír  (no sé si “escuchar”, que no es lo mismo aunque muchos lo consideren sinónimo) y empecé por decir que los niños son crueles (la crueldad es una característica definidora de la infancia), egoístas irracionales, y un largo etc. y por más que se intente impedírselo hacen mofa, befa, burla, de todo quisqui que sea “diferente” y lo hacen de forma hiriente, y quienes sufren tales situaciones salen en muchos casos especialmente dañados. También añadí que, como mucho, los profesores u otros adultos pueden lograr que en su presencia no acosen, no se burlen, no hagan daño a quienes acostumbran, pero, volverán a las andadas enseguida que el adulto se dé la vuelta.

Le dije, a pesar de que no lo aceptara de ningún modo, que su “hija” estaba abocada a ser siempre una niña “con dos papás”, igual que yo soy sordo, y además tengo por apellido “Caldito”, motivos por los cuales soy “diferente”. Ni que decir tiene que debido a mi apellido he sido motejado en infinidad de ocasiones, vejado, maltratado, y cada vez que he sido nombrado por mi nombre y apellidos (Carlos Aurelio Caldito Aunión) rara ha sido la ocasión que no han sonado estruendosas carcajadas, y si la gente era recatada en algún grado, se han tapado la boca para evitar reírse.

Por supuesto, he sufrido lo que ahora denominan “bullying”, también acoso en el ámbito laboral, e incluso vecinal. Pero no por ello se me ha ocurrido nunca que haya que legislar para perseguir de forma generalizada a quienes se ríen, o hacen chistes acerca de las personas sordas, o tienen algún apellido infrecuente, o porque poseen –o carecen- de algo que les hace diferente.

Detrás de muchas leyes que se han ido aprobando en España en los últimos tiempos subyace el “noble” pretexto de defender de posibles afrentas a quienes son “diferentes”, y mediante tales normas se pretende que se les trate “igual” que es tratado el común de los mortales, dando por seguro que existe un “buen trato estándar” o “trato óptimo”… Además, quienes dicen de sí mismos que son poseedores de la “bondad extrema”, y de ser moralmente superiores al resto de la sociedad, y han logrado convertirse en los nuevos gestores de la moral colectiva, quienes intentan imponer por todos los medios a su alcance medidas represivas, censuras y coacciones y demás lindezas totalitarias y liberticidas; nos dicen que lo hacen por nuestro bien y el de las personas supuestamente en situación de riesgo.

Ni que decir tiene que todos estos individuos, que dicen ser “progresistas” y pretenden un “nuevo país”, un nuevo hombre y una nueva mujer, están firmemente decididos a sacrificar todo lo que la mayoría de la gente siempre ha considerado irrenunciable, empezando por la libertad individual, el derecho a la propiedad, el derecho a la vida, el derecho de las familias a educar a sus hijos como consideren más conveniente, el derecho al libre pensamiento, a la libre expresión, el derecho a la presunción de inocencia… y un largo etc.

Pero, lo que más llama la atención de quienes dicen ser “progresistas” (al parecer tienen una idea un tanto peculiar acerca del significado de progreso, que siempre en español ha significado avanzar para mejorar) es que a la vez que dicen ser defensores de los débiles, los desfavorecidos, los “diferentes”, quienes están en situación de riesgo de sufrir violencia; son gente que practican diariamente acciones violentas, acosan a quienes con ellos disienten, e incluso los agreden; boicotean actos públicos de quienes pretenden debatir asuntos que ellos consideran que no deben debatirse, pues ellos –y solo ellos- son quienes deben decidir de qué se puede hablar y de qué no, qué se puede enseñar en los colegio, institutos y universidades y qué no se debe, quién puede y quien no puede conferenciar, quien puede y quien no puede intervenir en las diversas televisiones, y enésimos etc. Lo último que se les ha ocurrido, con el apoyo entusiasta de trovadores, tertulianos, periodistas, etc. es impedir que circule por la capital del reino un autobús que tiene la osadía de decir que “los niños tienen pene y las niñas vulva” y recomienda a la gente que no se deje engañar.

Y para más recochineo afirman que tal perogrullada es una incitación al odio ¿Odio a quién o quiénes?

Quienes hablan de incitación al odio, “casualmente”, participan de doctrinas que están basadas en la más profunda ignorancia, en el miedo, en el odio y en la violencia. Hablo de gentes que han perdido la vergüenza, el pudor (si alguna vez lo han tenido) y han pasado de afirmar que hay que perseguir a los “diferentes”, encarcelarlos, psiquiatrizarlos, e incluso eliminarlos físicamente; a erigirse en los adalides, los defensores de quienes hasta hace poco consideraban la escoria de la sociedad; basta leer a Marx, Lenin, Stalin, Mao, los soporíferos y kilométricos discursos de Fidel Castro, y etc. etc. para comprobarlo. Olvidan, haciendo un ejercicio de desmemoria, que los países de “socialismo real” a los que ellos tanto admiran son los únicos en el mundo, además de las teocracias a las que también les tienen simpatías, que encarcelan y asesinan a esas minoría a las que ellos dicen defender oponiéndose a que circule un autobús que dice verdades de Pero Grullo.

Y ya para terminar: Si ser un firme defensor de la institución familiar, y estar en contra del aborto, y a favor de la vida, estar en contra de que los poderes públicos se entrometan en la intimidad y la cotidianidad de los ciudadanos, y nos impongan cómo hemos de comportarnos, hasta cómo hemos de amarnos; si ser firme defensor de la idea de que educar es una competencia de la familia y no de los políticos… es ser un fascista, un retrógrado, un “ultracatólico”, entonces yo soy todo ello. Si ser heterosexual y considerar que el escaso tres por ciento de homosexuales no tiene derecho a imponernos formas de conducta de ninguna clase es ser un facha, un retrógrado, “ultracatólico” y sandeces por el estilo, no duden de que yo también lo soy, y a mucha honra.

En fin, señores reaccionarios de izquierdas: sabed que ni yo ni muchos más nos vamos a callar, por más que nos prohibáis, calumniéis, difaméis, insultéis, censuréis, violentéis y demás prácticas totalitarias y liberticidas a las que acostumbráis.

Carlos Aurelio Caldito Aunión


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